Por qué debemos empezar a hablar de la relación entre el cambio climático y la seguridad

Climate change and nature degradation are quickly becoming accepted as security issues.
Climate change and nature degradation are quickly becoming accepted as security issues.Image: REUTERS/ Abdolah Ag Mohamed
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  • El cambio climático y la degradación de la naturaleza se están aceptando rápidamente como cuestiones de seguridad.

  • Desde México hasta la India, existen pruebas abundantes de que el cambio climático y la degradación de la naturaleza repercuten directamente en la seguridad.

  • Estos cuatro elementos clave de una respuesta pueden ayudarnos a romper el nexo clima-seguridad, haciendo que el mundo sea más seguro y saludable.

El cambio climático y la degradación de la naturaleza ya no son conceptos abstractos. Se están produciendo a un ritmo acelerado y están remodelando nuestro mundo; al hacerlo, agravan los riesgos existentes y crean otros nuevos, a menudo de maneras que no se perciben suficientemente.

Tomemos como ejemplo el caso de la frontera entre Estados Unidos y México, que lleva décadas siendo un foco de tensión política. En el último año, un grupo de organizaciones sin ánimo de lucro entrevistó a miles de migrantes que llegaban a la frontera sur de Estados Unidos sobre sus experiencias en su país de origen. Aunque muchos habían sufrido violencia o pobreza, casi la mitad relató haber vivido desastres meteorológicos. Algunos perdieron sus hogares por huracanes. Otros perdieron sus cosechas por olas de calor. La mayoría no contaba con una red de protección que les ayudara a recuperarse. Estas experiencias fueron más frecuentes en la encuesta que la exposición a delitos violentos.

Los testimonios de estos migrantes ponen de relieve una realidad más amplia: los fenómenos meteorológicos extremos se han vuelto tan frecuentes y graves que ya no pueden abordarse como hechos aislados. En cambio, deben entenderse como factores que contribuyen a crisis políticas como la que hoy vemos en la frontera estadounidense.

Comprender el clima y la seguridad

Estas crisis suelen implicar cuestiones de seguridad. Las pruebas sugieren que la variabilidad climática conlleva un mayor riesgo de violencia interpersonal e intergrupal. Se ha comprobado que un aumento de 1 °C de la temperatura incrementa la violencia interpersonal aproximadamente un 2 %, mientras que el riesgo de conflicto intergrupal aumenta entre un 2,5 % y un 5 %. Esta relación es evidente en distintas escalas: local, nacional e incluso mundial.

Es probable que la pérdida de naturaleza tenga el mismo tipo de efecto. De hecho, las crisis climática y natural deben considerarse vinculadas y mutuamente reforzadas. El cambio climático provoca acidificación de los océanos, impulsa la migración de especies y altera los patrones de precipitación de maneras que amenazan los biomas, todos ellos aspectos de la degradación de la naturaleza. A su vez, la degradación de la naturaleza agota los sumideros de carbono y genera emisiones adicionales de CO2, mediante mecanismos como los incendios forestales o el aumento de la deforestación, lo que acelera el calentamiento. Estos procesos se ven amplificados por la creciente presión sobre los recursos que supone una población humana de 8 000 millones de personas, que además es la más rica de la historia.

A medida que este ciclo se repite, se crea una versión negativa del célebre efecto volante, con impactos que se acumulan y, por tanto, se amplían. Hoy empezamos a ver que esto ya está ocurriendo.

Por ejemplo, el conflicto en Sudán tiene en parte sus raíces en el cambio ambiental. Hasta la fecha, ha desplazado a 11 millones de personas, muchas de las cuales viven en campamentos dentro de Sudán o en países vecinos. A medida que el cambio climático se intensifica, estos campamentos se han vuelto ellos mismos vulnerables a fenómenos meteorológicos extremos que afectan al saneamiento y la disponibilidad de alimentos, lo que ha dado lugar a incidentes bien documentados de conflicto entre refugiados y población local. Se prevé que esta región se cuente entre las más afectadas por el cambio climático continuado, con un número de días de calor peligroso al año que se duplicará para 2050. Si esto ocurre mientras continúan las tendencias de crecimiento de la población refugiada y los déficits de financiación, existe el riesgo de que se generen las condiciones para el conflicto.

Chennai, en la India, experimentó un crecimiento demográfico significativo desde la década de 1960 y promovió un desarrollo que redujo considerablemente lagos y otras fuentes de agua. No se planificó el calentamiento, y las temperaturas son ahora tan altas que se evapora una quinta parte del agua de lluvia. La ciudad sufrió una grave crisis hídrica en 2019, cuando estas fuerzas convergieron y las aguas subterráneas y los embalses se secaron, lo que obligó a las autoridades a cortar el suministro de agua a millones de residentes, lo que desencadenó protestas.

En 2016, una floración tóxica de microalgas provocada por las cálidas aguas de El Niño mató a más de 12 millones de peces en el corazón de la industria de acuicultura de salmón de Chile. Los salmones muertos fueron arrojados más mar adentro, lo que provocó una floración de algas aún mayor y más nociva, que paralizó por completo todas las actividades de pesca y marisqueo en la región. Con el cierre tanto de la pesca industrial como de la artesanal, y el despido de miles de trabajadores, los chilenos salieron a las calles, bloquearon carreteras y puentes y prendieron fuego a barricadas en protesta por el cierre de la pesca.

