El mundo se enfrenta a tensiones geopolíticas, a una crisis climática cada vez más grave y a las ineficiencias arraigadas en los sistemas globales.
Solo la acción radical y la innovación sistémica pueden afrontar la magnitud de estos desafíos y construir un futuro sostenible y equitativo.
Reimaginar el progreso exige colaboración intersectorial, un liderazgo audaz y un renovado compromiso con la globalización.
Mientras nos preparamos para la próxima Reunión Anual en Davos, miramos atrás a un año plagado de conflictos e incertidumbre. El año 2024 quedará registrado como un punto de inflexión en la historia, en el que las relaciones internacionales, economías enteras e incluso los valores que sustentan nuestras democracias fueron puestos a prueba. Esto ha hecho que muchas personas en el mundo sientan inquietud por el futuro.
Aunque los desafíos que enfrenta el mundo han crecido, no creo que este sea un momento para retirarse de la tarea que tenemos por delante. Al contrario, creo que los desafíos a los que nos enfrentamos son una señal de que ahora, más que nunca, es el momento de dar un paso al frente y actuar con convicción. Es momento de reafirmar lo que el Foro Económico Mundial denomina su compromiso con “mejorar el estado del mundo”.
2024: un año decepcionante en retrospectiva
El mundo necesita con urgencia actuar. Las tensiones geopolíticas y la guerra abierta aumentaron y, pese a los acuerdos climáticos vigentes, los esfuerzos por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero se estancaron, mientras que el Informe sobre la brecha de emisiones 2024 de las Naciones Unidas proyecta un posible aumento de la temperatura de 3,1 °C. El desafío solo se ve agravado por los resultados de las elecciones en algunos países. Pero una cosa está clara: la inacción tendría consecuencias catastróficas, desde la presión económica hasta graves alteraciones de la vida cotidiana, a medida que el cambio climático provoca fenómenos meteorológicos extremos, escasez de recursos y desplazamientos.
Tenemos la tecnología para combatir el cambio climático, pero hay que movilizarla. La inteligencia artificial (IA) y las tecnologías digitales, que el año pasado registraron un ritmo acelerado de innovación, podrían formar parte de la solución, ya que pueden permitir un uso más eficiente de los recursos y, con ello, reducir nuestro impacto ambiental en todos los sectores. Pero estas tecnologías incipientes también se enfrentan a sus propios obstáculos: el uso indebido y la sobrerregulación.
Pese a todos los beneficios de la IA, las personas y los gobiernos han planteado, con razón, preocupaciones por el uso ético de la IA y su posible explotación por parte de actores malintencionados. Los gobiernos de todo el mundo recurren a la regulación para abordar los complejos desafíos asociados con la IA. Pero, aunque la regulación es necesaria, el progreso duradero no vendrá de imponer límites, sino de fomentar una innovación que trascienda las barreras. A lo largo de la historia, la innovación ha sido la clave del progreso. Así pues, si de verdad queremos sacudir el statu quo, debemos evitar debates prolongados y, en cambio, dar prioridad a una acción rápida y valiente. Esta idea no se limita solo a la IA. Se extiende al progreso en su conjunto.
El cambio incremental: un obstáculo para el progreso real
Los últimos 150 años de industrialización han dado lugar a cadenas de valor que, pese a muchos años de mejora continua, están plagadas de ineficiencias, contaminación y costes excesivos. Las mejoras incrementales dentro de estos sistemas no bastan para abordar la magnitud de los desafíos a los que nos enfrentamos. Nuestros procesos de fabricación son intensivos en recursos y en carbono, nuestras cadenas de suministro de alimentos son poco saludables y derrochadoras, y nuestros sistemas sanitarios se ven sometidos a una gran presión por el envejecimiento de la población y el aumento de los costes. A menos que adoptemos un enfoque radicalmente nuevo, las mejoras continuas en sectores como estos no serán suficientes para la velocidad y la escala que el mundo necesita.
