El crecimiento se estanca. Esto es lo que podemos hacer

Silhouetted workers walk in front of office towers in the Canary Wharf financial district in London February 16, 2011. New Bank of England forecasts opened the door on Wednesday for interest rates to rise slowly in Britain but Governor Mervyn King warned against jumping to conclusions about when the central bank would pull the trigger. REUTERS/Luke MacGregor (BRITAIN - Tags: BUSINESS EMPLOYMENT) - RTR2IOGT
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La profunda inquietud por el aumento de la desigualdad y el estancamiento del nivel de vida en las economías avanzadas estuvo en el centro de la convulsión política de 2016. Se ha culpado a la globalización y al comercio, pero el arraigado crecimiento lento —lo que los economistas llaman estancamiento secular— puede ser el verdadero culpable. Los padres que daban por sentado que sus hijos disfrutarían de un futuro más prometedor vieron sus sueños truncados por la crisis financiera mundial de 2008. Nueve años después, el auge del populismo y el regreso de políticas nacionalistas y aislacionistas amenazan con deshacer el orden económico de posguerra.

Como sostiene Nicholas Crafts, de la Universidad de Warwick, en nuestro artículo de presentación, el menor crecimiento de la productividad—la principal causa del lento crecimiento y la caída de los ingresos— ya era evidente mucho antes de que estallara la crisis. Este número de F&D analiza por qué y pregunta si las economías avanzadas del mundo deberían resignarse al estancamiento secular o confiar en que las políticas adecuadas puedan reactivar la productividad y un crecimiento económico duradero.

Al profundizar en las causas del lento crecimiento de la productividad, los economistas del FMI Gustavo Adler y Romain Duval encuentran sus raíces en la crisis financiera mundial—el crédito restringido socavó no solo la productividad de las empresas, sino también la capacidad de la economía para reasignar capital. También intervinieron otros factores, en especial el envejecimiento de la población. Ronald Lee, de la Universidad de California en Berkeley, y Andrew Mason, de la Universidad de Hawái en Mānoa, sostienen de manera convincente que el menor crecimiento demográfico casi con seguridad se traducirá en un menor crecimiento del ingreso nacional y del PIB. Pero también muestran que el efecto en las personas —en el ingreso per cápita y el consumo— dependerá de las políticas económicas.

Nos preguntamos qué hacer. ¿Pueden las decisiones de política calmar los temores sobre la redistribución y la equidad sin frenar el comercio, el principal motor del crecimiento económico de posguerra? ¿Qué impulsa una mayor productividad e innovación? ¿Cómo pueden las economías avanzadas adaptarse al envejecimiento de la fuerza laboral? Primero, debemos medir lo correcto. Diane Coyle, de la Universidad de Manchester, analiza las ventajas y desventajas del PIB como medida del bienestar económico.

En segundo lugar, no debemos olvidar que dos tercios de la población mundial —es decir, quienes viven en economías en desarrollo y de mercados emergentes— afrontan una realidad distinta. Las poblaciones más jóvenes y una productividad que sigue siendo dinámica en muchos de estos países impulsan un mayor crecimiento económico tanto en sus economías como en la economía mundial.

En tercer lugar, no debemos exagerar. El comercio mundial ha sido una de las principales fuerzas impulsoras del crecimiento de la productividad, y las barreras al comercio perjudicarían a todas las economías, grandes y pequeñas. En lugar de buscar respuestas fáciles, los economistas y responsables de las políticas deben examinar los desafíos de sus propias economías. Como sostiene el economista de Berkeley Bradford DeLong: «Solo si hacemos algo al respecto, es probable que dentro de nueve años ya no estemos hablando de estancamiento secular».

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