Este es el futuro de Estados Unidos y su economía

Morning commuters are seen outside the New York Stock Exchange, July 30, 2012. REUTERS/Brendan McDermid (UNITED STATES - Tags: BUSINESS) - RTR35NPI
Donald Trump’s election as US president has triggered a surge in positive economic sentiment.Image: REUTERS/Brendan McDermid
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Los mercados financieros parecen convencidos de que el reciente repunte de la confianza de las empresas y los consumidores en la economía estadounidense pronto se reflejará en datos «duros», como el crecimiento del PIB, la inversión empresarial, el consumo y los salarios. Sin embargo, los economistas y los responsables de formular políticas no están tan seguros. Que sus dudas se confirmen o no tendrá consecuencias tanto para Estados Unidos como para la economía mundial.

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos ha desencadenado un repunte del optimismo económico, pues prometió que su Administración impulsaría con determinación la triple apuesta política de desregulación, recortes y reforma tributarios, y construcción de infraestructuras. Las mayorías republicanas en ambas cámaras del Congreso reforzaron ese optimismo, al indicar que Trump no se enfrentaría al bloqueo paralizante que Barack Obama afrontó durante la mayor parte de su presidencia.

El aumento del optimismo empresarial y de los consumidores refleja una suposición profundamente arraigada en la mentalidad estadounidense: que la desregulación y los recortes tributarios siempre desatan un emprendimiento transformador que impulsa el crecimiento. (Para algunas personas fuera de Estados Unidos, esa suposición a veces se parece mucho a una fe ciega.)

Por supuesto, el sentimiento puede cambiar en ambas direcciones. Así como una postura «favorable a las empresas» como la de Trump puede aumentar la confianza, quizá incluso en exceso, la percepción de que un líder es «contrario a las empresas» puede hacer que la confianza caiga. Como el sentimiento puede influir en el comportamiento real, estos cambios pueden tener repercusiones de gran alcance.

En su innovadora obra Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, John Maynard Keynes llamó «espíritus animales» a «la característica de la naturaleza humana de la que depende una gran parte de nuestras actividades positivas: el optimismo espontáneo, más que las expectativas matemáticas, ya sean morales, hedonistas o económicas». Jack Welch, quien dirigió General Electric durante 20 años, es un ejemplo de ello: una vez afirmó que muchas de sus propias decisiones empresariales importantes habían surgido «directamente de la intuición», en lugar de basarse en modelos analíticos o previsiones empresariales detalladas.

Pero el sentimiento no siempre es un indicador preciso de la evolución y las perspectivas económicas reales. Como ha demostrado el premio Nobel Robert J. Shiller , el optimismo puede convertirse en «exuberancia irracional», cuando los inversores elevan las valoraciones de los activos a niveles desvinculados de los fundamentos económicos. Puede que logren mantener infladas esas valoraciones durante bastante tiempo, pero el sentimiento tiene un alcance limitado para impulsar a las empresas y las economías.

Hasta ahora, la reacción exuberante de los mercados ante la victoria de Trump —todos los índices bursátiles de Estados Unidos han alcanzado varios máximos históricos— no se ha reflejado en los «datos duros». Además, los pronosticadores económicos solo han revisado ligeramente al alza sus proyecciones de crecimiento.

No sorprende que los inversores en renta variable hayan respondido al auge de los espíritus animales intentando anticiparse a un posible repunte de la actividad económica. Al fin y al cabo, su negocio consiste en prever la evolución de la economía real y del sector empresarial. En cualquier caso, creen que pueden revertir rápidamente sus posiciones de cartera si cambian sus expectativas.

No ocurre lo mismo con las empresas que invierten en nuevas plantas y equipos, que tienen menos probabilidades de cambiar su comportamiento hasta que los anuncios empiecen a traducirse en políticas concretas. Pero cuanto más esperen, menor será el estímulo a la actividad económica y los ingresos, y más tendrán que recurrir los consumidores a reducir sus ahorros para convertir su optimismo en compras reales de bienes y servicios.

En este contexto, la economía espera un calendario firme para convertir los anuncios de políticas en diseños detallados y una implementación duradera. Aunque las negociaciones y concesiones políticas suelen provocar retrasos, en este caso las decisiones sobre la secuencia de las políticas pueden acentuar la incertidumbre. Al decidir comenzar con la reforma de la atención sanitaria —un asunto intrínsecamente complejo y muy divisivo en la política estadounidense—, la Administración Trump corre el riesgo de perder parte de la buena voluntad política que podría necesitar para llevar a cabo las reformas fiscales que esperan los mercados.

Aunque se produzca una mejora en los datos económicos, podría no durar, a menos que la Administración Trump impulse políticas que aumenten la productividad a largo plazo, por ejemplo, mediante la reforma educativa, programas de aprendizaje profesional, capacitación en competencias y reconversión laboral. La Administración Trump también tendría que abstenerse de adoptar medidas comerciales proteccionistas que perturbarían el «plato de espaguetis» de las cadenas de valor transfronterizas, tanto para productores como para consumidores.

Si la mejora de la confianza en la economía estadounidense no se traduce en datos duros más sólidos, las expectativas incumplidas de crecimiento económico y beneficios empresariales podrían desplomar el ánimo de los mercados financieros, alimentar la volatilidad y hacer caer los precios de los activos. En ese escenario, el motor estadounidense podría perder fuerza y arrastrar a toda la economía mundial, sobre todo si esos desafíos económicos llevan a la Administración Trump a aplicar medidas proteccionistas.

Estados Unidos está relativamente bien posicionado para lograr un mayor crecimiento económico. De hecho, al reavivar los espíritus animales de la economía, la Administración Trump ha sentado las bases para que el sector privado asuma gran parte del esfuerzo. Pero aún queda mucho por hacer. Si la Administración Trump no logra colaborar eficazmente con un Congreso dispuesto a cooperar para convertir pronto sus intenciones de estimular los mercados en medidas bien calibradas, el retraso de los datos duros podría socavar la confianza y crear obstáculos que vayan mucho más allá de la volatilidad financiera.

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