Hay un comienzo perfecto, un comienzo menos que perfecto y un comienzo imperfecto. Como emprendedor social, lo que he aprendido es que vale la pena EMPEZAR, aunque sea de manera menos que perfecta o imperfecta.
Así que allí estaba: había dejado mi trabajo, no tenía ahorros, pero tenía presente a gente como Bonti. Pero no tenía ni idea de cómo empezar, ni siquiera de dónde hacerlo.
Eye Research Center (ERC) Eye Care se fundó oficialmente en el verano de 2011. Con la generosa ayuda de mi madre, empezamos con una sola clínica —en su cocina— en el corazón de la ciudad. Aunque teníamos una misión firme, pronto nos dimos cuenta de que, a ojos del mundo exterior, nada nos distinguía de las demás clínicas oftalmológicas repartidas por la ciudad. Pero ¿qué era exactamente ERC Eye Care? Al principio la establecimos como empresa unipersonal, ya que era la forma de registro más barata y sencilla, pero no éramos estrictamente una empresa con fines de lucro. ¿Éramos una ONG? ¿O éramos algo completamente distinto?
Desde el principio, no me gustó la idea de una ONG. Por mi limitada experiencia con las ONG, el problema fundamental era la financiación. En las ONG locales que observé, noté lo siguiente:
Hay menos rendición de cuentas ante el usuario final. Como las ONG dependen de la financiación de donantes, la atención se desplaza hacia estos y se aleja de garantizar que todos los usuarios finales reciban la mejor atención posible.
Dada esta dependencia de los financiadores, existe la amenaza constante de que, si se acaba la financiación, también desaparezca la organización. Al poner en marcha una iniciativa, tener esa espada sobre mi cabeza no era mi idea de planificación a largo plazo.
Como, en definitiva, las organizaciones (con fines de lucro o no) rinden cuentas principalmente ante quienes pagan, en el caso de las ONG rinden cuentas ante los donantes. El beneficiario final no paga y, por tanto, tiene poco poder o voz para cambiar los servicios prestados si no está satisfecho. Después de pasar tiempo con pacientes como Bonti, quería que mi organización garantizara que el beneficiario final fuera la máxima prioridad.
Con esto en mente y con la ayuda de mis amigos del área de gestión (al fin y al cabo, mi formación es exclusivamente médica), empecé a redactar mi plan de negocios. Me llevó tiempo, dedicación y muchas noches sin dormir. Pensaba que los bancos y los inversores acudirían en masa. Mostrábamos un gran potencial tanto de impacto como de rentabilidad de manera sostenible. Pero, al estudiar los bancos, pronto me di cuenta de algunas cosas:
Los bancos no invertirán en nadie que no tenga una trayectoria demostrada.
La innovación no es su máxima prioridad. Exigen un modelo de negocio sólido, probado y validado.
Son muy reacios al riesgo.
Necesitan algún tipo de garantía.
Con solo mi modelo de negocio sin probar en la mano, ningún banco pasó de la primera reunión. Conseguir financiación estaba resultando mucho más difícil de lo que había previsto. Para mí, una ONG no era una opción, y parecía que una organización privada con fines de lucro tampoco era la respuesta. Me encontraba sin inversores y sin financiadores.
No fue hasta que un amigo me sugirió que necesitaba un inversor ángel que empecé a vislumbrar una solución a mis problemas de financiación. La propia expresión —inversor ángel— sonaba reconfortante, como si fuera a resolver todos mis problemas. Empecé a investigar y llegué a conocer muy bien a los inversores ángeles. Estos inversores aportan capital esencial cuando las vías formales no lo hacen debido al mayor riesgo: son un puente entre el capital semilla de amigos y familiares y canales más formales, como los bancos y otras opciones de financiación. Además, descubrí que, aunque muchos de estos inversores están vinculados a empresas emergentes con fines de lucro en lugares como Silicon Valley, hay muchos que invierten en pequeñas empresas de orientación social llamadas empresas sociales, un término que nunca había oído antes.
En el caso de una empresa social, los beneficios se miden por el impacto que se tiene en la vida del beneficiario final. En este contexto, los beneficiarios son fundamentales para su sostenibilidad, y mantenerlos satisfechos se convierte en el único propósito de la organización. Esto se traduce en un grado mucho mayor de rendición de cuentas y calidad para quienes queremos alcanzar.
Entonces lo supe: mi organización era una «empresa social».
Este artículo se publica en colaboración con The World Bank’s Development Marketplace Blog. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: El Dr. Parveez Ubed es fundador y director general de ERC Eye Care.
Imagen: Personas en un andén de una estación de tren en Tokio. REUTERS/Yuya Shino.



