Malasia puede marcar el camino hacia un modelo holístico de derechos humanos

People line up to vote during the general election in Kuala Lumpur, Malaysia, May 9, 2018
The general election in May last year ended decades of authoritarian rule in Malaysia.Image: REUTERS/Athit Perawongmetha
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El 9 de mayo de 2018, mi teléfono inteligente registró un aumento del 40 % en la actividad en redes sociales. Como psicóloga que habla con sus clientes sobre las causas del insomnio al menos una vez al día, sabía que tener los ojos pegados a la pantalla del teléfono significaba que no iba a dormir bien esa noche.

Sin embargo, el sueño era lo último en lo que pensaba. Ese día, Malasia escribió historia en sus 14.ª elecciones generales. Actualizaba Twitter constantemente mientras surgían vídeos en tiempo real de malasios tomando las cosas en sus propias manos. Vi a ciudadanos detener a personas que llevaban cajas inofensivas en los colegios electorales, abrirlas y revelar lo que supuestamente eran papeletas falsas. Esa noche me senté en el borde del sofá, tras un día repartiendo botellas de agua a las inéditas colas de ciudadanos malasios decididos a votar, esperando con inquietud a que se anunciaran los resultados electorales, gravemente retrasados.

A los 93 años, el jefe de Estado de Malasia —el más longevo de todos los cargos de este tipo en el mundo— Tun Dr. Mahathir derrotó al Barisan Nacional, partido que había ostentado el poder durante más de 60 años. Había salido de su retiro para enfrentarse a su antiguo protegido, el exprimer ministro Najib Razak, a quien se opusieron con fuerza tanto Mahathir como el descontento popular ante las acusaciones de lo que se denominó «C-cuadrado»: corrupción y amiguismo. De hecho, el ambiente creado por el «C-cuadrado» era tal que, en un triste alarde de previsión, mi marido tenía reservado dinero para la fianza por si yo tuiteaba algo considerado sedicioso y acababa en régimen de aislamiento.

Pero el pueblo ha hablado. ¿Y ahora qué? Por mi experiencia como terapeuta, he constatado que son ciertas dos cosas sobre el multiculturalismo de Malasia: en primer lugar, que la gente es amable y, por naturaleza o por instinto, quiere hacer el bien.

En segundo lugar, que, a pesar de ese instinto de hacer el bien, el estado del mundo puede resultar en ocasiones tan abrumador y traumático, con efectos reales en la salud mental, que la gente se refugia en un cinismo displicente o en ideas derrotistas. Puede resultar más llevadero admitir la derrota antes de empezar que darlo todo y fracasar. Literalmente, la gente se paraliza ante la inmensidad de los desafíos que enfrenta el mundo, en lo que los psicólogos denominan respuesta de huida, parálisis o lucha.

Partiendo de estas observaciones, cada momento es una oportunidad de enseñanza que empieza por influir en la persona que tienes delante. Con la convicción de que el cambio masivo requiere sembrar un proceso de pensamiento diferente, hablo cada semana con un millón de personas en un programa de radio llamado Mind Matters en el que debatimos sobre psicología, liderazgo y derechos humanos a la luz de las investigaciones más recientes, a la vez que refutamos la propaganda o las conjeturas que van en contra de los derechos humanos. A menudo se cita la pluralidad de religiones y culturas de Malasia como un obstáculo para la aplicación de los derechos humanos, y con frecuencia se me hacen preguntas difíciles sobre cómo la aplicación de un derecho podría herir las sensibilidades de otro grupo. Sin embargo, los derechos humanos son universales, indivisibles y —de manera similar al budismo— interdependientes. Tanto las personas como los grupos tienen el mismo derecho a estos derechos inamovibles.

Mientras se debatía acaloradamente si Malasia ratificará o debería ratificar la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial (ICERD), abordé la cuestión exclusivamente desde la posición de que el poder del pensamiento lo abarca todo. Mientras tanto, los líderes políticos se subían a sus tribunas para incitar y tergiversar las cláusulas constitucionales y lo que la convención representa realmente. Esto quedó patente de forma conmovedora gracias a la emisora de radio independiente malasia BFM, que puso de relieve algunas de las teorías conspirativas en torno a la ICERD, como la que afirma que forma parte de una trama judía para tomar el control.

