La humanidad siempre ha estado en movimiento. A lo largo de la historia, hemos migrado en busca de nuevas oportunidades y también para escapar de la persecución, los conflictos y la pobreza. Los movimientos de personas se producen en todo el mundo. Pero, aunque la migración es un fenómeno global, todavía no existe una comprensión global de cómo gestionarla.
Hoy las personas se desplazan más que nunca. Actualmente hay alrededor de 258 millones de migrantes internacionales. Esa cifra ha crecido rápidamente desde el cambio de milenio, cuando había 173 millones. Junto con el aumento del volumen, observamos cambios demográficos, avances tecnológicos, necesidades cambiantes de los mercados laborales y desafíos persistentes derivados de las guerras, la escasez, las violaciones de los derechos humanos y el cambio climático. A veces pensamos que ciertos países son lugares de origen de migrantes y otros, lugares de destino. Sin embargo, hoy la mayoría de los países experimentan la migración desde las tres perspectivas: como países de origen, tránsito y destino.
En este contexto, los 193 Estados Miembros de las Naciones Unidas acordaron por unanimidad, en septiembre de 2016, negociar un pacto mundial para una migración segura, ordenada y regular. Aunque se trata de un proceso intergubernamental, nos hemos esforzado por garantizar que recibamos aportaciones de todos los sectores de la sociedad: desde las organizaciones de la sociedad civil de base hasta las empresas multinacionales y los propios migrantes.
Durante el último año, nuestras consultas nos han enseñado mucho sobre la movilidad humana. Por ejemplo, hay más migración entre países del Sur global que desde allí hacia el Norte global. Asia acoge al mayor número de migrantes: 80 millones residen en la región. Además, las remesas representan la mayor fuente de financiación externa para muchos países en desarrollo, muy por delante de la asistencia oficial para el desarrollo.
También ha quedado claro que no podemos analizar la migración únicamente a nivel nacional. Eso no nos permitirá conocer toda la realidad. Al fin y al cabo, en un mismo país puede haber una ciudad con una gran población migrante y, a una hora de distancia, un pueblo donde apenas vivan migrantes. Las estadísticas nacionales no necesariamente nos dirán cómo afecta la migración a escuelas, hospitales, universidades o empresas concretas. Tampoco tendrán en cuenta las diferencias entre las costumbres locales. El gran número de personas que cruza las fronteras significa que debemos trabajar colectivamente para gestionar la migración. Tenemos que pensar a escala global.
La realidad de la migración que muestran las estadísticas no siempre coincide con lo que oímos en los debates públicos. Si se gestiona adecuadamente, la migración puede impulsar el crecimiento económico, al cubrir vacantes en sectores de rápido crecimiento y aumentar la población en edad de trabajar. En general, los migrantes pagan más impuestos de lo que reciben en prestaciones. Los recién llegados también enriquecen las culturas de sus comunidades de acogida, y quienes regresan a sus países de origen llevan consigo nuevas habilidades e ideas. Sin embargo, la migración irregular sigue siendo un desafío que expone a los propios migrantes a la explotación y los abusos. Las comunidades de acogida también tienen inquietudes legítimas que debemos escuchar.
Por supuesto, los gobiernos deciden sus propias leyes y políticas migratorias, ya sea en materia de seguridad, educación, salud o empleo. Lo han hecho a lo largo de la historia. Lo hacen hoy. Y seguirán haciéndolo después de que adoptemos el pacto mundial. Por eso serán los principales impulsores de las negociaciones, que comenzarán en febrero de 2018. Nadie está amenazando la soberanía de los Estados. Todos los Estados Miembros de las Naciones Unidas ya lo han reiterado.
Al trabajar para abordar la migración, no podemos olvidar los derechos humanos. Todas las personas nacen con derechos fundamentales y dignidad. Esto incluye a los migrantes. En ese sentido, durante las conversaciones que hemos mantenido hasta ahora, me ha alentado ver el amplio consenso sobre la necesidad de proteger los derechos humanos de todas las personas en movimiento. También he visto acuerdo en que la migración debe ser una opción, no una necesidad. Pero no basta con que el pacto mundial reitere principios generales: también debe incluir compromisos concretos que hagan que la migración sea más segura, ordenada y regular en la práctica. Debe contar con un mecanismo adecuado de seguimiento y revisión para garantizar que esos compromisos no se queden en palabras sobre el papel.
No es fácil dejar el propio hogar y empezar una nueva vida. Detrás de cada familia migrante y cada comunidad de acogida hay una historia. Las historias pueden ser positivas o negativas, pero no podemos aspirar a comprender la migración sin escucharlas. En definitiva, urge pasar de perspectivas fragmentadas a una comprensión compartida y al compromiso de hacer las cosas mejor.
A lo largo de todos los debates, no he oído a nadie sostener que nuestra respuesta actual a la migración internacional sea sostenible. De hecho, lo que he oído, por el contrario, es un rechazo rotundo a seguir haciendo las cosas como siempre. Por eso, la preparación de este pacto mundial es una de las iniciativas clave del 72.º período de sesiones de la Asamblea General. Dado que las Naciones Unidas son el centro mundial del multilateralismo, considero que esto constituye una prueba urgente para nuestra Organización. Ningún país puede gestionar la migración por sí solo. Este es exactamente el tipo de asunto del que deberían ocuparse las Naciones Unidas. Ha llegado el momento de que lideremos la iniciativa.




