Greenpeace apoya el objetivo de alcanzar las emisiones netas cero en 2050, pero afirma que los objetivos no están sujetos a una regulación ni a un escrutinio suficientes.
Greenpeace sostiene que los compromisos de cero emisiones netas y las compensaciones no pueden sustituir las reducciones necesarias ni la eliminación progresiva de los combustibles fósiles.
Todas las partes interesadas, desde los gobiernos hasta las empresas, las comunidades locales y los pueblos indígenas, deben trabajar juntas de manera justa y equitativa para resolver con urgencia la emergencia climática y de biodiversidad.
En la antesala de lo que deben ser las conversaciones climáticas más decisivas desde la firma del Acuerdo de París, anunciado entre aplausos entusiastas y lágrimas de alivio, las élites nos engañan al prometer emisiones netas cero sin hacer nada para reducir las emisiones. Los grandes contaminadores, junto con gobiernos adictos a anteponer los beneficios a las personas y al planeta, están en modo de máxima aceleración para engañar a la opinión pública haciéndole creer que por fin se toman en serio la emergencia climática.
Greenpeace apoya el objetivo de alcanzar a escala mundial las emisiones netas cero en 2050, tal como exige la ciencia; sin embargo, rechazamos el abuso que de él hacen políticos y empresas, cuyos objetivos no están actualmente sujetos a una regulación ni a un escrutinio suficientes. Sin una vigilancia mundial de los compromisos de cero emisiones netas y de las compensaciones, es probable que las empresas que no están dispuestas a renunciar a beneficios para adoptar las medidas necesarias para contribuir a resolver la crisis climática los utilicen como lavado verde y como distracción.
Muchas empresas, de sectores que van desde los combustibles fósiles hasta el procesamiento de carne, y las élites superricas llevan décadas lucrándose con industrias contaminantes mientras causan estragos en las comunidades, el clima y la naturaleza, y amplían la brecha de desigualdad. Estos contaminadores saben que su juego está a punto de acabarse: la transición ecológica tiene que producirse para que el mundo sobreviva, pero, antes de que eso ocurra, quieren obtener todo lo que puedan.
Lo que estos lucrativos contaminadores ven como su «tarjeta para salir de la cárcel gratis» en el juego climático es la compensación, o, dicho sin rodeos, la avalancha de compromisos voluntarios de cero emisiones netas que se anuncian casi a diario. Nada nuevo: la compensación consiste en pagar a otros para que reduzcan o eliminen carbono, mientras uno sigue liberándolo a la atmósfera. Es como un fumador que dice que lo ha dejado, pero paga a una persona sana por sus pulmones limpios para poder seguir fumando. La compensación es hipocresía, y cada vez se habla más de ella a medida que se acerca la COP26.
Los gobiernos y las empresas que producen dos tercios de la producción económica mundial se han comprometido a reducir las emisiones a cero netas a mediados de siglo, pero muy pocos tienen planes para hacerlo. La mayoría de los que dicen tenerlos confían en las compensaciones de carbono o en tecnologías dudosas. Falta un mecanismo sólido y creíble para certificar estas estrategias que suponen un gran impacto en las emisiones. Así que, lejos de tomarse en serio la emergencia climática, todo parece un montaje en el que los peores contaminadores salen beneficiados.
Los compromisos de cero emisiones netas de los grandes contaminadores y de quienes destruyen la biodiversidad no valen, como era de esperar, el papel en el que están escritos. Los compromisos voluntarios y las asociaciones público-privadas no funcionan: basta con ver cuántas de las empresas que se comprometieron a lograr la deforestación cero para 2020 la alcanzaron realmente.
Los compromisos de cero emisiones netas que recurren a compensaciones simplemente no pueden sustituir las reducciones de emisiones necesarias ni la eliminación progresiva de los combustibles fósiles. Todos ellos corren el riesgo de vulnerar los derechos humanos y de afectar negativamente a comunidades ya vulnerables. Las compensaciones basadas en la naturaleza que dependen en gran medida del uso de la tierra en el Sur Global corren el riesgo de trasladar la responsabilidad de las emisiones generadas por los países más ricos a quienes ya sufren los efectos de la crisis climática.
Las compensaciones serán el eje de las negociaciones climáticas de este noviembre en Glasgow, cuando se debatirá sobre un mercado mundial del carbono. Muchos países en desarrollo han dejado claro que las negociaciones sobre un mercado del carbono, regulado por el artículo 6 del Acuerdo de París, no deberían precipitarse solo para lograr un resultado político en la COP26. Un mercado mundial del carbono permitiría la compra y venta de compensaciones, lo que ejercería una presión insoportable sobre la naturaleza y las comunidades indígenas. Ningún resultado sobre los mercados de compensación de carbono en el marco del artículo 6 sería aceptable si no garantiza, protege y defiende los derechos humanos, especialmente los derechos de los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales, y si no asegura la integridad ambiental.
Cuando se trata de alcanzar las emisiones netas cero, deberían imperar los planes sencillos y transparentes. Estas estrategias deberían contar con objetivos independientes para reducir drásticamente las emisiones derivadas de la quema de combustibles fósiles y de otras actividades industriales; el impacto del uso de la tierra, principalmente por la deforestación y mediante una reducción de la producción de carne y lácteos; y mayores compromisos y contribuciones a la protección basada en derechos y restauración de la naturaleza.
Además, los gobiernos deben establecer leyes vinculantes que exijan a las empresas rendir cuentas por sus actividades emisoras de carbono. Esto podría llevar a que las corporaciones, que al examinar sus cuentas de carbono parecen estar destruyendo el clima, queden sujetas a un sistema de sanciones basado en la prohibición del pago de dividendos externos. Los empleados que participen en esquemas de propiedad accionarial no se verían afectados, ya que estos resultados son fruto de su trabajo. Los activos financieros invertidos en actividades económicas que destruyen el clima perderían, por tanto, valor rápidamente, ya que la caída correspondiente de los precios de las acciones los convertiría en «activos varados». Y el accionista gubernamental se mostraría aún más cuidadoso a la hora de orientar a las empresas hacia la neutralidad de carbono.
Se acabó el tiempo de los compromisos voluntarios: los agentes influyentes deben impulsar de forma proactiva normativas con sanciones que conduzcan a la descarbonización y renaturalización de nuestro sector energético, nuestro sector de uso de la tierra y nuestro sector financiero.
Todos los ámbitos de la sociedad, desde los gobiernos hasta las empresas, las comunidades locales y los pueblos indígenas, deben trabajar juntos de manera justa y equitativa para resolver con urgencia la emergencia climática y de biodiversidad. Somos parte de la naturaleza, y si protegemos la naturaleza, nos protegemos a nosotros mismos. No nos protegemos con mentiras climáticas peligrosas como las compensaciones.




