¿Por qué nos conformamos con «suficientemente bueno»?

¿Por qué nos conformamos con «suficientemente bueno»?
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En el cambio de comportamiento no hay absolutos. Nunca alcanzamos la paciencia o la generosidad perfectas, ni la empatía o la humildad perfectas. No hay por qué avergonzarse de ello. Lo mejor que podemos esperar es mantener la constancia en nuestros esfuerzos: persistir en el empeño. Lo preocupante es que dejemos de esforzarnos, que nuestros deslices se vuelvan más frecuentes y empecemos a vivir de nuestra reputación. Ese es el peligroso momento en que empezamos a conformarnos con «suficientemente bueno».

¿Por qué nos conformamos con «suficientemente bueno»?

Veamos cuatro entornos que desencadenan comportamientos de «suficientemente bueno».

1. Nuestra motivación es apenas suficiente. Si tu motivación para una tarea o un objetivo está comprometida de algún modo —porque te falta la habilidad necesaria, no te tomas la tarea en serio o crees que lo que has hecho hasta ahora es suficientemente bueno—, no te ocupes de ello. Encuentra otra cosa que demuestre al mundo cuánto te importa, no cuán poco.

2. Trabajamos pro bono. Pro bono es un adjetivo, no una excusa. Si crees que hacerle un favor a alguien justifica no dar lo mejor de ti, no le estás haciendo ningún favor a nadie. La gente olvida tu promesa, pero recuerda tu desempeño. Es como un restaurante que dona comida a un albergue para personas sin hogar, pero entrega sobras pasadas de fecha y recortes que a quienes tienen hambre apenas les resulta posible tragar. La dueña del restaurante cree que está siendo generosa, que cualquier donación es mejor que nada. Mejor que nada ni siquiera se acerca a ser suficientemente bueno; y, una vez que hacemos una promesa, lo suficientemente bueno nunca es suficiente.

3. Nos comportamos como «aficionados». Separamos las partes en las que somos buenos de aquellas en las que no lo somos, y tratamos nuestras fortalezas como si fueran nuestro yo auténtico. Las debilidades son una anomalía; pertenecen a un desconocido, alguien a quien nos negamos a reconocer como parte de nosotros. Así nos atribuimos la condición de aficionados y nos concedemos permiso para conformarnos con lo suficiente. Somos profesionales en lo que hacemos y aficionados en aquello en lo que queremos convertirnos. Tenemos que borrar esta distinción engañosa —o, al menos, reducir la brecha entre profesionales y aficionados— para llegar a ser la persona que queremos ser. Ser bueno en esto no justifica no serlo tanto en aquello.

4. Tenemos problemas para cumplir las normas. Todos tenemos problemas para cumplir las normas, lo admitamos o no. Todos nos resistimos a que nos digan cómo comportarnos, incluso cuando es por nuestro propio bien o sabemos que nuestro incumplimiento perjudicará a alguien. Cuando incumplimos, no solo somos descuidados y perezosos. Es algo más agresivo y grosero que eso. Le estamos haciendo un corte de mangas al mundo y anunciando: «Las reglas no se aplican a nosotros. No cuenten con nosotros. No nos importa». Trazamos una línea en lo suficientemente bueno y nos negamos a ir más allá.

Conformarse con lo suficientemente bueno no es necesariamente algo malo. En muchos ámbitos de la vida, perseguir la perfección es una tarea absurda o, al menos, un mal uso del tiempo. No necesitamos pasar horas probando todos los tipos de mostaza de la sección gourmet para encontrar el mejor de todos; una marca suficientemente buena suele bastar para nuestro sándwich. El problema empieza cuando esta actitud de conformarse con lo suficiente va más allá de nuestras elecciones de consumo y se extiende a lo que decimos y hacemos. En las relaciones personales —hablamos de cómo trata un marido a su esposa, de cómo una hija se ocupa de un progenitor mayor o de cómo responde una amiga de confianza cuando la gente cuenta con ella—, conformarse con lo suficiente es poner el listón demasiado bajo. Decepciona a la gente, genera malestar donde debería haber armonía y, llevada al extremo, acaba destruyendo relaciones.

La gran recompensa de no conformarse con «suficientemente bueno»

Reconocemos de inmediato la gran motivación en el esfuerzo extraordinario de otras personas: por ejemplo, un asistente que se queda hasta tarde mientras nosotros volvemos a casa, o nuestro hijo que va directamente a su habitación a ponerse con los deberes en lugar de dejarse caer delante del televisor. Nos damos cuenta y lo admiramos, porque es inspirador ver a la gente resistirse al atractivo seductor de conformarse con lo suficiente.

Y la recompensa de no caer en la trampa de «suficientemente bueno» es inmensa, tanto para la persona como para quienes la rodean. Cuando nos volcamos por completo en el cambio de comportamiento en la edad adulta, con un 100 por ciento de concentración y energía, nos convertimos en una fuerza irresistible en lugar del proverbial objeto inamovible. Empezamos a cambiar nuestro entorno en vez de dejar que nos cambie. Quienes nos rodean lo perciben. Y, curiosamente, al esforzarnos por ser mejores, nos convertimos en un estímulo para que otras personas también logren sus propios cambios positivos.

Este artículo se publica en colaboración con LinkedIn. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: El Dr. Marshall Goldsmith ha sido reconocido nuevamente como uno de los diez pensadores empresariales más influyentes del mundo y el coach ejecutivo mejor clasificado en la ceremonia bienal Thinkers50 de 2013, celebrada en Londres.

Imagen: Trabajadores de la línea de montaje sustituyen las cubiertas traseras de televisores de 32 pulgadas en Element Electronics, en Winnsboro. REUTERS/Chris Keane.

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