El 90 % de los suelos estará degradado para 2050 si no se actúa.
De las tres grandes bioesferas —el suelo, el océano y la atmósfera—, tenemos más posibilidades de reparar el suelo a corto plazo.
Con un enfoque global coordinado, podemos restaurar la salud del suelo en 10 años.
Este año, la COVID-19 ha acaparado comprensiblemente nuestra atención, pero otra crisis se está desarrollando en silencio bajo nuestros pies.
Más de un tercio de los suelos del mundo ya están degradados, y el IPCC estima que esa proporción podría aumentar hasta el 90 % para 2050 si no se hace nada. Incluso los suelos moderadamente degradados producen un 30 % menos de alimentos y almacenan alrededor de la mitad del agua que los suelos sanos.
Sin embargo, para 2050 tendremos que producir hasta un 60 % más de alimentos, mientras que casi la mitad de la población mundial podría vivir en condiciones de sequía persistente. Si no actuamos, el conflicto entre los seres humanos y la fauna silvestre —la causa fundamental de la pandemia de este año— no hará más que intensificarse. Reparar los suelos contribuiría en gran medida a aliviar este conflicto, al ayudar a garantizar el suministro futuro de alimentos, reducir el estrés hídrico y mitigar el cambio climático.
¿Qué está frenando la recuperación de la salud del suelo?
De las tres grandes bioesferas —el suelo, el océano y la atmósfera—, el suelo es la única que tenemos posibilidades reales de recuperar en un par de décadas con las tecnologías actuales.
La necesidad de reparar la salud del suelo no es precisamente una idea nueva. Sin embargo, los avances a escala mundial han sido desesperantemente lentos por varios motivos:
Las prácticas agrícolas y los incentivos han priorizado, y siguen priorizando, la optimización del rendimiento por encima de la salud del suelo a largo plazo.
Nuestra comprensión de la ciencia del suelo presenta importantes lagunas.
Mejorar la salud del suelo requiere muchos recursos y es un proceso relativamente lento; además, la gran variedad de suelos y climas hace que no exista una solución única para todos los casos.
¿Cómo mejorar la salud del suelo?
Los avances científicos recientes pueden acercarnos mucho a una respuesta.
En particular, la combinación de 176 años de datos sobre el suelo del experimento científico continuo más antiguo del mundo (Broadbalk y otros experimentos de larga duración en Rothamsted, Inglaterra) con tecnologías digitales modernas y análisis de sistemas ha permitido comprender de forma mucho más precisa y cuantitativa el papel del suelo en el ciclo del carbono y el de el carbono en la salud del suelo. Se destacan tres beneficios.
En primer lugar, el trabajo ha confirmado tres factores determinantes para el funcionamiento de cualquier sistema edáfico: capacidad, eficiencia y resiliencia. La capacidad es la aptitud para transformar el agua y los nutrientes en productos como los alimentos. La eficiencia se relaciona con los flujos de energía: ¿cuánta energía se convierte en productos en lugar de disiparse? La resiliencia es la capacidad del suelo para almacenar agua y nutrientes hasta que mejoren las condiciones. Este marco permite comprender la enorme diversidad de suelos y climas de nuestro planeta, al tiempo que mejora considerablemente la comprensión cualitativa y cuantitativa de los procesos a microescala implicados.
En segundo lugar, el trabajo ha permitido crear prototipos para medir la salud del suelo en tiempo real mediante sondas digitales conectadas, de forma fiable, rápida y a bajo costo. El acceso a estos datos en tiempo real podría acelerar la elaboración de una guía práctica de buenas prácticas para la salud del suelo en distintas geografías y climas, además de proporcionar mediciones objetivas y, por tanto, una base para establecer los incentivos privados o públicos pertinentes. Ya se ha empezado a trabajar en los protocolos necesarios para sustentar este enfoque a escala mundial.
En tercer lugar, ahora contamos, por primera vez, con una teoría mecanicista que explica cómo el carbono pasa de la atmósfera a almacenarse en el suelo y qué beneficios adicionales genera este proceso. Combinada con los avances en medición, esta teoría supone un cambio radical en el uso de prácticas de gestión del suelo e incentivos para secuestrar carbono ymejorar esos tres factores determinantes del funcionamiento de cualquier sistema edáfico: capacidad, eficiencia y resiliencia.
