El deshielo del permafrost ártico costará casi 70 billones de dólares, según un estudio

An aerial view shows thermokarst lakes outside the town of Chersky in northeast Siberia August 28, 2007. For millennia, layers of animal waste and other organic matter left behind by the creatures that used to roam the Arctic tundra have been sealed inside the frozen permafrost. Now climate change is thawing the permafrost and lifting this prehistoric ooze from suspended animation. Zimov, a scientist who for almost 30 years has studied climate change in Russia's Arctic, believes that as this organic matter becomes exposed to the air it will accelerate global warming faster than even some of the most pessimistic forecasts. Picture taken August 28, 2007. To match feature ARCTIC-RUSSIA/PERMAFROST REUTERS/Dmitry Solovyov (RUSSIA) - GM1DWEBZDFAA
Climate change policy is not keeping pace with the reality of the situation.Image: REUTERS/Dmitry Solovyov
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Un nuevo y alarmante estudio ha descubierto que el deshielo del permafrost en el Ártico podría añadir casi 70 billones de dólares al coste global del cambio climático, a menos que se tomen medidas inmediatas para reducir drásticamente las emisiones de carbono.

Contribución del deshielo del permafrost ártico al coste climático

Según la investigación, publicada en la revista Nature Communications, el deshielo del permafrost causado por el acelerado calentamiento del Ártico añadiría cerca de 70 billones de dólares al impacto económico total del cambio climático si el planeta se calienta 3 °C de aquí a 2100.

La investigación concluyó que, incluso si se toman medidas para limitar el calentamiento a 1,5 °C para finales de siglo, el deshielo del permafrost seguiría sumando 24,8 billones de dólares a los costes climáticos totales.

Gráfico que muestra las anomalías de la temperatura media global de la superficie (GMST) que predicen el deshielo del permafrostImage: Nature

Dmitry Yumashev, de la Universidad de Lancaster y autor principal del estudio, dijo a National Geographic que el deshielo del permafrost y del hielo marino «son dos elementos de inflexión conocidos del sistema climático» que podrían desencadenar un ciclo de calentamiento global imparable.

En una entrevista con The Guardian, Yumashev calificó de «desalentadores» los resultados de su estudio, pero afirmó que las naciones del mundo tienen la capacidad tecnológica para afrontar la crisis.

Lo que hace falta, dijo, es urgencia y voluntad política.

«Incluso con un calentamiento de entre 1,5 °C y 2 °C [de calentamiento], el deshielo del permafrost tiene impactos y costes. Pero son considerablemente menores en estos escenarios que si todo sigue como hasta ahora», dijo Yumashev. «Tenemos la tecnología y los instrumentos de política necesarios para limitar el calentamiento, pero no estamos avanzando lo bastante rápido».

El deshielo del permafrost: una bomba de relojería

Kevin Schaefer, del Centro Nacional de Datos sobre Nieve y Hielo de Boulder, Colorado —coautor del estudio—, se hizo eco de la advertencia de Yumashev.

«Con el cambio climático, estamos llevando a cabo un experimento de alto riesgo sin saber qué va a pasar», dijo Schaefer a National Geographic. «Lo más importante que hay que recordar de nuestro estudio es que, cuanto mayor es el calentamiento, más intensa es la retroalimentación y mayores son los costes para la sociedad».

Como informó National Geographicinformó, el «coste de entre 25 y 70 billones de dólares del deshielo del permafrost ártico añade entre un cuatro y un seis por ciento al coste total del cambio climático—que, según las estimaciones, alcanzará los 1.390 billones de dólares en 2300 si los recortes de emisiones no superan lo acordado en el Acuerdo de París. Sin embargo, los costes de la trayectoria actual, en la que todo sigue como hasta ahora, podrían superar los 2.000 billones de dólares».

Yumashev expresó cierto alivio porque su investigación concluyó que el impacto económico previsto del deshielo del permafrost era inferior al del peor escenario previsto por estimaciones anteriores.

Pero, como dijo Yumashev a The Guardian: «Aún tenemos una bomba de relojería».

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