Desde hace mucho tiempo existe una multitud de premios internacionales para magnates de los negocios, músicos, autores, científicos y líderes políticos, pero solo unos pocos reconocen la labor de los miles de defensores del cambio social que trabajan con constancia en todos los rincones del mundo para impulsar un impacto socioeconómico positivo.
De hecho, solo en las últimas dos décadas los sólidos esfuerzos de organizaciones internacionales sin ánimo de lucro y de fundaciones han contribuido a sacar a estos héroes silenciosos de la sombra. Por ejemplo, el Premio WISE a la Educación de la Fundación Qatar, que reconoce a una persona por su contribución destacada a la educación, se creó en 2009. Hasta entonces, no existía ninguna distinción internacional que reconociera los esfuerzos de los profesionales de base para afrontar retos vinculados a la educación, un asunto que afecta a miles de millones de personas en todo el mundo.
Los premios y galardones internacionales en favor del impacto social, como el XPrize, el Skoll Awards o el TED Prize son mucho más que meras medallas simbólicas de honor que lucen los intrépidos soldados cuyos audaces y creativos avances están ayudando a convertir la pobreza en prosperidad. De hecho, estas distinciones proporcionan la motivación tan necesaria para acelerar el cambio.
Al mismo tiempo, con frecuencia me preguntan: «¿no son estas simplemente subvenciones de fundaciones y empresas?». Sin duda, los galardones conllevan apoyo financiero, pero, como afirma Sally Osberg, presidenta y directora ejecutiva de la Skoll Foundation, «Estos [premios] son apuestas por las personas que crearán mejores futuros para millones».
Así pues, cuando los emprendedores sociales y las empresas sociales obtienen laureles, se benefician de una visibilidad global, tienen la oportunidad de formar parte de una comunidad internacional de agentes del cambio y, lo que es más importante, aprovechan la ocasión para soñar a lo grande.
Pero no son los únicos beneficiarios. La comunidad global también se beneficia.
Estos reconocimientos dan a conocer innovaciones que han tenido un impacto significativo y que pueden escalarse para resolver retos similares en otras partes del mundo, ahorrando un tiempo y un esfuerzo valiosos que de otro modo se invertirían en reinventar la rueda.
Las escuelas flotantes de Bangladés, un innovador modelo de aprendizaje de Colombia, una escuela «del mundo real» en Finlandia, un programa educativo para niñas en la India, o una School in the Cloud habrían permanecido en la sombra de no ser por los premios y galardones internacionales en favor del impacto social.
Los respaldos internacionales suelen funcionar como sellos de aprobación de máxima calidad que facilitan a los inversores y a las empresas identificar proyectos válidos y creíbles entre las decenas de miles de iniciativas y empresas sociales que surgen en todo el mundo.
Además, un emprendedor social es alguien que ve oportunidades donde otros ven obstáculos. Imagine, pues, lo que ocurre cuando un grupo de emprendedores sociales innovadores unen sus mentes para trabajar juntos. Mi propósito aquí es reflejar uno de los mayores beneficios de los premios a la innovación social: la creación y expansión de una sólida comunidad global de visionarios y solucionadores innovadores de problemas, que no solo se ayudan mutuamente, sino que también trabajan juntos para encontrar soluciones a los acuciantes retos socioeconómicos que aún no han sido resueltos.
Estos problemas globales no dejarán de agravarse. Y para combatirlos, necesitaremos una generación completamente nueva de hábiles agentes del cambio.
The Hult Prize, uno de los mayores concursos estudiantiles en favor del bien social, reta a estudiantes de colegios y universidades a encontrar ideas que puedan cambiar el mundo para mejor. Los millennials están deseosos de dejar su huella en el mundo, y los premios al bien social son una forma ideal de animarlos a dedicarse a determinadas profesiones o a crear su propia empresa.
Como se suele decir, ninguna buena acción queda sin recompensa. En el caso de los emprendedores sociales, una buena acción de alto impacto no solo debería recompensarse, sino también replicarse, porque su pensamiento fuera de lo convencional nos acerca un paso más a un mundo progresista y sostenible.
Este artículo se publica en colaboración con Devex. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial suscriba las opiniones expresadas.
Para estar al día de la Agenda, suscríbase a nuestro boletín semanal.
Autor: Sébastien Turbot es un emprendedor social francés que ha ejercido como comisario y director global de la World Innovation Summit for Education de la Fundación Qatar.
Imagen: Una mujer de negocios se recorta en silueta mientras camina bajo el Arche de la Defense, en el distrito financiero al oeste de París. REUTERS/Christian Hartmann.



