Esta semana conmemoramos el 70.º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH), y quizá convenga detenerse a reflexionar sobre lo pertinente que es hoy en un mundo dominado por las finanzas. “Muy”, podría decirse. Después de todo, ¿no ha dejado eso dolorosamente claro la crisis financiera mundial y sus secuelas marcadas por la austeridad?
Pues sí y no. Tomemos la trascendental cumbre del G20 celebrada en Washington D. C. en noviembre de 2008, justo cuando la crisis financiera se estaba convirtiendo en una crisis económica mundial. Al reunir por primera vez en la historia del grupo a los líderes de las naciones del G20, la reunión Comunicado señaló con el dedo a los responsables de las políticas, a los reguladores y a las instituciones financieras; elogió los principios de libre mercado como vectores de prosperidad económica que han “sacado a millones de personas de la pobreza y elevado significativamente el nivel de vida mundial”; y comprometió a los líderes mundiales con una serie de acciones inmediatas y a medio plazo para restablecer “la estabilidad y la prosperidad de la economía mundial”.
Lo que realmente llamó la atención, sin embargo, fue lo que no se dijo. En las 3.582 palabras del Comunicado, la expresión ‘derechos humanos’ no se mencionó ni una sola vez. Los líderes más poderosos del mundo se reúnen para abordar el acontecimiento económico mundial más significativo en una generación, con amplias repercusiones sociales como la pérdida de empleos, la falta de vivienda, la pobreza y los recortes en el bienestar social, y, sin embargo, uno de los logros más destacados del derecho internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial no mereció ni una sola mención.
Igual de sorprendente fue el hecho de que nadie pareciera darse cuenta. De hecho, mucho más allá del G20, las consideraciones sobre derechos humanos brillaron por su ausencia en casi todos los diagnósticos y las recetas que siguieron a la crisis. ¿Qué tiene la economía financiera (e incluso las crisis financieras) que impide a los políticos, a los expertos en políticas y al resto de nosotros ver la pertinencia de los derechos humanos? Fue en ese momento, y con esa pregunta, cuando yo, abogado de derechos humanos, me adentré en el dominio, a veces extraño, a menudo escandaloso y siempre intimidante, de las finanzas globales, lo que finalmente dio lugar a un libro - Mal necesario – publicado a principios de este año.
Sin duda, la complejidad y el esoterismo de las finanzas forman parte de la respuesta. Pronto comprendí que incluso los banqueros suelen quedar desconcertados ante la complejidad de sus propios productos (véase ¿Qué tan improbable es un evento de 25 sigma? como ejemplo especialmente embarazoso). Pero, igualmente, vi que la industria de los derechos humanos era culpable de eludir la vital tarea de descifrar las finanzas de forma que la pertinencia de los derechos humanos quedara clara y convincente. Denunciar la venalidad y la perversidad de las finanzas –como yo y otros solemos hacer– está muy bien, pero eso por sí solo no abre muchas puertas de banqueros.
En mi caso, para poner un pie en la puerta con mis sandalias hizo falta no solo un esfuerzo concertado por comprender lo que hacían las personas mejor calzadas del interior, sino también cierta maestría para transmitir un mensaje de derechos humanos con el que ellas pudieran identificarse. En este sentido, no bastaba con señalar montañas de tratados internacionales de derechos humanos y declarar, con las manos en las caderas, que ofrecen un modelo para los objetivos de la política financiera. No lo ofrecen. Los banqueros pueden verlo, y nosotros también debemos hacerlo.
Los derechos de los tratados son meramente el esqueleto de lo que los derechos humanos significan en la práctica. Darles carne en las innumerables circunstancias reales en las que vivimos puede ser un trabajo arduo, pero es esencial si las aspiraciones de la DUDH han de pasar del papel a la práctica.
Creo que el paso más importante que debemos dar en esta dirección es reconocer los derechos humanos como los rasgos de nuestra existencia cotidiana que hacen que nuestras vidas merezcan la pena: seguridad, salud y bienestar, ser tratados con respeto y como iguales, y ejercer nuestras libertades básicas para hablar, asociarnos, practicar y aprender como elijamos. En otras palabras, los ingredientes básicos de una buena vida.

Es cierto que los ingredientes que disfrutamos, y en qué cantidades, suelen depender de nuestras capacidades financieras, tanto individuales como colectivas, para obtenerlos. Pero es aquí donde vemos el potencial de las propias capacidades de las finanzas para ofrecer seguridad, flexibilidad, comodidad y capacidad de elección, para generar riqueza y marcar la diferencia entre mantener los derechos humanos de las personas y descuidarlos. He comprobado que este lenguaje común crea un puente con el que los financieros pueden identificarse, aunque todavía no tengan muy claro cómo cruzarlo ni qué hacer al otro lado.Ese puente puede ayudarnos a todos a comprender mejor y a abordar algunos de los problemas financieros más acuciantes de hoy, incluido el modo en que un sector financiero desenfrenado, que ha elevado la riqueza mundial agregada en los últimos 30 años, también ha generado desigualdades de riqueza sin precedentes dentro de los países (como muestra el gráfico de Estados Unidos anterior), mientras que el panorama regional también es desigual (como muestra el gráfico siguiente que compara los ingresos medios en Asia y África).

¿Y por qué, cuando hoy cada gran institución financiera ha hecho una declaración expresa de compromiso con la DUDH, y/o lealtad a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, parece tan difícil cumplir con lo que se predica? Entre los ejemplos recientes de conductas financieras socialmente perjudiciales que contradicen estas promesas corporativas figuran la implicación de Goldman Sachs en el embrollo de malversación en torno al 1MBD de Malasia (un fondo de desarrollo de propiedad estatal, nada menos), y el de Danske Bank de Dinamarca (antes considerado uno de los bancos más limpios de Europa), que presidió el mayor escándalo de blanqueo de capitales del mundo tras años de hacer la vista gorda ante más de 200 000 millones de euros depositados en total en una única sucursal estonia por ciudadanos rusos no residentes.
Las declaraciones grandilocuentes de intenciones socialmente responsables, al parecer, no sirven de nada en la práctica. La intención debe expresarse en términos familiares tanto para los financieros como para los defensores de los derechos, si la tarea de abordar la ‘S’ de ‘ESG’ (‘environmental, social and governance’, ambiental, social y de gobernanza) en el cumplimiento normativo financiero ha de avanzar más allá de los lugares comunes y la retórica. Emplear el lenguaje cotidiano de los derechos humanos puede ayudar en este punto, al explicar lo que realmente significa el impacto social de las finanzas cotidianas.
El resultado beneficiará no solo a los derechos humanos; también beneficiará a las finanzas, al dotarlas de una legitimidad de propósito que va más allá de la mera ampliación del fondo de riqueza. Los derechos humanos y las finanzas pueden parecer una pareja improbable, pero en realidad están más unidos de lo que parece. Solo tienen que encontrar las palabras adecuadas para expresarlo.


