Esto es lo que significan los robots para la economía

Humanoid robot of British company RoboThespian "blushes" during the opening ceremony of the Hanover technology fair Cebit March 9, 2014, where Britain is this year's partner country. REUTERS/Wolfgang Rattay (GERMANY - Tags: BUSINESS SCIENCE TECHNOLOGY TELECOMS) - RTR3GC9I
Advances in machine learning and mobile robotics mean that robots could do your job better than you.Image: REUTERS/Wolfgang Rattay
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Los avances en aprendizaje automático y robótica móvil significan que los robots podrían hacer tu trabajo mejor que tú. Esto ha dado lugar a algunas predicciones radicales de desempleo masivo, mucho más tiempo libre o un futuro sin trabajo. Pero las innovaciones que ahorran mano de obra y los debates que suscitan no son nada nuevo. La reina Isabel I denegó una patente para una máquina de tejer por temor a que provocara desempleo; Ricardo pensaba que la tecnología reduciría los salarios y Keynes, célebremente, predijo una semana laboral de 15 horas para 2030. Comprender por qué estas creencias resultaron equivocadas nos ofrece importantes claves para entender por qué podrían ser incorrectas afirmaciones similares sobre la robotización. Sin embargo, la automatización podría tener importantes repercusiones distributivas y consecuencias mucho más allá de las industrias en las que se implemente.

El progreso tecnológico no provocará desempleo masivo…

La tecnología puede desplazar a trabajadores de una industria concreta, pero esto no sucede en el conjunto de la economía. En el célebre ejemplo de Krugman, imaginemos que hay dos productos, salchichas y panecillos, que se combinan en proporción de uno a uno para hacer perritos calientes. Los 120 millones de trabajadores se reparten por igual entre las dos industrias: 60 millones producen salchichas y los otros 60 millones, panecillos; ambas industrias tardan dos días en producir una unidad. Supongamos ahora que la tecnología duplica la productividad de las panaderías. Se necesitan menos trabajadores para hacer panecillos, pero este aumento de la productividad permitirá que los consumidores obtengan un 33 % más de perritos calientes. Con el tiempo, la economía contará con 40 millones de trabajadores que fabrican panecillos y 80 millones que producen salchichas. Durante la transición podría haber desempleo, sobre todo si las competencias son muy específicas de la industria panadera. Pero, a largo plazo, un cambio en la productividad relativa reasigna el empleo en vez de destruirlo, aunque los efectos distributivos de esa reasignación pueden ser complejos y significativos.

…y probablemente no acortará mucho tu semana laboral…

A medida que aumenta la productividad, la gente podría trabajar menos horas y disfrutar del mismo nivel de consumo. Pero también podría trabajar las mismas horas y dedicar todo el aumento de productividad a consumir más o, más probablemente, disfrutar un poco más de ambas cosas. Este llamado «efecto renta» significa que las horas de trabajo deberían reducirse, pero en menor proporción que el aumento de la productividad.

Pero eso no es lo único que ocurre: el aumento de la productividad inclina los precios relativos del ocio y el consumo a favor de este último; es lo que los economistas llaman el «efecto sustitución». El fascinante conjunto de datos de Gregory Clarke sugiere que, en 1700, un artesano tenía que trabajar casi 10 horas para ganar los 2 peniques antiguos necesarios para comprar un kilo de carne de vacuno. Sin embargo, en 2014, un trabajador mediano del Reino Unido podía ganar las aproximadamente diez libras necesarias para comprar ese kilo de carne en menos de una hora. Así pues, medido en carne de vacuno o en bienes en general, la recompensa por trabajar esa hora extra es mucho mayor.

El efecto global sobre las horas depende del equilibrio entre ambos factores. La obra magna de Angus Maddison, publicada en 2001, calcula que, entre 1820 y 1998, el PIB real per cápita de Europa occidental se multiplicó por 15. En el mismo período, las horas trabajadas se redujeron aproximadamente a la mitad. Así, el dividendo de productividad se repartió en una proporción aproximada de 7 a 1 a favor del consumo. Sobre esa base, salvo que la automatización genere enormes aumentos de productividad, cualquier reducción de las horas será modesta y lenta. La productividad tendría que aumentar un 75 % para que las horas disminuyeran un 10 %. O tendría que aumentar un 150 % para reducir en un día la semana laboral.

…y probablemente elevará los salarios medios

La opinión mayoritaria entre los economistas es que el cambio tecnológico aumenta la productividad del trabajo, es decir, eleva la producción del mismo modo que un incremento de la mano de obra. Si esto parece contraintuitivo, no es más que la otra cara de suponer que las innovaciones ahorran mano de obra. La historia ofrece un buen campo de prueba para esta hipótesis: si el cambio técnico aumenta la productividad del trabajo, debería elevar los salarios y dejar intacto el tipo de interés. Los propios conjuntos de datos históricos del Banco sugieren que los tipos a largo plazo se han mantenido en torno al 4 % desde el siglo XVI, salvo en períodos de inflación elevada. El gráfico siguiente muestra que, desde 1800, la remuneración del trabajo —es decir, el salario real— se ha multiplicado aproximadamente por 15. Por supuesto, estas cifras agregadas podrían ocultar una variación sustancial entre sectores y grupos de trabajadores. Algunos trabajadores podrían verse muy perjudicados, especialmente si su capital humano queda obsoleto. La robotización podría no ser una buena noticia para todos los trabajadores y plantear importantes desafíos distributivos.

