Restaurar la confianza en los expertos implica aceptar la incertidumbre

British Prime Minister Tony Blair (L) shakes hands with German Chancellor Gerhard Schroeder at the Gleneagles Hotel for the G8 summit in Gleneagles, Scotland July 7, 2005. Aid, debt relief and climate change will top the agenda when leaders of the G8 - the Group of Seven industrialised nations plus Russia - meet for three days in Gleneagles. UNICS REUTERS/Jim Young CRB - RTRGQCN
Restoring confidence requires, first, that those describing themselves as “experts” embrace uncertainty.Image: REUTERS/Jim Young
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«¿Por qué nadie se dio cuenta?», preguntó la reina Isabel II del Reino Unido célebremente al profesorado de la London School of Economics en noviembre de 2008, poco después de que estallara la crisis financiera. Casi una década después, se plantea la misma pregunta a los «expertos» tras los acontecimientos extraordinarios e imprevistos de los últimos 12 meses, desde el referéndum del Reino Unido sobre el Brexit hasta la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

En los últimos tiempos, los expertos en general —no solo los encuestadores y los economistas— han sido objeto de numerosas críticas. Algunos percibieron la crisis de la eurozona, que comenzó en 2010, como una creación de las élites que tuvo consecuencias dolorosas para la población en general. A esto se sumó una crisis de conducta, al estallar escándalos por la venta engañosa de productos financieros, la manipulación de divisas a escala mundial y la manipulación del tipo de interés interbancario de Londres (Libor, el tipo de interés de referencia que algunos bancos se cobran entre sí por los préstamos a corto plazo).

Todo esto reforzó la sospecha pública de que el sistema está amañado a favor de los ricos y poderosos, que nunca rinden cuentas. El escepticismo sobre la credibilidad de las élites ocupó un lugar destacado en el referéndum del Brexit y en las elecciones estadounidenses.

Ante estos fallos percibidos, la confianza pública en los expertos se encuentra en una encrucijada. Las noticias se dirigen cada vez más a intereses y preferencias individuales, y las personas eligen cada vez más en quién confiar y a quién seguir, lo que altera los canales tradicionales para compartir conocimientos especializados. ¿Quién necesita expertos teniendo Facebook, Google, Mumsnet y Twitter?

En realidad, todos los necesitamos. A lo largo de la historia de la humanidad, la aplicación de conocimientos especializados ha ayudado a combatir enfermedades, reducir la pobreza y mejorar el bienestar humano. Para seguir avanzando, necesitamos expertos fiables a quienes la ciudadanía pueda acudir con confianza.

Para recuperar la confianza, quienes se describen como «expertos» deben, ante todo, aceptar la incertidumbre. En lugar de fingir certeza y arriesgarse a equivocarse con frecuencia, los comentaristas deberían hablar con franqueza de la incertidumbre. A largo plazo, este enfoque reconstruirá la credibilidad. Un buen ejemplo es el uso de «gráficos de abanico» en las previsiones del Comité de Política Monetaria (MPC) del Banco de Inglaterra, que muestran la amplia gama de resultados posibles en cuestiones como la inflación, el crecimiento y el desempleo.

Sin embargo, comunicar la incertidumbre aumenta la complejidad del mensaje. Es un gran desafío. Es fácil tuitear «El Banco de Inglaterra prevé un crecimiento del 2 %». El verdadero significado del gráfico de abanico —«Si las circunstancias económicas actuales se repitieran en 100 ocasiones, el mejor juicio colectivo del MPC es que la estimación final del crecimiento del PIB superaría el 2 % en 50 ocasiones y quedaría por debajo del 2 % en otras 50»— ni siquiera cabe en el límite de 140 caracteres de Twitter.

Esto subraya la necesidad de generalizar principios sólidos y prácticas fiables a medida que la tecnología cambia nuestra forma de consumir información. ¿Deberían quedar en evidencia los periodistas y blogueros que publican o difunden falsedades o rumores? Tal vez habría que adaptar y aplicar más ampliamente al mundo de los grupos de reflexión, los sitios web y los medios de comunicación los principios y prácticas habituales en el ámbito académico, como la revisión por pares, los procesos competitivos para financiar la investigación, la transparencia sobre los conflictos de intereses y las fuentes de financiación, y la obligación de publicar los datos subyacentes.

Al mismo tiempo, los consumidores necesitan mejores herramientas para evaluar la calidad de la información y las opiniones que reciben. La digitalización del conocimiento ha permitido a las personas acceder a información que da forma a sus puntos de vista. Pueden acudir al médico mejor informadas sobre su enfermedad y los tratamientos alternativos. Pero la democratización de la información puede dificultar la distinción entre hechos y falsedades; los algoritmos crean cámaras de eco entre personas afines; y las voces y opiniones extremas pueden imponerse en la carrera por los clics y los ingresos en línea.

Las escuelas y universidades tendrán que esforzarse más para enseñar a los estudiantes a consumir información de forma más crítica. Una investigacióndestacada del Stanford History Education Group, basada en pruebas realizadas a miles de estudiantes de todo Estados Unidos, calificó de «desalentadores» sus hallazgos sobre la capacidad de los jóvenes para evaluar la información que encuentran en línea. Los sitios web de verificación de datos que evalúan la veracidad de las afirmaciones de figuras públicas son un paso en la dirección correcta y se parecen en algunos aspectos a la revisión por pares en el ámbito académico.

Escuchar a la otra parte es fundamental. Las redes sociales agravan la tendencia humana al pensamiento grupal al filtrar las opiniones contrarias. Por ello, debemos esforzarnos por entablar contacto con opiniones distintas de las nuestras y resistir el encauzamiento algorítmico que nos aleja de las diferencias. Quizá los «expertos» en tecnología podrían programar algoritmos que hagan estallar esas burbujas.

Por último, hay que gestionar con más cuidado la frontera entre tecnocracia y democracia. No sorprende que, cuando personas no elegidas dirigen decisiones con enormes consecuencias sociales, el resentimiento público no tarde en aparecer. A menudo surgen problemas cuando los expertos intentan ser políticos o los políticos intentan ser expertos. Es esencial aclarar las funciones y exigir responsabilidades cuando se traspasan los límites.

Necesitamos más que nunca los conocimientos especializados para resolver los problemas del mundo. La cuestión no es cómo prescindir de los expertos, sino cómo garantizar que sus conocimientos sean fiables. Acertar en esto es fundamental: si no queremos que la ignorancia y la estrechez de miras determinen el futuro, necesitamos más que nunca conocimiento y debate informado.

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