¿Podríamos alguna vez crear copias digitales de nuestra mente?

¿Podremos algún día crear copias digitales de nuestras mentes?
Este contenido ha sido traducido automáticamente con IA.

Este artículo se republica con permiso de Knowledge@Wharton, la revista en línea de investigación y análisis empresarial de la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania.

Una nueva obra de Martine Rothblatt, copresidenta ejecutiva y presidenta de United Therapeutics, imagina un clon mental (una copia digital de su mente fuera del cuerpo) que puede seguir existiendo después de que usted ya no esté. Pero el libro no es ciencia ficción; es una obra de no ficción escrita por alguien que ha sido una innovadora tecnológica. Después de fundar Sirius Satellite Radio, Rothblatt se marchó para buscar una cura para la enfermedad rara de su hija. Hoy, United Therapeutics se centra en desarrollar un suministro ilimitado de órganos fabricados.

En una conversación con Katherine Klein, profesora de gestión de Wharton, Rothblatt analiza su trabajo en United Therapeutics y su nuevo libro Virtually Human: The Promise and Peril of Digital Immortality.

A continuación figura la transcripción editada de la conversación.

Katherine Klein: Nuestra invitada de hoy es Martine Rothblatt, copresidenta ejecutiva y presidenta de United Therapeutics. Martine, tiene una trayectoria extraordinaria, así que he pensado hacer un breve resumen de cómo suele describirse, para que podamos repasar buena parte de sus logros. [Usted es] abogada; autora; empresaria satelital; futurista; magnate farmacéutica; filósofa; piloto de helicóptero; fundadora de Sirius Satellite Radio; presidenta y copresidenta ejecutiva de la compañía de biotecnología United Therapeutics, que fundó para salvar la vida de su hija; la CEO mejor pagada de 2013; nacida hombre y hoy mujer transgénero; padre de cuatro hijos; y cónyuge de la misma mujer, Bina Rothblatt, desde hace 33 años. Hasta la fecha, es una vida extraordinaria. ¿De qué logro se siente más orgullosa?

Rothblatt: Creo que lo que más orgullo me produce es la familia que Bina y yo hemos formado juntas. Sin duda, lo que más me gusta de cada día es el rato que paso con Bina, mi pareja. Y lo único que lo mejora aún más es estar con alguno de nuestros hijos o nietos.

Klein: Usted ha dirigido varias compañías y ha fundado otras tantas. Empecemos por su etapa como CEO. Si mira la semana que tiene por delante y se dice: «Bueno, es una semana típica», ¿qué es una semana típica?

Rothblatt: Una semana típica consiste en interactuar con las distintas personas que trabajan en la compañía. Si estoy donde puedo verlas cara a cara, me gusta recorrer el pasillo. Me gusta pasar por sus despachos. Me gusta entrar en los laboratorios. Simplemente digo: «Hola, ¿qué tal todo? ¿En qué está trabajando?». [Me gusta] mirar a las personas a los ojos para poder conectar de verdad con [ellas] y no hacer que se sientan apuradas [ni que usted parezca ir de camino a otro lugar]…. Paso buena parte de cada día (un cuarto del tiempo, quizá más) al teléfono, haciendo lo mismo: hablar de un reto, un problema concreto o distintas opciones, y tratar de alcanzar una sintonía total con cada persona con la que hablo sobre lo que debemos hacer juntos a continuación.

Klein: Usted dirige una empresa muy técnica, United Therapeutics, que fundó para salvar la vida de su hija cuando le diagnosticaron hipertensión arterial pulmonar. No es doctora en medicina (M.D.) ni farmacéutica. Al frente de esta compañía, ¿cómo decide en qué casos impulsa directamente la agenda científica de I+D y en cuáles cede el protagonismo a otros?

Rothblatt: Me ocupo sobre todo de las cuestiones de mayor alcance. En una escala más fina… delego en otros. Por ejemplo, una decisión clásica sería si desarrollar o no un medicamento. Nunca he tomado una de esas decisiones de forma autoritaria. Pero yo sería quien la lideraría e intentaría convencer a la gente de las ventajas de desarrollar un medicamento para una enfermedad concreta. Ojalá, al final, haya consenso para hacerlo.

Eso es algo que yo lideraría. Cómo se desarrolla exactamente el fármaco para esa enfermedad implica literalmente miles de subdecisiones, por ejemplo en un ensayo clínico. La parte más importante de un ensayo clínico es: ¿cuál es el criterio de valoración final? Un ensayo clínico es un experimento. Es un experimento con seres humanos. Por tanto, hay que tener una hipótesis. La hipótesis debe formularse de manera que la respuesta sea de tipo «sí o no». Esa respuesta de tipo «sí o no» es el criterio de valoración final.