Tengo la costumbre de sembrar semillas, cómoda con la incertidumbre de los plazos y con la certeza de que, cuando el entorno es propicio, las semillas florecerán. Mediante la diplomacia discreta y a puerta cerrada, he mantenido conversaciones conmovedoras sobre la necesidad de abolir la pena de muerte tanto con sultanes como con ministros, teniendo en cuenta las diferencias interculturales en la conceptualización de los derechos humanos y el uso de estos con fines políticos.

Amnistía Internacional lleva mucho tiempo trabajando para abolir la pena de muerte. Esta estrategia retributiva no tiene cabida en una sociedad civilizada, porque, como demuestran las investigaciones, no disuade de la delincuencia. Y no se habla lo suficiente del indescriptible dolor que supone saber que un caso que seguías de cerca y por el que tenías esperanzas acabó en la horca. En un notable cambio respecto a prácticas anteriores, el gobierno malasio trabajó sin descanso para detener la ejecución de uno de sus ciudadanos en octubre de 2018, en consonancia con la actual moratoria sobre la pena de muerte. Pero fue durante una sesión fotográfica para la portada de una revista cuando me enteré de que Prabu Pathmanathan había sido ahorcado. El fotógrafo captó ese momento y esa expresión en mi rostro, y ahora cuelga en mi estudio como un recordatorio cotidiano y inquietante de cómo una condena a muerte y su ejecución tienen repercusiones que van mucho más allá de la persona condenada.

Limitarse a favorecer los derechos humanos no basta, como demuestra el clicktivismo. Mediante cambios de conducta centrados en el respeto, la gestión del tiempo y el diálogo, trabajo por un cambio colectivo y por la inclusión en la composición, la modernización y las acciones de lo que significa defender los derechos humanos y ser considerado defensor de los derechos humanos. Investigaciones recientes han descubierto que las personas que poseen ciertos valores, como la justicia social, la lealtad y la solidaridad, tienen más probabilidades de defender los derechos humanos. Estos valores coinciden con el enfoque de los Jóvenes Líderes Mundiales (YGL), que se centran en el bien social, la autenticidad, la generosidad, el respeto y el impacto. Cuando las personas tienen un «sentido psicológico de comunidad global», están en mejor posición para abogar e impulsar que todas las industrias y los gobiernos protejan los derechos humanos.

Cada Joven Líder Mundial tiene su misión; la mía es sanar. Me convertí en Joven Líder Mundial porque aquí cada postura contraria, cada intento de silenciarme y cada cuestión por la que he luchado en los primeros 30 años de mi vida no solo fue alabada, sino también promovida por el Foro Económico Mundial como un simple comienzo. Y es justo: este es solo el principio del fin de la idea, tan repetida, de que los activistas de derechos humanos son radicales que pertenecen a una determinada clase y mentalidad; de que somos personas agresivas que intentan, a voz en grito y con torpeza, «salvar el mundo».

Desde las familias reales en la semana de la moda hasta los trabajadores migrantes de la obra de al lado, los derechos humanos son asunto de cada persona. A finales de 2019, se publicará mi mandato de modelos holísticos de sanación mediante la integración de la psicología, los derechos humanos y la espiritualidad, como Resistance, Resilience, and Recovery From Disaster: Perspectives from Southeast Asia. En él sostengo que el espiritualismo no es antitético a la ciencia empírica occidental y que, de hecho, en un mundo globalizado en el que la salud mental, la sexualidad y el género se conceptualizan de forma desigual, la espiritualidad proporciona un equilibrio arraigado profundamente en nuestra psicología indígena y cultural, porque en la mayoría de las visiones espirituales del mundo existe, de forma inherente, un compromiso con la humanidad y con los esfuerzos humanitarios.

Las opiniones expresadas en este blog son las del autor y no reflejan necesariamente la política o posición oficial de ninguna otra agencia, organización, empleador o empresa.

El autor de este blog es miembro del Foro Económico Mundial cohorte YGL 2019.

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