La sequía ha golpeado duramente a Afganistán y ha afectado los medios de subsistencia y la seguridad alimentaria.
Muchos se enfrentan ahora a la disyuntiva entre luchar por sobrevivir o migrar de sus tierras tradicionales.
La ayuda internacional está prácticamente congelada desde que los talibanes tomaron el poder; se estima que el 60% de la población necesita ayuda humanitaria.
Tras perder su empleo como instructor de policía después de que los talibanes tomaran el poder el pasado agosto, Hussain Ali regresó a su aldea en las tierras altas del centro de Afganistán con la intención de volver a cultivar la tierra para mantener a su familia.
Sin embargo, la desesperación de Ali se agravó cuando regresó a casa y descubrió que la sequía había golpeado tan duramente a la aldea que no solo sus familiares, sino toda la comunidad, contemplaban la posibilidad de migrar a otro lugar.
Durante los cinco años que el hombre de 37 años había estado fuera, un pozo y un arroyo se habían secado, arruinando las cosechas y, en última instancia, las esperanzas del padre de tres hijos de volver a cultivar.
«Durante el último año, he visto cómo nuestros árboles aquí mueren poco a poco», dijo Ali, de pie junto a la última fuente de agua que queda en la zona: un arroyo natural cerca de la aldea, donde hay 40 viviendas.
Pidió que no se revelara el nombre de la aldea de la provincia de Bamyan por temor a represalias de los talibanes.
«Antes podíamos cosechar al menos dos veces al año, pero este año vamos a cosechar antes», añadió Ali.
«No hay suficiente agua para que los cultivos crezcan por completo».
Y la difícil situación de la comunidad de Ali dista mucho de ser excepcional en el país. Afganistán es uno de los países más vulnerables del mundo al cambio climático y uno de los menos preparados para afrontarlo, según las Naciones Unidas y las agencias de ayuda.
Esto agrava una catastrófica crisis humanitaria mientras los países occidentales han congelado miles de millones en reservas bancarias afganas depositadas en el extranjero y han suspendido la ayuda al desarrollo, que antes representaba alrededor del 75% del gasto público del país.
Sin agua, no hay hogar
El anterior Gobierno, respaldado por Estados Unidos, colaboraba con las Naciones Unidas para movilizar recursos destinados a reforzar la resiliencia frente al cambio climático, por ejemplo, haciendo un seguimiento de las precipitaciones o prestando ayuda a los agricultores.
Proporcionar financiación directa al Gobierno había sido sencillo, pero desde entonces se ha vuelto imposible debido a las sanciones impuestas a los talibanes el año pasado.
Aunque los talibanes han prestado ayuda de emergencia ante desastres recientes, como las inundaciones, y coordinan su labor con ONG, el grupo dispone de poco efectivo debido a la congelación de los activos afganos —que, según anunció esta semana Estados Unidos, no se liberarían «en un futuro próximo»—, así como a las sanciones.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) dijo que, debido a la toma del poder por los talibanes, quedó sin terminar un plan actualizado, elaborado por el anterior Gobierno y las Naciones Unidas, que exponía las medidas climáticas de Afganistán hasta 2030 y detallaba los próximos pasos.
El pasado octubre, el organismo de la ONU puso en marcha una iniciativa de respuesta a la crisis para apoyar a las comunidades locales de diversas maneras, por ejemplo, mejorando la mitigación de desastres naturales y la resiliencia.
La iniciativa prioriza las intervenciones a nivel comunitario y el trabajo con ONG locales, con un sistema «sólido» de verificación y gestión de riesgos que «aísla por completo el flujo de cualquier financiación hacia la autoridad de facto», dijo Won-Na Cha, especialista en comunicación del PNUD.
Sin embargo, a medida que se intensifican las sequías y las condiciones meteorológicas erráticas, cada vez más personas corren el riesgo de perder sus medios de subsistencia e ingresos y podrían verse obligadas a migrar pese a la inestabilidad en todo el país, advirtieron expertos de la ONU y del cambio climático.
