Lo mejor que puedes hacer por tu carrera profesional

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Un tema recurrente del que oigo hablar a mis colegas emprendedores es lo poco que duermen. Puede sonar a queja habitual, pero la mayoría de las veces lucen su falta de sueño como una medalla de honor. Se justifican diciendo que cuanto menos duermen, más productivos son, y más se consideran una especie de guerreros de los negocios. ¡Ja! Como científico del cerebro, esto me hace reír.

Todos hemos oído por qué dormir es bueno: aporta energía, mejora la memoria y estimula la creatividad. Pero estas ideas abstractas nunca me convencieron de irme a la cama, y sospecho que tampoco han convencido a otras personas con personalidad tipo A que intentan concentrar en cada día tanta productividad como sea humanamente posible.

Así que vayamos a los hechos concretos e indiscutibles sobre el sueño. Primero, sabemos que no podemos vivir sin él. Después del aire y el agua, el sueño es lo más importante para nuestra supervivencia. Podemos vivir aproximadamente 15 minutos sin aire, 9 días sin agua o unos angustiosos 21 días sin comida. Pero no podemos aguantar mucho más de 10 días sin dormir. Randy Gardner ostenta el récord oficial; el joven de 17 años logró pasar la asombrosa cifra de 264 horas sin dormir (aproximadamente 11 días) sin morir.

La mayoría de nosotros no tenemos interés en llegar a ese extremo, pero ¿qué ocurre cuando se reduce al mínimo la cantidad de sueño que dormimos a diario? Como era de esperar, esto causa todo tipo de problemas a corto y largo plazo, y nuevas investigaciones están arrojando luz sobre el porqué.

Nuestro cuerpo utiliza algo llamado sistema linfático para expulsar toxinas. El sistema linfático imita el flujo de sangre y oxígeno por todo nuestro cuerpo y trabaja para eliminar residuos y subproductos a medida que consumimos energía. El sistema linfático recorre todo el cuerpo con una excepción: el cerebro.

El cerebro está tan apretado dentro del cráneo y el espacio allí arriba es sencillamente demasiado valioso como para albergar una estructura grande como el sistema linfático. Durante años, los científicos estuvieron convencidos de que el cerebro reciclaba una enorme cantidad de residuos: en lugar de desecharlos como el resto del cuerpo, misteriosamente los reutilizábamos y les dábamos nuevos usos, como si el cerebro practicara el compostaje. Pero ese proceso también sería costoso tanto en términos de energía como de espacio, y esa teoría nunca se ha demostrado.

Los científicos han descubierto recientemente una respuesta mucho más sencilla al dilema de los residuos: dormir. Sabemos que cuando dormimos, el cerebro pasa por distintas fases de sueño ligero y profundo. Desde hace mucho las hemos asociado con los sueños y la memoria a largo plazo, pero nadie sabía realmente qué ocurría físicamente en el cerebro durante estos ciclos de sueño. Pero este año, científicos daneses que estudiaban ratones descubrieron que, mientras los animales duermen, sus cerebros se comprimen y se hacen más pequeños. Al pasar a fases de sueño más profundo, distintas partes del cerebro se desconectan, y esa reducción del consumo de energía disminuye la hinchazón de nuestras neuronas. Cuando eso ocurre, el líquido cefalorraquídeo —la sustancia que creíamos que solo estaba ahí para proteger el cerebro de los golpes contra el cráneo— entra y circula por el cerebro. Pasamos por ciclos de sueño aproximadamente cada 45 minutos y, a medida que se suceden, el líquido cefalorraquídeo entra y sale, entra y sale, limpiando suavemente el cerebro de toxinas. Esto es la evolución en su máxima expresión: el cerebro intenta matar dos pájaros de un tiro, y utiliza el líquido cefalorraquídeo tanto para proteger como para limpiar.

Es el mismo concepto que se emplea en la boca, una zona externa a la que no llega el sistema linfático: las enzimas de la saliva actúan como enjuague bucal y limpian constantemente los dientes, la lengua y las encías. Pero el enjuague bucal del cráneo no puede llegar a las cavidades del interior del cerebro porque las neuronas están demasiado apretadas. Ahí es donde entra en juego el sueño: al reducir el tamaño del cerebro, deja espacio para el hilo dental mental. De este modo, el sueño actúa como agente limpiador de las toxinas del cerebro.

Sin dormir nada, las toxinas se acumulan y nos matan al cabo de unas 200 horas. Si dormimos poco, estas toxinas nos matan con el tiempo. La falta de sueño está relacionada con demasiados problemas como para enumerarlos: fatiga crónica, confusión, mala toma de decisiones, irritabilidad, dolores de cabeza, aumento de peso, depresión, enfermedades cardíacas; y la lista sigue. La privación del sueño también se ha relacionado con el alzhéimer y otras enfermedades neurodegenerativas de largo plazo. Dado que hablamos del estreñimiento del cerebro, los efectos negativos no deberían sorprender.

Los médicos coinciden en la cantidad exacta de sueño necesaria: se necesitan al menos 7 horas por noche. Y la privación del sueño se acumula, así que cada noche cuenta. Ninguno de nosotros es inmune, por muy ocupado o importante que seas. Así que la próxima vez que empieces a pensar en cómo mejorar, aumentar la productividad o adelantarte al resto, deja la fanfarronería y vete a la cama.

Publicado en colaboración con LinkedIn

Autor: Jeff Stibel es presidente y director ejecutivo de Dun & Bradstreet Credibility Corporation.

Imagen: Un agente de bolsa mira las cifras de los índices bursátiles en la pantalla de su ordenador en una firma de corretaje de Bombay, el 6 de agosto de 2007. REUTERS/Punit Paranjpe

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