Un momento para la acción radical
Ha llegado el momento de un cambio de paradigma en la forma en que abordamos estos desafíos. Como dijo George Bernard Shaw, “Hay quienes miran las cosas tal como son y se preguntan por qué. Yo sueño con cosas que nunca existieron y me pregunto por qué no.”
Imaginemos una industria manufacturera totalmente circular, automatizada y neutra en carbono. Los avances en robótica, IA y energías renovables hacen alcanzable esta visión. Imaginemos sistemas alimentarios diseñados para ser sostenibles, sin desperdicio y centrados en la salud, que alimenten a las poblaciones de forma equitativa y eficiente. Y visualicemos una atención sanitaria que haga hincapié en la prevención y el bienestar, y que utilice la tecnología para promover vidas más largas y saludables a menor coste.
Las soluciones están a nuestro alcance, pero exigen un cambio audaz respecto al pensamiento convencional. Abordar las estructuras subyacentes de cadenas de valor enteras es esencial para lograr un progreso sostenible y transformador. Ya no basta con operar en compartimentos estancos; debemos fomentar la colaboración y la innovación intersectoriales para impulsar el cambio sistémico.
Abrazar la globalización para una mayor colaboración
Frente a desafíos cada vez mayores, algunos han pedido retroceder en la globalización. Sin embargo, para abordar eficazmente las crisis mundiales necesitamos más cooperación global, no menos. Las cuestiones más apremiantes –el cambio climático, la salud, la pobreza y la gobernanza de la tecnología– son desafíos sin fronteras que, por tanto, exigen soluciones colaborativas. Las naciones, las industrias y las startups de todo el mundo deben unirse para acelerar el desarrollo y la ampliación de innovaciones de impacto. La buena noticia es que disponemos de la mayoría de las soluciones; solo tenemos que hacerlas realidad, a la velocidad y con la escala necesarias.
Un futuro en el que la colaboración global prospere es uno en el que los avances tecnológicos se comparten, las startups reciben apoyo para crecer a escala mundial y los países trabajan juntos en lugar de aislados. Esto implica abrazar el uso responsable de la IA y fomentar una cultura de apertura y transparencia frente a la restricción.
El mundo necesita un liderazgo valiente
En los cambios políticos que se producen en todo el mundo se aprecia un impulso renovado hacia el aislacionismo. Muchos se están replegando en su propio rincón. Parece seguro, pero no lo es. Cualquier beneficio que presuntamente aporte el aislacionismo es, en el mejor de los casos, de corta duración. A largo plazo, los beneficios de trabajar juntos superan con creces los riesgos percibidos de depender de otros. Y existe un precedente histórico: los países que se alejan de sus vecinos salen peor parados que quienes les tienden la mano.
A lo largo de la historia, el progreso ha estado indisolublemente ligado al intercambio de ideas y bienes. Desde los fenicios y el nacimiento de nuestro alfabeto hasta un nuevo orden mundial tras la caída del telón de acero, el comercio y la colaboración han sido fundamentales para acelerar el progreso, elevar los ingresos y mejorar la calidad de nuestras vidas. La globalización acelerada tras el fin de la Guerra Fría redujo a la mitad el número de personas que vivían en la pobreza extrema. Eso fue un progreso real, y se debió a que los países adoptaron una visión del mundo basada en la cooperación global.
No hay nada que las personas no puedan lograr cuando se unen. Por eso sigo convencido de que es posible resolver incluso los mayores desafíos a los que nos enfrentamos hoy. La voluntad y las tecnologías para forjar un futuro mejor existen, pero ahora se trata de traducir esa voluntad en acción mediante una colaboración centrada y decidida, guiada por un liderazgo valiente.
Que 2025 se recuerde como el año en que el mundo decidió preguntarse “¿Por qué no?” y dio los audaces y necesarios pasos para mejorar el estado del mundo para las generaciones futuras.


