Así está trabajando Nueva Orleans para evitar la erosión de la costa

Oysters are pictured on the Re Island, where an automatic oyster vending machine is set at l'huitriere de Re in Ars en Re, Southwestern France, August 2, 2017. Picture taken August 2, 2017. REUTERS/Regis Duvignau - RC143E6C3FF0
A tasty delicacy, and an innovative solution to coastal erosion.Image: REUTERS/Regis Duvignau
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El primer encuentro de Brendan Causgrove con una ostra no salió bien. Se atragantó con el jugoso ejemplar que había en el fondo de un chupito de licor fuerte después de bebérselo de un trago.

Ahora, como gerente de un elegante restaurante de Nueva Orleans cuyo menú ofrece 13 tipos de ostras, el hombre de 37 años las describe como si fueran un vino fino: «herbáceas», «mantecosas» o «salobres».

Su pasión también hace que Seaworthy sea uno de los 19 restaurantes de esta ciudad costera de Estados Unidos que se han sumado a un programa de reciclaje de conchas de ostras destinado a ayudar a salvar la menguante costa del estado.

El centro neurálgico de la iniciativa para convertir la buena comida en una buena acción por el medio ambiente es una oficina en la cuarta planta de Mid-City, a 10 minutos en coche del Barrio Francés de Nueva Orleans, conocida por algunos como la capital mundial de las ostras.

Desde 2014, Deborah Abibou y su pequeño equipo de la organización sin ánimo de lucro Coalition to Restore Coastal Louisiana han reciclado 7,8 millones de libras (3,5 millones de kg) de conchas de ostras y las han devuelto al agua en forma de arrecifes artificiales.

El objetivo es detener el desmoronamiento de la costa de Luisiana, que actualmente retrocede al ritmo de un campo de fútbol cada 100 minutos.

A primera hora de cada día laborable, un camión de reciclaje recorre la ciudad en zigzag para recoger las conchas de moluscos de los restaurantes.

Luego se dejan secar las conchas al sol durante seis meses para eliminar las bacterias, antes de colocarlas en jaulas que se instalan en fondos marinos o lechos de ríos desnudos para formar barreras protectoras.

Los arrecifes recién creados ofrecen un hogar acogedor para las ostras.

Pero para los seres humanos, las «costas vivas», que crecen al atraer larvas de ostras, sirven como sólidas barreras que disipan la energía de las olas, previenen la erosión costera y atrapan sedimentos que pueden formar nuevas tierras, afirmó Abibou.

Esos beneficios están aumentando la popularidad de los arrecifes artificiales de ostras como alternativa natural a las infraestructuras rígidas, como los diques, que a menudo se construyen con cemento, afirmó Alex Kolker, profesor del Consorcio Marino de las Universidades de Luisiana.

Los expertos afirman que no existe una base de datos nacional que registre la longitud total de los proyectos de protección costera con conchas de ostras.

Pero Bryan DeAngelis, coordinador de programas de The Nature Conservancy (TNC), afirmó que hay indicios de que la técnica está empezando a generalizarse.

Solo en Luisiana se han instalado, con ayuda de TNC, 6 millas (10 km) de arrecifes protectores de ostras, afirmó.

En la ciudad de Nueva York, está en marcha la construcción frente a la costa de casi tres cuartos de milla de rompeolas sembrados con ostras.

Y el año pasado, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos creó un permiso de alcance nacional que autoriza las «costas vivas», incluidos los arrecifes de ostras.

Un empleado de un restaurante arroja una ostra en Seaworthy, un restaurante de mariscos de Nueva Orleans, Luisiana, que recicla las conchas de los moluscos como parte de un proyecto comunitario para construir rompeolas con conchas de ostras. 16 de noviembre de 2018. Image: THOMSON REUTERS FOUNDATION/Sebastien Malo

Lugar sagrado

Los peligros de no proteger la costa frente al avance de las aguas son especialmente reales para las comunidades cuyas vidas están ligadas a las tierras que desaparecen.

Las autoridades temen que Luisiana, que ya ha perdido más de 1.800 millas cuadradas (4.700 kilómetros cuadrados) de terreno desde la década de 1930, ceda otras 2.250 millas cuadradas durante el próximo medio siglo.

Al declarar el año pasado un «estado de emergencia» costero, el gobernador del estado afirmó que factores naturales y humanos habían contribuido al problema, entre ellos los efectos del cambio climático, el aumento del nivel del mar, el hundimiento del terreno, los huracanes, las marejadas ciclónicas y las inundaciones.

