El único riesgo global que no desaparece

People walk past the fountain outside the Billie Jean King National Tennis Centre during the U.S. Open tennis tournament in New York, September 4, 2010.
We need to start thinking about environmental risks as the economic, geopolitical and societal risks that they are.Image: REUTERS/Shannon Stapleton
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Cada año, el mundo afronta nuevos riesgos globales.

Desde la crisis financiera mundial de 2008 hasta la epidemia de ébola en África de 2014-15 y la actual crisis de refugiados, estos riesgos fluctúan en respuesta a los acontecimientos mundiales.

Aunque son complejos y difíciles, hemos mejorado nuestra capacidad para gestionar muchos de estos problemas y los riesgos que plantean para nuestro bienestar económico y social. Esto no significa que los problemas hayan desaparecido ni que hayan dejado de devastar la vida de las personas, pero sí que, en ciertos ámbitos, hemos avanzado y la magnitud del desafío se ha reducido.

Sin embargo, hay un riesgo global que no desaparece: la mala gestión de nuestro entorno global.

En todo el mundo, muchas condiciones ambientales están empeorando: el 92 % de la población mundial vive en lugares donde los niveles decontaminación atmosféricasuperan los límites de seguridad recomendados; al menos 1.800 millones de personas aún carecen de acceso fiable a unafuente de aguade calidad suficiente para que sea segura para el consumo humano, y 2016 fue el año más cálido del que se tiene constancia: alrededor de1,2 °C más cálidoque los niveles preindustriales.

La situación es similar en nuestros océanos, bosques y biodiversidad.

Quizá por eso, desde 2011, un conjunto de riesgos ambientales interconectados —entre ellos, los fenómenos meteorológicos extremos, el cambio climático y las crisis del agua— figura sistemáticamente entre los riesgos mejor clasificados delInforme de riesgos globales.

Image: Informe de riesgos globales de 2017

La persistente aparición de estos riesgos sugiere que aún no hemos encontrado la forma de gestionarlos eficazmente. Aunque hay muchas iniciativas positivas en marcha, todavía no han alcanzado el nivel sistémico —ni la escala— necesarios para resolver este desafío.

Una de las razones es que los problemas ambientales todavía suelen tratarse por separado, a menudo como si ocuparan el equivalente a la «mesa de los niños» en las políticas y la toma de decisiones.

Tenemos que empezar a pensar en ellos y tratarlos como los riesgos económicos, geopolíticos, sociales y jurídicos que son.

Como riesgos económicos

A nivel macroeconómico, los riesgos económicos que plantean los problemas ambientales son considerables. El cambio climático podría costar a los inversoresmás de 2,5 billones de dólares, la contaminación atmosféricapodría costar hasta 2,6 billones de dólares al año, y laspérdidas medias mundiales por inundaciones en ciudades costeraspodrían multiplicarse hasta alcanzar 1 billón de dólares al año en 2050 si las ciudades no toman medidas de adaptación. Por separado, son cifras elevadas. En conjunto, afectarían gravemente al crecimiento económico.

Al reconocer la magnitud de estos riesgos, el G20 solicitó la creación de unnuevo grupo de trabajopara investigar los riesgos que el cambio climático plantea al sistema financiero mundial y cómo gestionarlos.

Además de los riesgos derivados de los cambios físicos del clima, también examinó cómo la transición para abandonar los combustibles fósiles podría afectar al sistema financiero si se gestiona mal. Es probable que disminuya el valor de los activos de combustibles fósiles, como los yacimientos de carbón y petróleo y las centrales eléctricas, pero ¿cuánto y con qué rapidez? Estas preguntas también deberían importar a quienes tienen un fondo de pensiones, porque muchos invierten en estas industrias.

El grupo de trabajo recomendó una serie de factores sobre los riesgos climáticos que afrontan las empresas y la forma en que los gestionan, que estas deberían divulgar. Esto permitiría a los mercados reflejar con mayor precisión el valor real de las empresas, teniendo en cuenta los riesgos del cambio climático.

Parece un concepto sencillo, pero actualmente no se aplica y podría suponer un gran avance. Lamentablemente, estas recomendaciones son solo voluntarias. Si las empresas y los organismos reguladores no las adoptan, poco habrá cambiado.

