Cuando la digitalización empezó a acelerarse hace dos décadas, los europeos no supieron aprovechar su potencial. El relato político la presentó con demasiada frecuencia como una amenaza para el empleo. En cambio, las empresas estadounidenses aprovecharon la oportunidad. Ahora dominan la economía digital, mientras Europa lucha por seguirles el ritmo. No debemos cometer el mismo error con la acción climática.
Ni la economía mundial ni el planeta tienen futuro sin acción climática. La economía del futuro debe combinar digitalización e innovación con acción climática. Sin embargo, nuestra primera Encuesta sobre el clima del Banco Europeo de Inversiones (BEI) muestra que los europeos son menos optimistas que los estadounidenses sobre el papel que puede desempeñar la acción climática en el crecimiento económico y la creación de empleo. Solo el 21% de los europeos cree que la acción climática tendrá un efecto positivo o muy positivo en el crecimiento y el empleo. A pesar de que algunos de sus dirigentes políticos niegan o ponen en duda de forma notable el cambio climático, los estadounidenses son más optimistas que los europeos: el 26% espera que el cambio climático sea bueno para la economía.
La lección es que debemos invertir ahora en energías renovables y eficiencia energética no solo por el clima. También es vital para la economía europea. La acción climática es un imperativo moral y debemos trabajar a escala mundial para garantizar la supervivencia de todas las personas. También es un mercado lleno de oportunidades para el crecimiento económico y la creación de empleo.
Los europeos tienen claro el futuro que desean. Nuestra encuesta muestra que el 78% de los europeos está “preocupado” o “alarmado” por el cambio climático. Solo el 1% niega que esté ocurriendo.
Situar a Europa en una senda de crecimiento sostenible exige trabajar juntos para que nuestras economías sean más ecológicas, resilientes e inclusivas. Requiere apoyar una economía circular que reduzca nuestra huella ambiental y refuerce la competitividad de Europa. Invertir en la productividad europea, fortalecer la competitividad y reducir la desigualdad deben ir de la mano de una disminución de las emisiones.
Hace tres años, en París, la conferencia COP21 de la ONU alcanzó un acuerdo histórico para limitar el aumento de las temperaturas mundiales. La conferencia sobre el clima se celebra cada año. La edición más reciente, celebrada en Katowice en diciembre pasado, fue la COP24. Hemos avanzado desde París, pero la diferencia entre la 21 y la 24 demuestra que el tiempo apremia. Gracias al Acuerdo de París, vamos por buen camino. Pero llevamos mucho retraso. No hay tiempo para la complacencia.
¿Qué les digo a quienes sostienen que la acción climática es una apuesta por futuros beneficios económicos y por fenómenos climáticos desconocidos? En primer lugar, las pruebas científicas son concluyentes. El desastre que está desencadenando el cambio climático es evidente. En segundo lugar, los beneficios y el empleo se han estancado o han disminuido durante décadas en muchas industrias contaminantes. Comparemos esa situación con las pruebas concretas del crecimiento del empleo en las economías verdes en los últimos años.
Desde 2012, el número de empleos en el sector de las energías renovables ha aumentado un 45% en todo el mundo, frente a un aumento de solo el 5% en el empleo total. En la UE, el incremento es aún más notable: el empleo en las energías renovables supera con creces el doble de su nivel de 2000, frente a un aumento general del empleo del 7%. La transición a una economía sostenible y baja en carbono podría generar 23 billones de euros para 2030.
Para muchas personas, sigue pareciendo un riesgo. En cierto modo tienen razón, porque invertir en sectores nuevos entraña riesgos. Por eso el BEI, el banco de la UE, se ha comprometido a invertir 100.000 millones de dólares en acción climática durante el quinquenio hasta 2020. Cuando respaldamos proyectos, reducimos el riesgo para los inversores privados lo suficiente para que se sientan seguros al sumarse a esta nueva ola de financiación verde. El sector privado puede y debe liderar la acción climática. No hay suficiente dinero público en el mundo para alcanzar nuestros objetivos de reducción de emisiones o de mitigación de los efectos del cambio climático. Al reducir el riesgo de la inversión inicial, los bancos multilaterales ayudan a atraer inversión privada. También apoyamos a ciudades y municipios —más de 1.000 en todo el mundo— que buscan financiación para infraestructuras urbanas sostenibles. Y, por supuesto, el BEI también concede préstamos directamente a proyectos sostenibles del sector privado.
Aquí es donde nuestra colaboración con la ciudadanía resulta esencial y donde el marco normativo favorable de la UE nos da una ventaja. El año pasado, la UE aprobó 29 leyes favorables al clima, frente a ocho en Estados Unidos y solo cuatro en China. Estas leyes pueden orientar las inversiones hacia el bien común. Tienen el poder de impulsar y respaldar las inversiones de instituciones financieras internacionales, cuyos préstamos se basan en objetivos económicos y políticos. Nos fijamos en el resultado final, pero nuestra firme inclinación es escribirlo con tinta verde.
En Europa hemos tomado las decisiones políticas adecuadas. No debemos arriesgarnos a perder impulso económico. Así como quienes dudan de la ciencia no deben distraernos de la lucha moral por la acción climática, tampoco debemos temer que las nuevas tecnologías energéticas frenen el crecimiento o cuesten empleos. Las medidas que tomemos para salvar el planeta construirán un entorno sostenible para nuestros hijos y nietos. También les brindarán empleo y prosperidad.