En Pointe-aux-Chenes, un pueblo situado en la frontera entre tierra firme y marismas, donde los cangrejos, las ostras y los peces capturados localmente han alimentado a una pequeña comunidad indígena estadounidense, el agua ha pasado de ser amiga a enemiga tras erosionar un lugar sagrado.

Los antepasados de la tribu indígena Pointe-au-Chien se asentaron aquí «antes de América», afirmó Donald Dardar, miembro de la tribu.

En los humedales de las afueras del pueblo se alza un montículo de 10 pies (3 m), cubierto por una densa vegetación y considerado un lugar de enterramiento o ceremonial, según contó el hombre de 63 años, de piel curtida y penetrantes ojos verdes.

«Así que lo respetamos y nos mantenemos alejados», afirmó.

Pero el montículo, donde se han encontrado fragmentos polvorientos de cerámica rota, corre ahora el riesgo de que el agua lo arrastre por un lado, ya que está flanqueado por un canal o bayou.

El canal, excavado hace décadas para el transporte, se ha ensanchado con los años y se ha llevado aproximadamente una cuarta parte del lugar en 10 años, afirmó Dardar.

Hace dos años, el pescador de camarones decidió actuar.

«Es una parte de la historia que no quiero ver desaparecer bajo el agua», afirmó.

Estudió la posibilidad de construir un muro para proteger el montículo y consiguió una subvención gubernamental de casi 70.000 dólares para crear un arrecife de ostras.

Si todo sale bien, el próximo febrero los miembros de la tribu subirán a sus embarcaciones 8.400 sacos de conchas de ostras, cada uno con un peso aproximado de 35 libras. Después, voluntarios les ayudarán a sumergirlos en las aguas fangosas del bayou para formar una barrera de media milla.

Científicos locales examinan una parte de un arrecife de ostras recién construido en el lago Athanasio, Luisiana, el 18 de noviembre de 2016. Image: Coalition to Restore Coastal Louisiana/Material cedido

Trabas burocráticas

Pero no todo es coser y cantar. En una reunión reciente, los miembros de la tribu expresaron su frustración por las trabas burocráticas que están retrasando el proyecto.

«Ahora mismo me sigue molestando mucho que esté tardando tanto poner esto en marcha y proteger (el lugar)», afirmó Dardar.

La evaluación ambiental tardó un año en completarse y aún faltan algunos permisos, afirmó Abibou, de CRCL.

La obtención de las autorizaciones necesarias para instalar arrecifes de ostras ha ralentizado proyectos en todo Estados Unidos, afirmó Pete Malinowski, director de Billion Oyster Project, una organización sin ánimo de lucro que restaura arrecifes en Nueva York.

Las normas varían según el estado, pero las iniciativas suelen encontrarse con obstáculos burocráticos porque los arrecifes de ostras se regulan como un producto alimentario, en vez de hacerlo según su nueva función como herramienta ecológica.

«Eso no tiene sentido, porque no están ahí para eso: nadie se las come», afirmó Malinowski.

«A menudo contamos con financiación, conocimientos técnicos y apoyo de la comunidad a una escala mucho mayor de la que nos permiten obtener autorización».

El cambio de perspectiva actual sobre las ostras lleva décadas gestándose, afirmó Matthew Booker, profesor de la Universidad Estatal de Carolina del Norte que ha escrito sobre el tema.

El reconocimiento de su valor más allá de la alimentación se remonta a la década de 1950, cuando las conchas empezaron a utilizarse en Estados Unidos como material de pavimentación y lastre ferroviario, además de para fabricar cemento, afirmó.

«A finales del siglo XX, algunos científicos se dieron cuenta de que “estas cosas amortiguan las tormentas”», afirmó Booker.

En la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, Antonio Rodriguez, geólogo marino, afirmó que su interés se despertó al visitar los arrecifes de ostras que sus predecesores habían plantado cerca del campus.

Siete años después, el académico —uno de los primeros en promover mediante sus investigaciones los arrecifes protectores de ostras— advirtió que la medida estaba ganando tiempo, pero que, a medida que suba el nivel del mar debido al cambio climático, podría ser necesario tomar medidas más drásticas.

«Lo que la gente realmente debería plantearse es quizá alejarse un poco de la costa», afirmó.

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