Cuando regresé a Puerto Rico después de trabajar durante años en Silicon Valley, muchos recibieron mi decisión con desconcierto y un silencio atónito. Al mirar atrás, entiendo por qué. Una crisis económica que se prolonga desde hace una década y la falta de oportunidades laborales han hecho que cientos de miles de personas abandonen su hogar en la isla.
Como yo, muchos de ellos han anhelado regresar desde que se marcharon. Pero, aunque la situación sigue siendo grave en comparación con el territorio continental de Estados Unidos, el creciente ecosistema de start-ups ofrece un rayo de esperanza que podría cambiar la opinión de la gente sobre la viabilidad de hacer negocios en Puerto Rico.
Durante las últimas décadas, una gran parte de la economía de la isla ha dependido del dinero generado por empresas extranjeras. Esta situación distaba de ser óptima, ya que, aunque estas empresas creaban empleos, gran parte del dinero que ganaban terminaba saliendo de Puerto Rico. Además, los recientes recortes fiscales favorables han expirado y los propios empleos se han ido marchando.
Por ello, en busca de una solución más sostenible, el Gobierno y muchas personas del sector privado han dedicado más recursos a fomentar la creación de empresas locales que exporten servicios desde Puerto Rico. Esto ha facilitado iniciativas como Parallel 18, una aceleradora local de start-ups que atrae a empresas de todo el mundo, así como incentivos fiscales que animan a los emprendedores a exportar sus productos y servicios.
Incluso con estos programas, desde fuera parecen escasas las probabilidades de que Puerto Rico desarrolle un sólido ecosistema de start-ups. No cuenta con una industria de capital de riesgo (VC) desarrollada, ha sufrido una intensa fuga de cerebros durante más de una década y su mercado local es muy pequeño en comparación con el de Estados Unidos. Luego, justo cuando el panorama de las start-ups empezaba a cobrar impulso, azotó el huracán María.
A pesar de los desafíos, Puerto Rico puede aprender de otros países que han atravesado dificultades para saber cómo llevar el emprendimiento al siguiente nivel. Debe pasar de desarrollar la producción anual actual de 40-80 start-ups a crear cientos. Chile, Israel y Colombia han afrontado situaciones similares y, aun así, han aplicado con éxito políticas que ayudaron a impulsar el emprendimiento.
Entonces, ¿qué problemas hay que resolver para impulsar el ecosistema de start-ups de Puerto Rico?
En primer lugar, Puerto Rico carece de acceso al capital. Se espera que este acceso aumente a medida que crezca el flujo de operaciones, pero Puerto Rico puede inspirarse en Chile. Las empresas que se gradúan de la aceleradora chilena Start-Up Chile afrontaban dificultades similares para acceder al capital, por lo que CORFO, la Agencia de Desarrollo Económico de Chile, ahora aporta $2 o $3 por cada $1 invertido en una start-up, en forma de préstamos a bajo interés para empresas de capital de riesgo. Luego, las empresas deben devolver el préstamo al Gobierno si la start-up logra una salida exitosa. Esto ha contribuido a que la industria chilena de capital de riesgo crezca hasta superar los $415 millones anuales.
En segundo lugar, Puerto Rico puede impulsar la inversión aprovechando su amplia diáspora. En la última década, cientos de miles de personas se han marchado en busca de mejores oportunidades en el territorio continental de Estados Unidos. Allí viven más puertorriqueños que los aproximadamente 3,4 millones que residen en la isla. Ya era un problema enorme antes del huracán, pero se prevé que siga empeorando.

La isla también puede inspirarse en Israel para abordar este problema. El país ha convertido su fuga de cerebros en una «circulación de cerebros» al ofrecer incentivos para la inversión de la diáspora y mantener vínculos con los emprendedores que se marcharon. En su libro Startup Nation, Dan Senor y Saul Singer señalan que el «modelo de circulación de cerebros de los israelíes que se van al extranjero y regresan a Israel (temporal o permanentemente) es una parte importante del ecosistema de innovación que conecta a Israel con la diáspora».
A medida que crezca el ecosistema de Puerto Rico, debería procurar que la diáspora deje de ver la isla como un lugar que suscita compasión y filantropía y empiece a verla como un lugar para hacer negocios.
En tercer lugar, Puerto Rico necesita una fuerza laboral capacitada. Con una tasa de desempleo que ronda el 9 % (y es mayor en muchos lugares fuera del área metropolitana), puede hacer mucho más para preparar a su fuerza laboral para los puestos altamente cualificados que necesitan las start-ups. Puede seguir el enfoque de Colombia y recurrir a bonos de impacto social para el empleo. Al tratar de promover un ecosistema emprendedor mediante iniciativas como Ruta N en Medellín, el Gobierno colombiano se dio cuenta de que era esencial dotar a la fuerza laboral de las competencias que exigirían las nuevas empresas. Los bonos de impacto social proporcionan el dinero necesario para que el Gobierno pague la formación. Solo reembolsa a los inversores si se alcanzan determinados indicadores y se logran ahorros de costes. Esto ofrecería una alternativa de bajo riesgo a un Gobierno puertorriqueño con escasez de fondos que necesita formar a sus trabajadores.
Aunque el sector de las pequeñas empresas de Puerto Rico todavía tiene mucho camino por recorrer, los primeros indicios muestran que está cobrando impulso. Las start-ups locales están obteniendo reconocimiento internacional. Organizaciones globales han abierto oficinas en la isla, lo que apunta a un mayor crecimiento. Más de 500 start-ups de todo el mundo solicitaron formar parte de la quinta generación de Parallel 18, y desde el huracán se han registrado decenas de nuevas empresas.
Si Puerto Rico juega bien sus cartas, cuando los boricuas de la diáspora les digan a sus amigos que regresan a la isla, ya no los recibirán con desconcierto y un silencio atónito. En cambio, podrían oír: «¡Ojalá yo también pudiera!»