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La humanidad se enfrenta a una doble crisis ambiental: no estamos deteniendo la destrucción ni nos preparamos para sus consecuencias. Con 2024 previsto como el año más cálido registrado y con las poblaciones de fauna salvaje reducidas un 70 % desde la década de 1970, la devastación se acelera. Mientras tanto, la financiación para la adaptación se queda muy por debajo de lo necesario.

En efecto, padecemos una parálisis: una incapacidad para comprometernos plenamente, ya sea a resolver el problema, ya sea a prepararnos para convivir con él, o ambas cosas.

Cuatro elementos de acción frente al clima y la seguridad

Durante las últimas décadas, el enfoque global dominante para resolver la crisis ambiental ha consistido en intentar reducir las emisiones de carbono mediante compromisos y promesas nacionales o corporativas, o mediante la introducción de nuevos mecanismos de mercado. Ambos procesos aún podrían dar resultados revolucionarios. Sin embargo, se han llevado a cabo a expensas de otros enfoques complementarios. Entre ellos figura un esfuerzo serio y sostenido por afrontar las posibles consecuencias de no lograr impedir que el volante de la degradación ambiental se descontrole.

Un enfoque más completo y coherente para resolver la compleja red de amenazas ambientales interrelacionadas debería incluir los siguientes elementos.

1. Abordar los desafíos de gobernanza de un mundo en transformación

A medida que se aceleran las crisis climática y de la naturaleza, surgen nuevas amenazas que desafían ciertos elementos del statu quo tanto a nivel nacional como mundial. Necesitamos procesos políticos y multilaterales sólidos para identificar y abordar estas cuestiones ahora, y deben ser una prioridad absoluta. Lo más evidente es que existen importantes “elefantes en la habitación”, como suele decirse, que siguen sin abordarse. Entre ellos se cuentan la soberanía de las naciones insulares amenazadas por la subida del nivel del mar, la inminente crisis de activos varados (en particular, la vivienda en los países ricos), la gobernanza de zonas como el Ártico y sus recursos, y la migración provocada por el clima.

Las organizaciones militares y de defensa están cada vez más en la primera línea de la gestión de las perturbaciones provocadas por el clima, desde la respuesta a desastres naturales hasta la estabilización de regiones afectadas por la escasez de recursos. Incorporar las amenazas ambientales en las estrategias de seguridad nacional es esencial para prepararse para los riesgos en cascada que traerán consigo el cambio climático y la degradación de la naturaleza.

2. Restaurar los ecosistemas para estabilizar el clima y mitigar los riesgos

El cambio climático está degradando los ecosistemas y, a su vez, el deterioro de la naturaleza acelera el calentamiento, un ciclo de retroalimentación que debe interrumpirse. Los esfuerzos de restauración y conservación ofrecen una oportunidad crítica para abordarlo. Los ecosistemas sanos actúan como amortiguadores frente a los efectos de los fenómenos climáticos, al reducir las inundaciones, las sequías y las tormentas. Es importante que la restauración de la naturaleza, junto con la reducción de emisiones, reciba la misma atención como componente esencial del equilibrio de la Tierra. La gestión cooperativa de los recursos, como los acuerdos de reparto de agua en regiones propensas a la sequía, no solo preserva los beneficios de la naturaleza, sino que también reduce el riesgo de conflicto derivado de la escasez de recursos.

3. Transformar los sistemas alimentarios mundiales

La crisis de los sistemas terrestres plantea graves riesgos para los sistemas alimentarios, socavando la estabilidad económica y la cohesión social, especialmente en regiones frágiles. Además, mejorar el acceso a instrumentos financieros como los seguros agrícolas y el crédito para los pequeños agricultores puede aportar una estabilidad muy necesaria frente a los choques climáticos. También deberían ampliarse las redes regionales de almacenamiento y distribución de alimentos para amortiguar las pérdidas localizadas de cultivos y garantizar la seguridad alimentaria en tiempos de crisis. Fortalecer los sistemas de comercio internacional para tener en cuenta la volatilidad climática puede reducir aún más las perturbaciones y mantener cadenas de suministro de alimentos constantes hacia las regiones vulnerables.

4. Reorientar la adaptación climática

Con frecuencia se ha presentado la adaptación como un asunto relevante únicamente para los países en desarrollo, pero la realidad es más compleja. Si bien la adaptación es fundamental para proteger a las comunidades vulnerables que ya soportan el peso de las perturbaciones climáticas, cada vez es más vital para todas las naciones y sectores. Prepararse para los riesgos físicos de un mundo transformado exige proteger a las personas y los sistemas. Lograrlo no solo aumentará la resiliencia a corto plazo, sino que también impulsará nuevas acciones de mitigación al poner de manifiesto los riesgos tangibles de la inacción. Desde el desarrollo de mercados de seguros que respalden a los agricultores frente a las pérdidas de cultivos hasta el diseño de infraestructuras para un mundo en calentamiento, la adaptación beneficia a todos en la economía mundial interconectada de hoy.

El cambio climático y la degradación de la naturaleza se están aceptando rápidamente como riesgos de seguridad que debemos abordar. Aunque los desafíos son enormes, la necesidad es aún mayor, y tener en cuenta estos cuatro elementos es fundamental para las economías y las empresas de todo el mundo que buscan actuar frente al nexo clima-seguridad.

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