¿Harto del espumillón, los villancicos y las historias sobre el nacimiento virginal?
En Nueva Zelanda, Australia y muchos otros países, es difícil escapar de la Navidad en diciembre.
Pero aunque no creas en Cristo ni en un Dios, la religión puede seguir siendo una fuerza poderosa. Las investigaciones muestran que incluso las personas no religiosas pueden tener creencias inconscientes vinculadas a la religión que afectan a su psicología.
Según muchos indicadores, la religión en Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos está perdiendo adeptos, pero el cristianismo sigue dando forma a la cultura y la política de estas sociedades, desde las festividades que se celebran hasta los valores que se respaldan oficialmente.
No sorprende demasiado que los símbolos y las tradiciones religiosas perduren en sociedades secularizadas. Lo sorprendente es cómo las creencias religiosas pueden permanecer en la mente de las personas seculares e influir en ella.

Respuestas subconscientes a Dios
Un estudio en Finlandia exploró cómo respondían las personas religiosas y no religiosas a la idea de Dios.
Los investigadores usaron electrodos para medir cuánto sudaban las personas mientras leían frases como «Desafío a Dios a que haga que mis padres se ahoguen» o «Desafío a Dios a que haga que muera de cáncer». Inesperadamente, al leer las frases, las personas no creyentes sudaron tanto como las creyentes, lo que sugiere que estaban igual de ansiosas por las consecuencias de sus desafíos.
Y no se debe simplemente a que las personas no creyentes no quisieran desearles daño a los demás. Un estudio complementario mostró que desafíos similares que no involucraban a Dios (como «Ojalá mis padres se ahogaran») no provocaban aumentos comparables en los niveles de sudoración. En conjunto, estos hallazgos sugieren que, pese a negar la existencia de Dios, las personas no creyentes se comportaban como si Dios existiera.
¿Significa esto que las personas no creyentes mienten cuando dicen que rechazan a Dios? No exactamente. Más bien, es probable que estos comportamientos contradictorios se deban, en parte, a vivir en una cultura teísta que insiste una y otra vez en la idea de que Dios existe. Quizá esto lleve a las personas no creyentes a desarrollar actitudes «implícitas» que están reñidas con sus actitudes «explícitas».
Actitudes explícitas e implícitas
Las actitudes explícitas son aquellas que las personas pueden traer conscientemente a la mente y expresar cuando se les pregunta; por ejemplo, «las zanahorias me hacen bien» o «Dios no existe».
En cambio, las personas apenas son conscientes, o no lo son en absoluto, de sus actitudes implícitas: las asociaciones aprendidas entre ideas en su mente, como la facilidad con que el concepto «zanahoria» evoca otro concepto, como «insípido», o con que la palabra «Dios» evoca «existencia».
Como muestran estos ejemplos, las actitudes implícitas y explícitas pueden entrar en conflicto. Una persona puede decir que «le encantan las zanahorias» mientras, inconscientemente, evoca asociaciones negativas con ellas. O puede decir «Dios no existe» mientras evoca inconscientemente ideas sobre la existencia de Dios.
Desde esta perspectiva, tiene sentido que las personas no creyentes se pongan nerviosas ante la idea de desafiar a Dios a causar daño.
Cómo influyen las actitudes en la salud
La idea de que las discrepancias entre las actitudes explícitas e implícitas pueden generar conflictos concuerda con la teoría de la disonancia cognitiva.
Los estudios que exploraron este fenómeno psicológico hallaron que el conflicto entre el comportamiento de una persona (por ejemplo, cumplir las expectativas parentales de ser una hija sumisa) y su propia percepción de quién es (por ejemplo, ser una mujer independiente) se asociaba con puntuaciones relativamente altas en las medidas de neuroticismo y depresión, y bajas en las medidas de autoestima, en comparación con las personas cuyos comportamientos y percepciones de sí mismas estaban más alineados.
Del mismo modo, las personas cuyas actitudes implícitas y explícitas sobre su autoestima no están alineadas (quienes declaran tener una autoestima alta, pero mantienen asociaciones inconscientes negativas sobre sí mismas, o viceversa) sufren consecuencias negativas. Tienen más probabilidades de ponerse a la defensiva ante comentarios negativos, de reprimir su ira y de tomarse días libres del trabajo por motivos de salud.
¿Podría intervenir también la disonancia cognitiva en el contexto de la religión?
Religión y salud
La disonancia cognitiva y el grado de alineación entre las creencias implícitas y explícitas podrían ayudarnos a comprender las relaciones entre la religión y la salud. De hecho, los efectos positivos de las creencias religiosas podrían ayudar a explicar por qué persisten las creencias implícitas en las personas no creyentes.
Un estudio de más de 400 hombres blancos estadounidenses mostró que quienes asistían a la iglesia tenían una presión arterial más baja, y otro estudio halló que tener una afiliación religiosa se asocia con una mayor sensación de bienestar. Se ha interpretado que los tuits publicados por cristianos reflejan más felicidad y conexión social que los de los ateos, y se ha informado que quienes creen en Dios sienten menos ansiedad ante su muerte eventual y tienen más certeza sobre el sentido de su existencia.
Pero las cosas no son tan sencillas cuando la fe religiosa es menos firme. Las personas con creencias religiosas moderadas declaran un menor bienestar que quienes tienen creencias muy firmes o muy débiles. Aquí intervienen muchos factores, pero uno que conviene considerar es que quienes tienen creencias moderadas tienen más probabilidades de albergar creencias implícitas y explícitas contradictorias.
Esto podría ser especialmente cierto si ese grupo incluye a personas que desarrollaron vínculos fuertes entre Dios y los conceptos de existencia durante su educación religiosa, pero que han empezado a cuestionar explícitamente esas ideas.
Si no eres creyente, quizá aún conserves creencias en Dios que te expongan al riesgo de caer, en el mejor de los casos, en divertidas contradicciones internas y, en el peor, en un menor bienestar.
Llegados a este punto, probablemente te preguntes qué puedes hacer para reducir ese riesgo. Lamentablemente, no podemos ofrecer muchos consejos hasta que se comprenda mejor la relación entre las creencias religiosas y el bienestar.
Por ahora, es razonable suponer que, si eres una persona firmemente no creyente (de manera explícita), exponerte a situaciones que refuercen tus creencias religiosas implícitas (por ejemplo, asistir a los servicios religiosos en Navidad) puede agravar tu conflicto interno.