Figura 1: Salarios y tipos de interés a lo largo del tiempo

Image: Banco de Inglaterra

¿Es diferente la robotización?

Para sostener que la robotización beneficiará al capital a expensas del trabajo, hay que creer que tiene algo intrínsecamente distinto de las innovaciones anteriores. Un posible elemento diferencial —y recalco que solo es una posibilidad— es la sustituibilidad entre el trabajo y el capital. Con el cambio tecnológico que aumenta la productividad del trabajo, si este parámetro es inferior a uno, el aumento de la relación entre capital y producción a lo largo del tiempo eleva la participación del trabajo; si es igual a uno, dicha participación no cambia.

Al examinar datos anteriores que apuntan a una participación del trabajo constante o creciente, muchos economistas concluyeron que la elasticidad fue inferior o igual a uno durante la mayor parte de la era posindustrial. Así, un mayor capital implicaba que su precio relativo debía caer más de lo que aumentaba su cantidad, por lo que una menor proporción de los ingresos iba al capital. ¿Cómo podría cambiar esto la tecnología?

Imaginemos un taxi y su conductor: en esencia, no son sustituibles. Deben combinarse en proporciones fijas, por lo que tener un taxi con dos conductores o un conductor con dos taxis no genera producción adicional. Los avances tecnológicos anteriores —coches más rápidos, navegación por satélite, Uber— no cambiaron mucho este aspecto. Pero quizá los robots hagan que el trabajo y el capital sean mucho más intercambiables, de modo que un ordenador pueda sustituir al conductor y el pasajero viaje en un coche autónomo. Si esto eleva la sustituibilidad por encima de uno, el crecimiento del capital a lo largo del tiempo hará que aumente la proporción de los ingresos que corresponde al capital. De hecho, Piketty y Zuchmann sostienen que esto se aplica a un abanico mucho más amplio de cambios tecnológicos, no solo a la robotización, y que ha impulsado el aumento de la desigualdad en las dos últimas décadas.

¿Podrían los robots ayudar a combatir el estancamiento secular?

En el lado positivo, si te preocupa el estancamiento secular, los robots ofrecen un par de motivos para el optimismo. En primer lugar, si la robotización supone un importante aumento de la productividad que eleva la productividad marginal del capital, debería impulsar los tipos reales de equilibrio a largo plazo, y así aliviar los temores al estancamiento secular. En segundo lugar, aunque la teoría económica suele suponer que el crecimiento tecnológico permite fundir sin coste el capital y convertirlo en máquinas nuevas y más productivas, en la práctica algunas innovaciones podrían exigir retirar capital antiguo y, por tanto, desencadenar una oleada de nuevas inversiones. Si crees en el modelo de fondos prestables (y no todo el mundo lo hace), esta mayor demanda de inversión debería impulsar los tipos de equilibrio. Es algo especulativo, pero deja claro que cuesta imaginar un mundo distópico en el que el aumento de productividad inducido por los robots coincida con el estancamiento secular. Al menos hay que decidir dónde se quiere ser pesimista…

Cuidado con las consecuencias imprevistas

Pero quizá la lección histórica más importante para los economistas sea recordar que, a menudo, las mayores consecuencias de una innovación se producen muy lejos del sector al que pertenece el producto. Pensemos en el humilde contenedor marítimo. Transportar mercancías en contenedores precargados y cerrados, que pueden subirse directamente a un camión o un tren, supuso un enorme ahorro frente al transporte en cajas, que había que cargar y embalar una por una en cada puerto. Su inventor calculó que el ahorro combinado en costes laborales, tiempo en el muelle y seguros contra roturas y robos redujo 39 veces el precio de transportar una tonelada de carga. Bernhofen y otros calculan que esto multiplicó por ocho el comercio bilateral entre países con puertos de contenedores. Aunque el empleo disminuyó, la productividad del trabajo casi se multiplicó por 20. Para la industria naviera no fue una tecnología enormemente disruptiva, aunque cambiaron las pautas comerciales, el sector se concentró más y, paradójicamente, se volvió menos rentable.

Pero, al reducir el coste del comercio, la contenerización abrió la posibilidad de crear nuevas cadenas de suministro y acuerdos comerciales que antes eran demasiado costosos. Al hacerlo, los flujos comerciales resultantes provocaron una importante redistribución geográfica de la actividad económica. El verdadero impacto macroeconómico de la contenerización no se produjo en el mar ni en los muelles. Quizá el mayor efecto de la robotización se produzca lejos de las industrias que adoptan los robots y de formas que los macroeconomistas de hoy no podrían imaginar.

Los robots son (probablemente) nuestros amigos

A largo plazo, el cambio tecnológico que ahorra mano de obra significa que podemos fabricar más cosas. Y eso, en general, es bueno. A largo plazo no provoca desempleo e incluso podría ayudar a evitar el estancamiento secular. Pero quizá altere la forma en que se distribuye esa producción. Desentrañar la teoría que subyace a esto y analizar los efectos de innovaciones concretas probablemente mantendrá ocupados durante años a economistas, humanos o robots.

Esta publicación apareció originalmente en Bank Underground.

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