En un centro de empresas emergentes en el corazón de El Cairo, algunas de las mentes más brillantes de Oriente Medio están convirtiendo tecnologías innovadoras en modelos de negocio prometedores. Cuando visité el parque tecnológico Greek Campus hace unos meses, el optimismo se palpaba en el ambiente.
Tenía sentido. En una región que ha luchado por encontrar su rumbo económico desde la Primavera Árabe —y donde los conflictos siguen haciendo estragos en Siria, Yemen y algunas partes de Iraq—, las ideas empresariales que se están perfeccionando en espacios de innovación como Greek Campus, que en su día formó parte de la Universidad Americana de Egipto, no son meramente simbólicas. Son una de las claves del futuro de Oriente Medio y Norte de África y contribuyen a impulsar un crecimiento inclusivo, erradicar la pobreza, combatir el cambio climático y crear empleo.
Esto se debe a que las empresas emergentes contribuyen significativamente al empleo, el crecimiento económico, la competitividad y la productividad. Estas empresas introducen nuevos productos, adoptan tecnología de vanguardia y abren nuevos mercados. El resultado puede ser una contribución importante al desarrollo sostenible e inclusivo del sector privado.
Una revolución sin efectivo en Egipto
Varias empresas emergentes de éxito ya están encontrando un público amplio para sus productos y servicios en Oriente Medio y Norte de África. Un ejemplo es Souq, una tienda en línea con sede en los Emiratos Árabes Unidos que Amazon compró en marzo. Souq encabezó una revolución del comercio electrónico en la región que ha impulsado el comercio transfronterizo y ampliado las opciones de los consumidores.
En Egipto, otra empresa, Fawry, ha desarrollado un sistema de pago electrónico revolucionario que ha liberado a consumidores y empresas de la engorrosa necesidad de usar efectivo. Más de 20 millones de egipcios, entre ellos muchos propietarios de pequeñas empresas, utilizan ahora el servicio, que procesa 1,5 millones de pagos al día.
Desequilibrio del sector público
Los emprendedores también pueden ayudar a la región a abordar una serie de desafíos considerables, aunque superables.
El desempleo es uno de los más acuciantes. Casi uno de cada tres jóvenes de la región está desempleado. Quienes sí tienen trabajo suelen hacerlo en el sector público, el mayor empleador del mundo árabe. En los Estados del Golfo, Egipto, Iraq, Jordania y Túnez, los gobiernos representan entre el 60% y el 80% de todo el empleo formal, una situación insostenible.
Sin embargo, las pequeñas empresas no están ahora en condiciones de crear los empleos que la región necesita con urgencia. No pueden acceder al crédito necesario para expandirse y contratar a nuevos trabajadores. La región cuenta con 23 millones de pequeñas y medianas empresas, que representan hasta el 90% de todas las empresas formales del sector privado. Y, aun así, reciben solo el 8% de los préstamos bancarios.

Los emprendedores que carecen de capital tienen pocas opciones fuera de los bancos. A pesar del creciente número de aceleradoras y fondos semilla en la región, el mercado de capital de riesgo sigue en una fase incipiente, lo que obliga a la mayoría de las empresas emergentes a financiar sus ideas por cuenta propia.
Incluso los emprendedores con buena financiación siguen afrontando otros obstáculos, algunos debidos a su propia falta de experiencia. Hay poca formación formal para emprendedores y solo un puñado de redes que apoyan a las empresas emergentes. También influye la discriminación de género, que limita las oportunidades. Casi todas las economías de Oriente Medio y Norte de África tienen al menos una restricción que dificulta que las mujeres accedan al empleo.

Hacer rendir cada dólar
Entonces, ¿cómo podemos ayudar a más empresas como Souq y Fawry a superar estos obstáculos?
En primer lugar, los países deben reformar sus leyes sobre insolvencia. Las empresas emergentes asumen riesgos. Sin embargo, la normativa vigente dificulta la liquidación de empresas, lo que reduce las posibilidades de que los acreedores recuperen sus préstamos. Esto encarece la deuda. Una parte importante de la reforma consiste en abolir las penas de cárcel por quiebras no fraudulentas.
En segundo lugar, muchos países tienen leyes laborales que dificultan tanto la contratación y el despido de personal por parte de las empresas como el traslado de trabajadores ambiciosos entre los mercados de la región. Esto debe cambiar, porque las empresas emergentes, que ya operan con presupuestos ajustados, necesitan hacer rendir cada dólar.
En tercer lugar, los países deberían revisar las restricciones a la propiedad extranjera y reforzar las leyes de propiedad intelectual para proteger las innovaciones que tanto les ha costado conseguir a estos emprendedores. Así se permitiría que llegara más inversión a la región.
En muchos lugares, el sector privado sigue ocupando un lugar secundario frente a las empresas estatales. Los gobiernos deben reevaluar ese equilibrio y adoptar reformas que liberen el potencial de las empresas privadas. Las instituciones mundiales de financiación del desarrollo, como el Grupo Banco Mundial —que incluye a la institución a la que pertenezco, la Corporación Financiera Internacional (IFC), el brazo del Grupo Banco Mundial dedicado al sector privado—, tienen un papel clave que desempeñar. Podemos servir de puente entre los gobiernos y el sector privado.
Este puente ayudará a desarrollar nuevos mercados para los emprendedores y a aumentar la participación privada en mercados dominados por el Estado. Esa es la esencia de la nueva estrategia de IFC: crear nuevos mercados y oportunidades en países de ingresos bajos y medios. Veo una gran oportunidad en Oriente Medio y Norte de África. Al abordar los cuellos de botella que frenan el emprendimiento, la región puede lograr un crecimiento económico sostenible y crear oportunidades para millones de personas. Ese es el futuro posible.


