Una mirada al legado transformador de Toni Morrison

Novelist Toni Morrison smiles with U.S. President Barack Obama as he prepares to award her a 2012 Presidential Medal of Freedom during a ceremony in the East Room of the White House in Washington, May 29, 2012. REUTERS/Kevin Lamarque (UNITED STATES - Tags: POLITICS SOCIETY PROFILE) - LM2E85T1O8001
Toni Morrison has passed away aged 88.Image: REUTERS/Kevin Lamarque
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La novelista incomparable y comentarista cultural Toni Morrison, que ha fallecido a los 88 años, nunca aceptó la sabiduría convencional sobre nada. En una trayectoria literaria que abarcó medio siglo – desde la aparición de la primera de sus 11 novelas, El ojo más azul, en 1970, hasta la de su última colección de ensayos, Mouth Full of Blood, en febrero de 2019 – logró de forma constante arrojar nueva luz sobre ambos aspectos de la experiencia humana y sobre momentos de la historia estadounidense que, en nuestra complacencia, creíamos ya conocer.

Morrison nació (como Chloe Wofford) en la deprimida localidad de Lorain, Ohio, en el cinturón industrial en declive, en el seno de una familia de modestos recursos económicos y ricos recursos culturales y emocionales. Su padre trabajaba como soldador en la cercana planta de US Steel y su madre era una miembro destacada del coro de la Iglesia Metodista Episcopal Africana. Sus abuelos –que habían emigrado al norte desde Alabama y Georgia– también tuvieron una presencia e influencia significativas. La música, la narración oral y la lectura de la Biblia del Rey Jacobo que caracterizaron la infancia de Morrison serían determinantes para moldear de forma indeleble los valores y la estética de su propia obra.

Como primera persona de su familia en ir a la universidad, Morrison estudió en la Universidad Howard, en Washington D. C., entre 1949-53 (donde se especializó en inglés y cursó clásicas como asignatura secundaria) – y quedó impactada por la segregación y el “colorismo” con el que se encontró. Posteriormente completó su máster en Inglés en Cornell en 1955 y, tras diversos trabajos docentes y editoriales, se convirtió en editora comercial de Random House en 1968.

Desde la oficina de Nueva York, transformó el panorama literario estadounidense al buscar y promover activamente la ficción de autores negros como Toni Cade Bambara, Leon Forrest y Gayl Jones. También editó las autobiografías de Angela Davis y Muhammad Ali.

Morrison pudo dedicarse a tiempo completo a su escritura tras el rotundo éxito de su tercera novela, Canción de Salomón, en 1977. Considerada una de los libros favoritos de Barack Obama, esta obra –centrada en la era de los derechos civiles de las décadas de 1950 y 1960– es típicamente morrisoniana en su mezcla, de carácter de falsa epopeya, del Bildungsroman (convenciones sobre el progreso de un individuo hacia el conocimiento a través de la experiencia), con paradigmas épicos clásicos, mitos de África Occidental y sabiduría folclórica afroamericana.

Resulta notablemente atípica, al mismo tiempo, por su enfoque en un protagonista masculino (el de nombre extraño Milkman Dead; los nombres y la denominación siempre fueron fundamentales para Morrison), y en las amistades y los vínculos familiares entre hombres.

La novela por la que Morrison es más conocida, Beloved, llegó en 1987, y después llegó su obra maestra, quizá infravalorada (¿porque no se entendió lo suficiente?), Jazz (1992). Cada una de estas obras continúa el intenso enfoque en los individuos que tanto la sociedad como la historia han desdeñado o pasado por alto. Son aquellos a los que Morrison ha llamado “desrecordados y no contabilizados”, iniciados con su examen de la vida interior de la niña negra “fea” y maltratada, Pecola Breedlove, en El ojo más azul.

Tanto la exploración de la búsqueda de expiación de una madre infanticida y antes esclavizada en Beloved como la representación en Jazz de las luchas y los triunfos de una pareja de mediana edad, migrantes del ámbito rural de Virginia, en el Harlem de los años veinte, encarnan a Morrison en su mejor versión, prodigiosa. Su obra no rehúye la atención a las brutales realidades de innumerables vidas negras y atiende por igual a su resiliencia creativa, combinando una amplia visión histórica con un conocimiento íntimo de la psique humana individual.