Según cuál sea ese criterio, un ensayo clínico, que costará millones de dólares y años de esfuerzo, puede diseñarse para fracasar, para tener éxito o para arrojar un resultado indeterminado, de fracaso o de éxito. En buena medida depende de la ciencia y del azar que el resultado sea un éxito o un fracaso.

No seré yo quien fije los criterios de valoración. No seré yo quien decida los elementos principales del ensayo. Pero sí seré quien cuestione cada decisión que se tome. Mi función principal, en un plano más operativo, es cuestionar las decisiones de la gente y hacer todo lo posible por comprobar que han pensado bien cada decisión.

Klein: En la compañía hay una máxima (un lema o una pauta de actuación) que se oye con frecuencia: «identificar los pasillos de la indiferencia y correr como alma que lleva el diablo por ellos». ¿Qué significa?

Rothblatt: Es un concepto que aprendí en la escuela de negocios. Originalmente, creo que este principio lo formuló quizá mejor Jack Welch, el icónico CEO de General Electric, quien decía que, para tener éxito en un negocio, hay que ser el número uno o el número dos de ese sector. Y si uno entra en un negocio sin ser ni el primero ni el segundo, tendrá que gastar una cantidad de dinero igual a los ingresos del número uno o del número dos, lo que a menudo puede ser una cifra enorme, sobre todo si acaba de entrar en el sector.

Así que, en los negocios, siempre es mejor ser un pez grande en un estanque pequeño, por decirlo de forma muy coloquial, que un pez pequeño en un estanque grande. Asimilé de verdad esa lección en la Escuela de Negocios Anderson de la UCLA. Por tanto, cuando decimos «identificar los pasillos de la indiferencia», lo que realmente significa es «busque los estanques pequeños donde no hay peces». Y «correr como alma que lleva el diablo por ellos» significa «métase en ese estanque y conviértase en el pez grande de ese estanque pequeño».

Klein: ¿Fue parte de la filosofía que le llevó a pensar: «puedo crear una empresa y hacer de ella un éxito en torno a una enfermedad huérfana»?

Rothblatt: No puedo decir que fundara la empresa para combatir la enfermedad de mi hija con mucha reflexión intelectual. Me viene a la memoria una frase excelente que leí justo la semana pasada en el libro más reciente de Diane von Fürstenberg, The Woman I Wanted to Be. Ella convirtió DVF en una enorme empresa, y dijo que nunca tuvo un plan de negocio. Simplemente persiguió su pasión, que para ella era la moda.

En mi caso, tenía que salvar a Jenesis, mi hija. No lo pensé tanto como: «Muy bien, esta es una enfermedad huérfana. Seré líder en este segmento de negocio». Sinceramente, no me importaba si ganaba un solo céntimo en todo este ámbito. Solo quería salvar a mi hija.

Klein: Hablemos un poco más de la compañía, United Therapeutics. Han tenido una racha de medicamentos de éxito, pero ahora están pensando en el trasplante de pulmón y el xenotrasplante. ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué esta evolución?

Rothblatt: Lo que intentamos es crear un mercado de órganos fabricados. Los órganos fabricados, como los pulmones, por ejemplo, son en realidad otro tipo de medicamento. Es un medicamento que se toma una sola vez y que, en la práctica, cura la enfermedad. La gente está acostumbrada a pensar en los medicamentos como pastillas en un frasco o como algo que se inyecta con una jeringa. Pero no tienen por qué ser así. Desde hace varios años existe la piel como producto para personas con quemaduras graves, y es posible cultivar la piel en capas y depositarla. Para otras afecciones existen los tejidos, que son conjuntos de literalmente millones o incluso decenas de millones de células, que se proporcionan a los pacientes.

Mi inspiración original en los órganos fabricados fue, de hecho, mi abuela materna, a quien le implantaron una válvula cardíaca porcina porque padecía una enfermedad valvular del corazón. Si no, habría muerto de un infarto. Le extrajeron la válvula del corazón y le pusieron una válvula cardíaca de cerdo.

Klein: ¿Cuándo fue esto?

Rothblatt: Fue en los años setenta.

Klein: Vaya. Entonces lleva existiendo bastante tiempo.

