¿Es esta la solución al bajo crecimiento y al desempleo en la era de los robots?

A worker is seen assembling a Mitsubishi Pajero at the Mitsubishi car factory in Bekasi, West Java province, Indonesia April 25, 2017. REUTERS/Beawiharta - RTS13SD1
Unless societies change their approach to growth, they will end up conflict-ridden communities.Image: REUTERS/Beawiharta
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La economía del crecimiento padece una paradoja de la productividad. Las empresas compiten por reducir el tiempo y el esfuerzo que requieren los procesos de producción, algo que suele considerarse una señal de eficiencia, pero que en realidad tiene consecuencias preocupantes.

Si no se producen y consumen más bienes, la gente pierde su empleo, ya que es posible obtener el mismo resultado con menos trabajadores. Por eso, tantas personas bienintencionadas de todo el mundo temen la perspectiva de un bajo crecimiento, aunque reconocen que la forma actual de desarrollo industrial está destruyendo el tejido social y los ecosistemas naturales de las sociedades.

Este problema estructural del desempleo se ve agravado por la posibilidad real de que una automatización masiva sustituya a las personas en las cadenas de producción. Un estudio de la Universidad de Oxford predice que es probable que los robots desplacen al menos al 50% de los puestos de trabajo en Estados Unidos y Europa durante los próximos 20 años.

Las máquinas también están dejando sin empleo a las personas en las economías emergentes, incluso en China, que durante mucho tiempo ha sido el principal creador de empleo del mundo. Según Martin Ford, autor del superventas El auge de los robots, la mayoría de los trabajos rutinarios están quedando obsoletos. Como dice Ford:

«Debemos decidir ahora si el futuro traerá prosperidad generalizada o niveles catastróficos de desigualdad e inseguridad económica».

Si las sociedades no cambian su enfoque del crecimiento y el desarrollo, acabarán no solo con un planeta deteriorado y comunidades asoladas por los conflictos, sino que también se enfrentarán a un desempleo masivo. Las estructuras verticales de producción que dominan el sistema industrial actual no podrán generar suficientes empleos, y mucho menos empleos dignos, para satisfacer nuestras necesidades.

Como describo en Economía del bienestar: el éxito en un mundo sin crecimiento, la única forma de salir de este atolladero es empoderar a las personas para que sean productoras y consumidoras al mismo tiempo. O, como las llamo, «prosumidoras». Deben ser capaces de fabricar la mayoría de las cosas que necesitan mediante sistemas locales de coproducción y redes de pequeñas empresas.

Además, ciertas tecnologías pueden ayudar a desarrollar una nueva forma de artesanía posindustrial. Gracias al hardware de código abierto, las redes de pequeñas empresas están construyendo ordenadores. Con la ayuda de las impresoras 3D, los artesanos están compitiendo con las grandes empresas de una forma que puede cuestionar las ideas convencionales sobre la eficiencia de las economías de escala.

Cambiar el enfoque

Repensar el trabajo es crucial tanto para las economías industrializadas como para las emergentes, donde se sienten las pérdidas de empleo incluso cuando el crecimiento económico es considerable, aunque esté disminuyendo.

Por ejemplo, se prevé que África alcance una cifra récord de 2.800 millones de habitantes para 2060, con lo que se convertirá en el continente más grande del mundo. La mayoría de esas personas serán jóvenes y estarán deseosas de trabajar. El continente no podrá crear oportunidades de empleo digno adoptando un modelo industrial que ya está eliminando puestos de trabajo en todo el mundo.

Hace falta un nuevo enfoque. La economía del bienestar nos obliga a repensar la naturaleza del trabajo, desplazando la atención de la cantidad del ciclo de producción y consumo a la calidad de las relaciones que sustentan el sistema económico. La economía del crecimiento impulsa el consumo masivo mediante una relación impersonal entre productores y consumidores (que los robots pueden gestionar de forma más eficiente). La economía del bienestar debe adoptar un enfoque personalizado de los intercambios económicos, en el que el valor lo determine la calidad de la interacción humana.

Image: Citi

Pensemos, por ejemplo, en un médico. Desde la perspectiva de la economía del crecimiento, el mejor médico es aquel que atiende al mayor número posible de pacientes en el menor tiempo. En teoría, un robot podría incluso desempeñar esta función. En cambio, en la economía del bienestar, la atención personal dedicada a la relación entre médico y paciente se convierte en la clave de la creación de valor.

Intuitivamente, todos asociamos el valor de una buena atención sanitaria con la atención personal que la acompaña. Lo mismo ocurre con la educación: cualquier persona razonable desaprobaría una escuela que pidiera a los docentes enseñar cada vez más rápido a un número cada vez mayor de estudiantes. El sentido común nos dice que el consumo masivo de estas relaciones hace que se pierda valor, aunque puedan aumentar los beneficios (tanto de la clínica como de la escuela).

Repensar la productividad

La productividad es sin duda algo positivo, pero no debemos adoptarla a ciegas. Sobre todo, tenemos que preguntarnos para qué sirve.

La economía no es más que un sistema de relaciones sociales. Si la productividad socava esas relaciones, la propia economía se desmorona, aunque los beneficios (al menos para algunos) puedan aumentar.

Muchas actividades profesionales basadas en la calidad del desempeño no pueden, por su propia naturaleza, volverse más productivas. Pedirle a una orquesta que toque más rápido no aumentaría la productividad: simplemente convertiría una experiencia melódica en una pesadilla. Lo mismo se aplica a pintores, bailarines, peluqueros, docentes, personal de enfermería y profesionales similares.

Por eso hoy se necesita el mismo número de personas para interpretar una ópera de Mozart que cuando Mozart la compuso. Entonces, ¿por qué no aplicar esta misma intuición al resto de la economía?

¿Y si el mecánico del futuro no fuera un robot que produce piezas de repuesto nuevas cada segundo, sino un artesano cualificado que nos ayuda a reparar, mejorar y reutilizar nuestro vehículo durante toda su vida útil? ¿Y si el ingeniero del futuro no fuera un ordenador remoto encargado de nuestros electrodomésticos, sino un asesor personal que ayuda a los hogares a producir su propia energía? Ayudaría a optimizar el uso de los recursos naturales, desde el agua hasta los huertos, y a utilizar de forma sostenible los materiales de construcción.

Una economía circular en la que se optimice la producción y no se generen residuos puede lograrse de dos maneras. Puede alcanzarse mediante cadenas de producción dominadas por robots o mediante una red horizontal de artesanos cualificados y pequeñas empresas que funcione como un organismo colaborativo. En el primer caso, unas pocas personas dominarán la economía mundial. En el segundo, todos estarán empoderados.

Una economía del bienestar no puede existir sin empoderamiento, acceso e igualdad de oportunidades para la realización personal y colectiva. Los países en desarrollo pueden ahora dar un salto hacia esta nueva trayectoria sin verse frenados por un modelo de industrialización cada vez menos adecuado para el siglo XXI.

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