Como seres humanos, tenemos una necesidad fundamental de pertenencia y conexión. Por defecto, todos estamos programados para conectar con nuestros propios intereses. Para muchos, ese círculo se amplía hasta incluir a sus amistades y familiares y, para unos pocos, llega hasta su comunidad inmediata. Menos personas aún se sienten conectadas con su país, y solo algunas nos sentimos conectadas con el mundo.
Durante años me he preguntado por qué tan pocos nos sentimos conectados con nuestras comunidades y con el mundo en general. En otras palabras, ¿por qué es tan pequeño «nuestro círculo de conexión»? ¿Por qué algunos nos hacemos responsables del estado del mundo y otros no?
Si analizamos la sensación básica de conexión, veremos que viene acompañada de sentimientos de cuidado, compasión y cierto grado de altruismo. Cuando nos sentimos conectados con alguien, nos importa su bienestar. Nos alegramos cuando esa persona está feliz y la ayudamos, incluso cuando no nos resulta conveniente. De hecho, nos sentimos capaces de tomar medidas preventivas por su bienestar, aunque ella misma no se dé cuenta.
Sentirse conectado con el mundo parece ser el resultado de un proceso de selección natural genética: unos pocos, con este sentido de conexión, acompañamos a nuestras comunidades y al mundo en los momentos de crecimiento y en los difíciles. Como grupo, nos apasiona el bienestar de la comunidad en general y a menudo velamos por ella antes que por nuestros propios deseos.
Algunas pruebas de aptitud nos clasificarían como personas motivadas por una causa. Esta actitud influye en nuestras decisiones vitales. Nos lleva a elegir la empresa social como trayectoria profesional preferida y a trabajar en el gobierno y el sector público. También afecta nuestra vida cotidiana: recogemos basura de la calle, ayudamos a la gente y ahorramos agua.
Puedo ponerme como ejemplo: siento constantemente un deber hacia nuestro planeta. Este sentimiento me ha impulsado desde la infancia y hoy ha adquirido forma, estructura y un propósito concreto. Me ha inspirado a dirigir mi organización, HealthSetGo, que está mejorando la salud de un millón de niños en India.
Para mí, esto no es más que el comienzo, pero seré sincera: me cuesta encontrar a otras personas tan motivadas y apasionadas como yo por el mundo, y mucho más por sus propias comunidades. ¿Por qué ocurre esto?
Como sociedad, hemos delimitado las profesiones que se consideran de servicio público o comunitario: trabajar en el gobierno, convertirse en una figura política, dirigir una ONG o una empresa social, o trabajar con organizaciones como la ONU y el Banco Mundial.
Al crear estas etiquetas y profesiones, estos pequeños grupos de responsabilidad y liderazgo, creo que de alguna manera hemos dicho: «Estas personas de entre nosotros han sido elegidas para preocuparse por el mundo. Los ingenieros, matemáticos, diseñadores gráficos y profesionales del comercio no tienen que hacer nada».
Como pertenezco al grupo de personas delimitado anteriormente, esto me lleva a relacionarme con un pequeño sector de la población que siente lo mismo. Personas como nosotros somos quienes tenemos la oportunidad de hacernos oír y generar un impacto. ¿Y cuál es el resultado? Un sentimiento de tener derechos y una brecha en la sociedad entre quienes actúan y quienes no. Miramos al mundo y decimos: «Oigan, nosotros nos ocuparemos de los problemas. No tienen que preocuparse en absoluto por hacer del mundo un lugar mejor. No es su trabajo».
¿Pero acaso no lo es?
Al crear una brecha entre quienes actúan y quienes no, estamos creando un pequeño grupo de personas que se sienten con derecho a ello y un mundo más amplio e insensible.
Todos tenemos que alzar la voz y decir que es nuestro deber mejorar el mundo. No podemos depender de unas pocas personas para que asuman esa responsabilidad. También es nuestra responsabilidad, y hay una manera muy sencilla de empezar ahora mismo.
Creo que todos podemos crear un presente y un futuro mejores si nos sentimos conectados con ellos. ¿Y si todos nuestros círculos de conexión fueran un poco más amplios que nosotros mismos?
Todos somos ciudadanos del mundo. Desde India, no puedo cambiar lo que ocurre en Siria. Pero sí puedo cambiar lo que ocurre en mi hogar y en mi comunidad. Puedo sentirme conectada con lo que me rodea. Este sentimiento generará automáticamente un efecto dominó que impulsará el cambio.
Las soluciones que obligan a las personas a realizar trabajo social, como establecer políticas de responsabilidad social corporativa para las organizaciones, no son permanentes. Aunque quizá canalicen fondos hacia el servicio público a corto plazo, estos enfoques carecen de sustancia y corazón, por lo que gran parte del dinero destinado al servicio público nunca llega a quienes debería beneficiar. Como no estamos conectados, no damos ni empatizamos de forma natural.
No deberíamos dejar al azar la creación de este sentido de responsabilidad, conexión, empatía y compasión; deberíamos inculcarlo en todos nosotros mediante el sistema educativo y la forma en que criamos a nuestros hijos.
Si estás leyendo este artículo y has llegado hasta aquí, puedes empezar ahora mismo prestando atención al mundo que te rodea. Sé sensible, muestra empatía, siéntete conectado con tu comunidad y abre tu corazón al mundo tanto como puedas. Tómate un momento para sentarte y enumerar lo que forma parte de tu círculo.
Si eres docente, haz que tus estudiantes sean conscientes de que ellos también pueden generar un impacto. Y si formas parte de ese grupo más pequeño —quienes sí actúan—, tienes un papel aún más importante: empoderar a todos los que te rodean para que hagan lo que tú haces.
Si todos pudiéramos sentirnos conectados con al menos otra persona en el mundo, con nuestro entorno inmediato o con los alimentos que consumimos, este efecto dominó tendría el poder de transformarlo todo.
A veces, las mejores soluciones son las más sencillas, y a veces lo único que tenemos que hacer es encontrar una conexión.