Rothblatt: Sí. Ese fue mi interés inicial y la credibilidad que di a este campo. La condición de nuestra hija, la hipertensión pulmonar, se trata con nuestro medicamento. De hecho, nuestros competidores también tienen medicamentos para esta enfermedad. Pero ninguno de estos medicamentos es una cura. La enfermedad implica que al menos tres, y quizá cinco, cosas distintas fallan en el organismo. Probablemente por eso es una enfermedad huérfana, o rara: para llegar a ella tienen que darse a la vez entre tres y cinco fallos distintos.

Como consecuencia de ello, encontrar una cura tipo bala de plata es bastante difícil, porque harían falta cinco curas para curarla. Resulta que, cuando se sustituye el pulmón de una persona, nunca vuelve a contraer la enfermedad. Así que, sea lo que sea lo que causa la enfermedad, reside en el pulmón. Para mí, desarrollar un suministro ilimitado de pulmones fabricados era simplemente desarrollar un medicamento mejor para mi hija y para todas las personas con hipertensión pulmonar.

Klein: ¿A qué distancia estamos del momento en que dispondremos de ese suministro listo de pulmones? Ahora mismo los pulmones escasean. La gente muere constantemente sin poder recibir un trasplante de pulmón u otros órganos. ¿Cuánto falta, en su opinión, para que un pulmón de reemplazo sea tan habitual como una prótesis de cadera?

Rothblatt: ¡Cadera! Exacto…. Algunas personas dirán que faltan 20 años. Otras dirán que faltan dos años. La realidad probablemente sea algo más matizada que eso, porque las nuevas tecnologías no aparecen de golpe completamente formadas y perfectas. Fíjese en algo que a la gente le encanta ahora mismo: el iPhone. Pues empezó como un iPod. Si tiene edad para haber tenido un iPod One o un iPod Two, le parecerán bastante raros comparados con un iPod Nano de hoy.

Los órganos fabricados empezarán siendo pequeños y crecerán cada vez más. Para llegar al punto actual, en el que prácticamente cualquiera que necesite una prótesis de cadera puede tenerla, y hay dos o tres fabricantes entre los que elegir, creo que habría que situarse a finales de la década de 2020. Diría que eso no es solo mi opinión, sino más bien el punto central de la curva de campana. Encontrará personas que dirían que ese punto llegaría en la década de 2030. Y encontrará a otras que dirían que podría llegar antes, en la década de 2020…

Menos del 5 % de los expertos médicos y científicos diría que nunca habrá un suministro ilimitado de órganos fabricados. Es un reto de ingeniería que no requiere descubrir nuevas leyes de la biología.

Klein: Fascinante. Usted habla del desarrollo de tecnologías y, recientemente, ha escrito el libro Virtually Human: The Promise and Peril of Digital Immortality. ¿Qué es exactamente la «inmortalidad digital»?

Rothblatt: La inmortalidad digital es lo que se obtiene al combinar big data con IA. El big data es lo que queda fuera del almacenamiento de nuestros dispositivos: el conjunto de todos los distintos datos digitales sobre nuestra vida. Todas nuestras compras electrónicas en Amazon, todas nuestras publicaciones y tuits en redes sociales, todos nuestros correos electrónicos, todos los datos de vigilancia de cuando pasamos una tarjeta de identificación para entrar en un edificio. Vigilancia pública. Todo esto acaba almacenado…–

Klein: Ahí fuera, en el ciberespacio.

Rothblatt: Ahí fuera, en la nube, con varios proveedores de nube. Ese es el big data. La IA, o inteligencia artificial, es un sistema operativo que intenta replicar una o varias funciones de la mente humana. Así, hay IA que, por ejemplo, puede orientarse en una ciudad nueva, igual que su mente trataría de orientarse en una ciudad nueva. Hay IA que puede reconocer a Katherine o a Martine entre una lista de 50 fotos distintas. Muchos de nosotros incluso tenemos esa IA hoy en Google Photos, en el teléfono. Es una especie de sistema operativo.

Lo que ocurre con un humano virtual es que la IA mejora cada vez más, combina decenas, cientos e incluso miles de tipos distintos de programas de software de IA, y se empareja con la parte del big data que corresponde a Katherine o a Martine. Entonces se puede tener un simulacro digital, o un doble digital, que sin duda tendrá el aspecto de uno. Sonará como uno. La voz y las imágenes no son tan difíciles. Pero, lo que es más notable, empezará a pensar, analizar e incluso quizá a sentir como uno, porque habrá tenido acceso a gran parte de su historia.

Klein: Es una idea fascinante. Tengo un par de preguntas sobre esto. Cuando muchos pensamos en la inteligencia artificial, pensamos en programas que piensan, en memoria y en la resolución de problemas. Sí, un ordenador puede jugar al ajedrez. Eso lo entendemos. Algo que, desde luego, no había pensado antes de leer su libro fue: «Vaya, va a tener mi aspecto y mi voz». Va a ser un clon mío. ¿Por qué querríamos eso?