Premio Nobel

Morrison fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1993 y desde entonces han seguido numerosos otros premios y distinciones. Se lee, se estudia y se venera su obra en numerosos idiomas de todo el mundo. Pero nuestro sentido de pérdida por su fallecimiento no debería cegarnos ante el hecho de que, durante demasiado tiempo, fue a la vez una celebridad y una figura insuficientemente reconocida –especialmente en los sectores más conservadores del mundo académico y de los medios de comunicación– como figura de significado universal (y no de “minoría”).

Incluso ahora, persiste cierta resistencia a incluir su obra en los programas de “alta literatura”. En una ocasión observó con ironía, durante una presentación de libro, que se la enseñaba en los departamentos de estudios afroamericanos, en sociología e incluso en las facultades de Derecho, pero rara vez en los departamentos de inglés de las universidades de élite. Sigue habiendo una falta de reconocimiento de la magnitud de su contribución a la historia intelectual, que tanto su ficción como sus extraordinarios ensayos constituyen.

Su reivindicación del modernismo como una experiencia principalmente negra, así como su insistencia en que cualquier distinción entre lo estético y lo político es una falsa dicotomía, y sus iluminaciones sobre la forma en que el colonialismo y el imperialismo fabricaron conscientemente la cultura y la historia africanas como irrelevantes, se cuentan entre sus mayores legados.

Intelectual público

La propia Morrison era muy consciente de la naturaleza compleja y a veces insidiosa de su recepción, y abordó este asunto repetidamente en entrevistas y artículos de opinión. Mencionaba con frecuencia la primera reseña de The New York Times sobre Sula, por ejemplo, que daba a entender que una escritora tan poderosa debería, en realidad, centrar su atención en algo más importante que la vida de las mujeres negras del Medio Oeste. En una entrevista de 1983 con la crítica literaria Nellie McKay, insistió de forma célebre en que no era “similar a James Joyce, no similar a Thomas Hardy, no similar a Faulkner”. Este tipo de comparaciones en aquel momento, creía ella, oscurecían su compromiso específico con la política y la estética negras.

Sin dormirse en los laureles, a lo largo de su cátedra en Princeton, su comisariado invitado en el Louvre en 2006-07, en su jubilación y hasta el final, siguió siendo profundamente consciente de la forma en que se leían, se (malinter)pretaban y se (mal)representaban sus libros y ensayos. En su papel de intelectual pública y comentarista social sin miedo, previó la violencia racista que precipitó el movimiento Black Lives Matter y fue profética sobre los retrocesos que ha implicado la era Trump.

Aunque su inquebrantable compromiso con la justicia social y el cambio radical quizá la llevó ocasionalmente a explicarse en exceso –en los prólogos que escribió para las reediciones de Vintage de sus novelas a comienzos de los años 2000, por ejemplo, o en su última novela, Dios ayuda al niño, que carece de la perfección de tono de sus predecesoras–, no podemos ignorar a nuestro propio riesgo su sabiduría sobre el poder (y cómo subvertirlo).

Un documental reciente, La casa del extranjero, retrata a Morrison trazando paralelismos entre el trauma sufrido por los africanos capturados y transportados en la travesía del Atlántico Medio hacia las Américas a bordo de los barcos negreros, la experiencia de los residentes negros de Nueva Orleans durante el huracán Katrina y la actual crisis migratoria mundial. El mero hecho de establecer tales conexiones, y la forma en que despliega su habitual y asombrosa oratoria para exponer verdades incómodas sobre la naturaleza del “hogar” y la “falta de hogar”, encarna todo lo que perdurará del fenómeno que fue Toni Morrison.

Sobre todo, las ideas de esta película insisten, como lo hace implícitamente su ficción y explícitamente su conferencia del Premio Nobel, en que el futuro está “en nuestras manos”. El poder y la responsabilidad de hacer del mundo un lugar mejor no recaen en los grandes artistas cuya partida lamentamos, sostuvo siempre Morrison, sino en nosotros mismos –los lectores y pensadores que todavía tienen tanto trabajo por hacer.

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