Paralelamente a estos avances, otro progreso clave ha sido el cambio decisivo en el interés de algunas de las mayores empresas multinacionales por recuperar la salud del suelo, tanto como oportunidad de obtener beneficios como forma de contribuir a los compromisos de París. Los avances mencionados en la ciencia y la medición del suelo han sido decisivos para despertar este interés empresarial. Las empresas entienden que, con mediciones económicas y fiables a la vista, es posible armonizar los esfuerzos, los beneficios y los incentivos para recuperar el suelo.
Este cambio se está produciendo en un momento en que las instituciones tradicionales de gobernanza mundial están cada vez más fragmentadas. La tendencia de los gobiernos a actuar por su cuenta frente a la COVID-19 ha provocado disparidades sorprendentes en los resultados económicos y sociales.
Como señala el Informe de riesgos globales 2020 del Foro Económico Mundial, «esperar a que el sistema geopolítico vuelva a su estado anterior significaría perder nuestra última oportunidad de abordar los desafíos más apremiantes del mundo». Las empresas multinacionales tienen el alcance y la gobernanza necesarios para generar un impacto con la escala y la rapidez requeridas. Estas conversaciones aún tienen mucho camino por delante, pero son una señal alentadora de que se está sumando una gran capacidad empresarial a esta labor.
La magnitud de la tarea mundial implica que se necesitarán recursos financieros considerables. Sin embargo, la ciencia señala una razón aún más fundamental para abordarla mediante una red de empresas multinacionales: la mitigación de riesgos.
En particular, nuestra mayor comprensión de la salud del suelo ha puesto de manifiesto que, si bien el carbono del suelo tarda una o dos décadas en acumularse, los fenómenos de estrés —por ejemplo, las sequías o los incendios— pueden revertir rápidamente ese avance. Aquí debemos recurrir a uno de los pilares de la mitigación de riesgos: agrupar las exposiciones individuales en carteras más sólidas. Será fundamental agrupar las iniciativas mundiales para la salud del suelo, de modo que los fenómenos de estrés localizados puedan quedar absorbidos en el marco de los avances globales. Esta es también una de las razones por las que esperamos sumar al menos a una aseguradora internacional —idealmente, a más de una— a estos esfuerzos empresariales.
Esta cuestión de la mitigación de riesgos nos lleva a otro desafío que solo se ha resuelto en parte: el de los costos y beneficios públicos frente a los privados. Los avances científicos recientes nos han ayudado a comprender y cuantificar los beneficios públicos y privados de la salud del suelo. Sin embargo, la tradición del análisis económico de los bienes públicos frente a los privados se ha centrado más en el flujo de beneficios positivos (y los costos asociados) que en la mitigación explícita de los riesgos. En el caso de la salud del suelo, debemos considerar el conjunto completo: beneficios, costos yriesgos, tanto en el ámbito público como en el privado. Reiterando lo dicho antes, de las tres grandes bioesferas —el suelo, el océano y la atmósfera—, el suelo es la única que tenemos posibilidades reales de recuperar en un par de décadas con las tecnologías actuales.
Los agricultores y las prácticas agrícolas ocupan un lugar central en el debate sobre la restauración de la salud del suelo. Debemos forjar una nueva alianza con los agricultores, pero también ampliar nuestro enfoque. Las prácticas forestales son un ámbito evidente que puede beneficiarse y contribuir. Los servicios de abastecimiento de agua son otro: por ejemplo, cuantificar la capacidad del suelo para almacenar agua permite realizar un análisis de costos y beneficios de construir presas frente a recuperar el suelo para mitigar sequías e inundaciones. Del mismo modo, sabemos cómo reducir al mínimo la escorrentía de fertilizantes hacia los cursos de agua, lo que nos permite cuantificar incentivos racionales para reducirla. La industria de los residuos será una fuente fundamental de aportes de carbono y nitrógeno para recuperar el suelo. En definitiva, nuestra mejor comprensión del papel del suelo en el ciclo global del carbono permite ampliar mucho el enfoque, sin dejar de situar las prácticas agrícolas en el centro.
¿Podemos restaurar la salud del suelo a escala mundial en diez años? ¿Tenemos otra opción?
Las ideas expuestas aquí han surgido de una colaboración en curso con el profesor Hugh Harley, de la Universidad de Sídney, y un grupo de empresas multinacionales.