Rothblatt: Creo que la gente lo quiere para diversas aplicaciones. Me sorprende lo mucho que muchos avances tecnológicos han surgido de intentar ayudar a personas con alguna discapacidad. Por ejemplo, el teléfono, que todos damos por sentado, nació de los esfuerzos de Alexander Graham Bell por ayudar a las personas sordas. Otro ejemplo: el escáner… surgió de los esfuerzos de Ray Kurzweil por ayudar a las personas ciegas a encontrar una forma de leer cosas que no fueran información en braille.

Lo que está pasando ahora mismo es que, con el envejecimiento de la población, hay cada vez más personas que sufren demencia y alzhéimer. Mi propia compañía, United Therapeutics, ya ha obtenido una patente de lo que llamamos un «potenciador cognitivo para el alzhéimer». Se trataría de un sistema de software que emplearía reconocimiento visual, reconocimiento de imágenes, síntesis de voz y reconocimiento de voz para poder interactuar con familiares y amigos que visitan a un paciente de alzhéimer que ha perdido la capacidad de relacionarse por sí mismo.

Klein: Vaya. Es alucinante. Me viene a la mente la discusión sobre los acuerdos de «no reanimar»…. Pero nuestro doble digital, nuestro clon mental, podría estar tomando la decisión por nosotros basándose en nuestra forma de pensar, en nuestros pensamientos codificados en esta máquina cuando ya no podamos pensarlos.

Rothblatt: Por supuesto, Katherine. ¡Pero, vaya! Retrocedamos hace 50 años. Imagine a nuestros abuelos. ¿Puede imaginarlos firmando una orden de «no reanimar»? Dirían: «¿Qué quiere decir, reanimar? Si se me para el corazón, estoy muerto». La idea de que haya un desfibrilador externo automatizado (DEA) cada 100 pies en un centro comercial, capaz de devolver a la vida a una persona muerta, no existía hace 50 años. Hoy pensamos que es habitual que, si sufre un paro en un hospital, las probabilidades no sean del 100 %, pero sí bastante buenas de que puedan devolverle la vida…

Así será para la generación del siglo XXI. Se acostumbrará al hecho de que habrá clones mentales. Algunas personas querrán que su clon mental siga activo. Ya existen aplicaciones en Twitter, por ejemplo. El lema es: «Cuando tu corazón deja de latir, tú sigues tuiteando».

Klein: Lo vi en su libro. Es muy espeluznante.

Rothblatt: Sí. Pero, ¿sabe?, es espeluznante devolver a la vida a una persona muerta, y sin embargo lo hacemos de forma rutinaria. Por eso tengo en mi libro lo que llamo un gráfico de la aceptación social de lo extraño. Las cosas que resultan espeluznantes o raras, o la palabra que queramos usar, cambian con el tiempo en la sociedad. Hubo una época en que no había nada más espeluznante que la idea de la fecundación in vitro, y a un bebé de probeta se le consideraba una abominación. Hoy alrededor del 2 % de todos los nacimientos en Estados Unidos son fruto de fecundación in vitro. Quiero decir que es una forma habitual de nacer. Es un grupo minoritario importante. Creo que, a medida que avancemos con estos humanos virtuales, en una versión futura, probablemente no más allá de la década de 2020, las órdenes de no reanimar (DNR) incluirán a mi clon mental.

Klein: Vaya. Me parece que esto podría cambiar de verdad muchas cosas, incluida, de alguna manera fundamental, quizá, nuestra relación con la muerte. Supongo que se necesita mucha racionalidad por nuestra parte para no sentirnos tristes al dejar a mi familia, porque dejo atrás a mi clon mental. Y usted interactuará con mi clon mental.

Rothblatt: Lo que más me sorprende, Katherine, es cómo va a redefinir nuestra visión de la vida. Porque, por primera vez en nuestra vida, podremos hablar con nosotros mismos fuera de nosotros mismos, Twitter…. Cada persona se pasa la vida rebotando ideas en su cabeza: «¿Debería hacer esto o no? ¿Debería salir con esta persona o no?». Tener la oportunidad de discutir esas cosas de forma coherente y objetiva con nuestro clon mental va a hacer, creo, que nuestra vida sea mucho más vibrante e interesante. En las próximas décadas, la gente se preguntará: «¿Cómo han podido los humanos atravesar la vida sin un clon mental?».

Klein: Realmente es una propuesta alucinante. ¿Qué supone para la terapia, verdad?