En su puesto de instructor de policía en la provincia de Kandahar, Ali ganaba 18.000 afganis (199 dólares) al mes, la mayor parte de los cuales enviaba a su familia. Ahora, como muchos otros que antes eran el principal sostén de sus familias y han regresado a la aldea desde agosto, teme por el futuro.
«Este es nuestro hogar, pero si desaparece el agua, nosotros también tendremos que irnos», dijo Ali a la Thomson Reuters Foundation.
«Perdí mi trabajo y ahora podría perder mi aldea».
Una triple amenaza
Los conflictos, la grave sequía y la crisis económica han dejado a 24,4 millones de personas —más del 60% de la población de Afganistán— necesitadas de ayuda humanitaria, según las Naciones Unidas.
«La sequía recurrente y las perturbaciones climáticas erráticas están dando lugar a cosechas inferiores a la media, lo que amenaza aún más los ingresos y los medios de subsistencia», dijo Ramiz Alakbarov, jefe interino de la Misión de la ONU en Afganistán, en comentarios enviados por correo electrónico.
El año pasado, una drástica reducción de las precipitaciones causó escasez de agua y alimentos en 25 de las 34 provincias de Afganistán, añadió.
Bamyan, donde vive Ali, es una de esas 25 provincias, y las sequías vinculadas al cambio climático han ido en aumento.
En Khoja Bidak, otra aldea de Banyam situada en lo alto de una colina desde la que se ven las cumbres nevadas del Hindu Kush, las reservas de agua —procedentes sobre todo del deshielo— también han disminuido.
«Ya lavamos menos la ropa y las alfombras porque sencillamente no hay suficiente agua», dijo Zakia Musa, madre de cuatro hijos, de 50 años.
«Nuestras vidas dependen del agua. Así que, si no encontramos nada, empacaremos la ropa, la llevaremos en un bulto sobre la cabeza y migraremos a otro lugar», añadió, y subrayó que podrían verse obligados a marcharse dentro de unos meses.
¿Quedarse o irse?
Su marido, Ali Musa, está de pie en lo alto de una colina cercana con varios ancianos de la aldea y contempla los campos yermos que se extienden hasta el horizonte, salpicados de casas de color marrón barro.
«Este año no llegaron las lluvias habituales, así que el trigo que sembramos se murió», dijo el hombre de 50 años.
La comunidad había pedido ayuda al anterior Gobierno, que construyó una cuenca para recoger el agua del deshielo, dijo. Pero quedó vacía tras dos años especialmente malos para la aldea.
Musa dijo que había vendido la mayoría de las cabras que tenía y que la recesión económica lo había dejado casi sin nada, con poco para comer aparte de pan y patatas.
Desde enero, la gente ha gastado hasta el 90% de sus ingresos en alimentos, según las Naciones Unidas, mientras los salarios disminuyen y los precios suben.
«La mala gestión de los talibanes empeorará las cosas», dijo Erin Sikorsky, directora de The Center for Climate and Security, un centro de estudios con sede en Estados Unidos.
«Es probable que en adelante haya más desplazados internos en Afganistán, ya que las alteraciones de la agricultura de subsistencia coinciden con otros riesgos para la seguridad».
Aunque se ha declarado el fin de la guerra, persisten las amenazas, incluidas las del Estado Islámico del Jorasán (IS-K), y las comunidades hazaras —el grupo étnico minoritario chií al que pertenecen Ali Musa y Hussain Ali— han sido blanco de ataques específicos.
La posibilidad de migrar plantea un dilema a Ali Musa.
«Este no es un buen lugar», dijo mientras contemplaba el paisaje. «Pero es nuestro hogar, nuestra tierra. No podemos permitirnos ir a otro sitio, pero tampoco podemos sobrevivir aquí sin agua».







