La costa Este de EE. UU. podría verse pronto azotada por huracanes más intensos y destructivos que nunca. La causa: los gases de efecto invernadero, que, según los investigadores, están alterando los patrones de circulación del aire conocidos como cizalladura del viento.
La cizalladura del viento –un cambio en la velocidad o la dirección del viento mientras se desplaza– puede limitar el impacto de un huracán al dispersarlo por una amplia zona. Históricamente, existe una fuerte cizalladura del viento en la costa atlántica de EE. UU., lo que ayuda a evitar que las tormentas se intensifiquen demasiado rápido.
Un equipo de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE. UU. (NOAA) y del Observatorio de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia trabajó en modelos que demuestran los dos factores principales para determinar la fuerza y la intensidad de una tormenta: la temperatura superficial del océano y la cizalladura del viento. Cuanto más alta es la temperatura del agua, más potente es probable que sea un huracán, pero una cizalladura del viento fuerte actúa como una barrera que limita la intensidad de la tormenta.
Ahora se ha observado una relación entre el aumento de los niveles atmosféricos de CO2 –y de otros gases de efecto invernadero– y el debilitamiento de la cizalladura vertical del viento a lo largo de la costa Este de EE. UU. Esto hará menos probable que los episodios violentos recientes de clima extremo se disipen después de tocar tierra y que, en cambio, puedan ganar fuerza.
Algunas de las tormentas más destructivas que han azotado EE. UU. durante su temporada anual de huracanes –del 1 de junio al 30 de noviembre– se han producido en los últimos años con niveles de intensidad cada vez mayores. Inicialmente se pronosticaba que la temporada de 2018 estaría en niveles normales o cercanos a ellos; una temporada típica contiene 12 tormentas con nombre, seis huracanes y tres huracanes mayores. Y la NOAA aplicó el mismo pronóstico a la temporada de 2019.
Pero el clima del año pasado desató inesperadamente dos tormentas especialmente devastadoras en la cuenca atlántica: los huracanes Florence y Michael. Ambas tormentas dejaron cerca de 100 muertos y causaron daños por valor de varios miles de millones de dólares. Desde 2000, se han registrado 16 temporadas de huracanes por encima de la media, en las que la intensidad o la duración fueron mayores de lo esperado. Y los investigadores de la NOAA y de Columbia afirman que, a la luz de sus predicciones sobre el cambio en la cizalladura del viento, este es un patrón que podría volverse más habitual.
Mientras tanto, la temporada también está comenzando antes. Este año, al igual que el año pasado y los cuatro anteriores, se ha detectado y nombrado una tormenta tropical durante mayo. En 2018, la tormenta Alberto se formó el 25 de mayo y este año la tormenta Andrea recibió su nombre el 20 de mayo.