La falta de divulgación de los riesgos financieros también es un problema en relación con otros asuntos ambientales. La mayoría de las empresas no divulga los riesgos derivados de la escasez de agua, las políticas de fijación de precios a la contaminación ni suexposición a la deforestaciónen las cadenas de suministro de materias primas. Es posible que algunas ni siquiera hayan evaluado esos riesgos.

Como riesgos geopolíticos

Las disputas entre comunidades —o incluso entre países— por el agua de ríos compartidos, los ecosistemas forestales y las condiciones atmosféricas pueden avivar las tensiones existentes en regiones frágiles.

Por ejemplo, en la disputada región de Cachemira, el agua es un foco clave de tensión. Por un lado, funcionarios paquistaníes culpan a India de la escasez de agua en su país; por otro, las partes interesadas indias quieren aprovechar mejor esta «ventaja natural». El agua de la región se rige por el Tratado de las Aguas del Indo, firmado en 1960, pero ambas partes sostienen que debe actualizarse para reflejar los efectos del cambio climático.

El anuncio de China de que ha bloqueado un afluente aguas arribadel caudaloso río Brahmaputra también ha avivado las tensiones en la región. El río, de 2.880 km de longitud, también atraviesa India, Bután y Bangladés.

En otros lugares, comunidades de Alaska, Kiribati y Fiyi planean reubicarse —o ya lo han hecho— debido al aumento del nivel del mar. En el Sudeste Asiático, la neblina tóxica provocada por los incendios forestales en Indonesia también está agravando las tensiones regionales, especialmente con Singapur. Según se informa, los incendios, causados por la deforestación mediante la técnica de «tala y quema», causaron 100.000 muertes en 2015.

Como riesgos sociales

El empeoramiento de las condiciones ambientales, como la escasez de agua, el esmog asfixiante y el aumento de los días de calor extremo, afecta nuestra forma de trabajar, relacionarnos y disfrutar del tiempo libre. También puede hacer inviables algunas comunidades existentes.

Sin embargo, hay otro riesgo social del que se habla menos, pero que es igual de importante: el impacto social de las medidas adoptadas para abordar los problemas ambientales.

En el ámbito de las políticas, es fácil hablar de «recualificar a la fuerza laboral» y ofrecer «ayudas para la transición» a medida que las antiguas industrias contaminantes son sustituidas por otras nuevas. Pero debemos recordar que estos cambios son acontecimientos graves que transforman la vida de las personas y comunidades directamente afectadas por la transición.

En muchas comunidades, estos cambios tendrán lugar en un contexto ya marcado por el aumento de la desigualdad económica, el temor a que las nuevas tecnologías aceleren la pérdida de empleos y una sensación generalizada de pérdida de identidad y de «quedarse atrás».

La transición hacia nuevas tecnologías limpias, industrias y modelos operativos que sustituyen formas de hacer las cosas antiguas y conocidas puede intensificar estos sentimientos y provocar reacciones políticas y sociales drásticas, como las que se vieron en 2016.

Para evitarlo, será necesaria una «transición justa»que permita construir sistemas económicos sostenibles e inclusivos. El desafío para quienes toman decisiones y defienden el medio ambiente será garantizar que tanto los resultados como el proceso de abordar los problemas ambientales incluyan a quienes más se ven afectados.

Como riesgos jurídicos

También podríamos estar viendo surgir nuevos riesgos jurídicos tanto para los países como para las empresas. Las empresas pueden esperar un aumento de los riesgos regulatorios a medida que los gobiernos diseñan políticas ambientales y promulgan leyes para cumplir sus compromisos internacionales y responder a la indignación ciudadana ante problemas como la contaminación atmosférica, la deforestación y la pérdida de biodiversidad.

Los gobiernos también se enfrentan a un nuevo conjunto de riesgos jurídicos: varios ya han sido demandados por no responder adecuadamente a los problemas ambientales ni proteger a sus ciudadanos. En Estados Unidos, un grupo de adolescentes está demandando al Gobierno federal, mientras que Noruega está siendo demandada por sus planes de perforación en el Ártico. Ya se han juzgado casos en el Reino Unido y los Países Bajos, y en ambos fallos el tribunal se pronunció contra el gobierno.

Es hora de que más líderes den un paso al frente y rindan cuentas sobre cómo se gestionan estos riesgos en sus empresas, industrias y carteras. Los problemas ambientales son elementos fundamentales para crear sociedades y economías estables y sostenibles; ya no podemos tratarlos como una cuestión secundaria.

El Informe de riesgos globales de 2017 está disponible aquí.

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