Kenia sufre una de las peores sequías de las últimas décadas y, como consecuencia, 4,1 millones de personas se enfrentan al hambre y la inanición.
Los boletines de alerta ante desastres se distribuyen en inglés a los gobiernos de los condados. Para muchos kenianos de zonas rurales, que hablan otros idiomas o no saben leer ni escribir, apenas sirven de ayuda.
Para combatir esta situación, jóvenes voluntarios dedican su tiempo a traducir y difundir las alertas en sus comunidades.
En marzo, las Naciones Unidas se comprometieron a que, para 2027, la vigilancia meteorológica con sistemas de alerta temprana cubriera a todas las personas del planeta.
Según indicó, actualmente el 60 % de la población africana vive en zonas a las que no llegan esos sistemas.
Sentado bajo una acacia para resguardarse del sofocante calor del norte de Kenia, el líder juvenil Bonface Ewaar debatía en profundidad sobre la mejor manera de alertar a su comunidad de Katilu del empeoramiento de la sequía.
Junto con dos colegas, el joven de 24 años estudiaba detenidamente un boletín de alerta ante desastres —emitido por el organismo gubernamental encargado de la sequía— que pensaba traducir del inglés al turkana local para compartirlo de viva voz y por radio.
«Traducir es una tarea difícil. Pero servir a mi comunidad de esta manera significa mucho para mí, porque sus integrantes pueden entender y actuar frente a los desastres», declaró Ewaar a la Fundación Thomson Reuters en su aldea del condado de Turkana.
Kenia sufre una de sus peores sequías de las últimas décadas, y en junio la Autoridad Nacional de Gestión de la Sequía (NDMA, por sus siglas en inglés) informó que el número de personas que padecían hambre e inanición como consecuencia había ascendido a 4,1 millones, un 17 % más que el mes anterior.
El empeoramiento de las perturbaciones climáticas y los fenómenos meteorológicos extremos han dejado a las comunidades de Kenia desesperadas por obtener información sobre cómo prepararse y protegerse, afirmó Hussein Noor Adille, jefe del programa Nawiri, una iniciativa contra el hambre puesta en marcha en 2020.
Financiado por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), el proyecto de cinco años —cuyo nombre significa «prosperar» en kiswahili— busca combatir la malnutrición aguda en las regiones más secas de este país de África Oriental.
Aunque el organismo keniano encargado de la sequía emite boletines de alerta ante desastres cada mes, e incluso cada semana, para las comunidades amenazadas por el clima, estos se distribuyen en inglés a los gobiernos de los condados.
Esto significa que apenas sirven de ayuda a muchos kenianos de zonas rurales, que hablan otros idiomas o no saben leer ni escribir.
Para combatir esta situación, jóvenes como Ewaar ofrecen su tiempo como voluntarios para traducir y difundir las alertas.
Estos mensajes han ayudado a los padres a evitar que sus hijos caigan en la malnutrición y a los pastores a gestionar mejor su ganado, afirmó Adille, de Nawiri.
«Quienes no saben leer no entenderán los riesgos que afrontan, cómo evoluciona el desastre ni los cambios del mercado en los precios de los alimentos», afirmó.
«Las versiones traducidas están dirigidas a este público marginado»
Pocos voluntarios
Hay pocos datos claros sobre cuántos jóvenes participan en la traducción de este tipo de alertas ante desastres en Kenia.
Aunque Ewaar y los demás se sienten orgullosos de la labor que desempeñan, afirmaron que trabajar sin remuneración limita el número de voluntarios.
«Haríamos más si el Gobierno reconociera que este es un servicio valioso y nos remunerara», afirmó.
Abdulkarim Salesa, tendero de 39 años y traductor voluntario del este del condado de Isiolo, afirmó que pocos jóvenes de la zona estaban dispuestos a dedicar su tiempo, porque muchos tenían que ayudar a sus familias a sobrellevar la sequía.
La dificultad de traducir términos técnicos complejos también suponía un obstáculo para captar voluntarios, afirmó.
«A veces, el lenguaje que se usa en los boletines es difícil de entender», afirmó.
Los boletines de alerta se centran en diversas amenazas de la región, entre ellas el riesgo de malnutrición y enfermedades respiratorias durante sequías prolongadas.
El número de casos de malnutrición aguda entre menores de 5 años en Kenia se disparó hasta los 942.000 en junio, un aumento del 25 % desde febrero, según muestran los datos del Gobierno.
En abril, Moitan Akitela, madre de la aldea de Nawapeto, en Turkana, oyó por la radio local que, debido a la falta de lluvias, se avecinaba una larga sequía en su zona, y supo que esto podía dejar a su hijo expuesto a la malnutrición.
Como su precario estado de salud le dificultaba recorrer a pie los 10 km (6,2 millas) hasta el centro médico más cercano, Akitela se puso en contacto con el administrador local de la zona, quien la vinculó con un programa de salud de Nawiri.
Desde entonces, se ha reunido con otras mujeres en un espacio comunitario cerca de su aldea para asistir a clínicas de salud semanales, donde han examinado a su hijo de un año para detectar malnutrición y lo han vacunado.
Peter Lokol, pastor que también trabaja como voluntario de salud comunitaria, afirmó que redujo el tamaño de su rebaño al oír por la radio que habría una sequía prolongada, para que el forraje disponible le durara más.
«Puedo adaptarme fácilmente a situaciones difíciles. Lo único que me falta mucho es información sobre cuándo hacerlo», afirmó.
«Un cambio radical»
Los mecanismos de alerta ante desastres —como la ya consolidada Red del Sistema de Alerta Temprana contra la Hambruna (FEWS Net)— son cada vez más cruciales, según los expertos, ya que la intensificación del cambio climático deja a más personas en situación de vulnerabilidad.
En marzo, las Naciones Unidas se comprometieron a que la vigilancia meteorológica con sistemas de alerta temprana cubriría a todas las personas del planeta para 2027.
Según indicó, actualmente el 60 % de la población africana vive en zonas a las que no llegan esos sistemas.
Voluntarios como Salesa y Ewaar desean profesionalizar aún más su trabajo y esperan que, con el tiempo, se creen aplicaciones para distribuir sus alertas.
Algunos también han empezado a realizar misiones de reconocimiento para documentar los problemas que afrontan sus comunidades.
Por ejemplo, al fotografiar el ganado muerto que encuentran y compartir las imágenes en las redes sociales, pueden alertar a las autoridades y a las organizaciones benéficas sobre los lugares donde podría necesitarse ayuda, afirmó Ewaar.
«Es un trabajo difícil», reconoció. «Pero supone un cambio radical en cuanto a cómo las soluciones locales pueden ayudar a gestionar desastres que van empeorando».