Rothblatt: Las dos mejores profesiones que recomiendo para las personas del siglo XXI son la ciberpsicología (con eso me refiero a ser psicólogo experto en conciencia cibernética) o lo que también podría llamarse computación cognitiva, un término más secular y menos cargado que conciencia cibernética. La gente diría: «Bueno, eso implica que hay conciencia». La computación cognitiva significa más o menos lo mismo, pero es un término algo menos cargado.

Los ciberpsicólogos van a ser una profesión enorme. Serán psicólogos expertos en determinar si un software que pretende ser consciente, autónomo, empático y que pretende dar valor a su propia vida lo es de verdad o si es solo un títere sofisticado.

Y señalo en mi libro que, como mujer transgénero, pasé por una experiencia similar cuando hice la transición de hombre a mujer. Para mi documentación legal como mujer, fue necesario reunirme durante varios años con psicólogos. Me miraban, hablaban conmigo y analizaban: «¿Es alguien que de verdad se siente mujer? ¿Es alguien que realmente es mujer, aunque sin el fenotipo femenino? ¿Es alguien cuya alma es la de una mujer?».

Tuvieron que llegar a un juicio. Existe un subconjunto de psicólogos que se dedica a eso. Los ciberpsicólogos serían mucho, mucho más numerosos. El segundo gran campo que recomiendo a las personas del futuro (y sé que muchos me van a odiar por esto) es el ciberderecho.

Klein: Volviendo a sus raíces como abogada.

Rothblatt: Sé que muchas personas sienten que ya hay suficientes abogados. Es cierto que tenemos muchísimos abogados. Pero hay muy, muy pocos que estén preparados para tratar cuestiones de ciberderecho, es decir, los derechos y obligaciones legales de los clones mentales. ¿Son humanos virtuales? ¿Son agentes del ser humano biológico, de modo que todo lo que hace el humano virtual es en realidad responsabilidad del ser humano biológico que lo creó? Estos serán grandes problemas jurídicos. Los derechos civiles serán casi tan importantes como los movimientos por los derechos de las mujeres, de las personas homosexuales y de los afroamericanos juntos.

Klein: Usted quisiera que el mundo piense en estas cuestiones y se prepare para ellas.

Rothblatt: Me motivó a escribir el libro que creo que siempre es mejor estar preparado para algo. Ese es un principio clásico de mi forma de hacer negocios: mirar más allá de la esquina. Una de las razones por las que me entusiasman los órganos fabricados es que veo cómo todo el trabajo arduo que hicimos con las moléculas pequeñas, las que generan la mayor parte de los ingresos de nuestra compañía hoy, está amenazado por empresas genéricas tras solo unos pocos años.

Los biológicos, que son un tipo más complejo de medicamentos fabricados en células vivas, son mucho más difíciles de convertir en genéricos para las compañías. Pero también están amenazados por un tipo de genérico llamado biosimilar. Así que intento pensar en qué sería muy difícil de arrebatar, para que alguien no se apropie de todo el valor que tanto nos costó crear. Desde luego, crear un órgano completo es algo así como la madre de todos los biológicos. Es algo muy, muy complicado de conseguir.

Pero me desvío un poco…. Las mentes conscientes de clones surgirán inevitablemente, o al menos muchos humanos sentirán que son conscientes, igual que muchos humanos sienten que sus perros y sus mascotas son conscientes. Y algunos de esos ciberhumanos conscientes serán tratados de forma terrible, porque la gente hace cosas terribles. Ya sabe, no todos los humanos son buenos.

Creo que el dolor psíquico y la angustia mental de un ciberhumano son tan graves como el dolor psíquico o la angustia mental de un humano de carne y hueso. El dolor es dolor, y el dolor es malo.

Klein: Este ciberhumano no es una máquina. Es algo que siente dolor. No es solo un programa que reacciona diciendo que estas cosas malas le hacen sentir mal.

Rothblatt: Eso es algo que, en última instancia, creo que deben determinar los psicólogos y los abogados, sobre todo los psicólogos, para saber si el dolor es auténtico. Hay una gran variedad de puntos de vista al respecto. Algunas personas creen que solo algo estructurado como el cerebro humano podría llegar a sentir dolor o emoción. Otras dicen: «Bueno, supongamos que construyo una réplica del cerebro humano, molécula a molécula, con nanotubos y pequeñas nanomáquinas. ¿No sentiría igualmente el mismo dolor?».

El primer grupo, algunos de ellos dirían: «Al nacer, Dios insufló el espíritu en ese cerebro de carne, y solo el cerebro de carne impregnado de espíritu puede sentir dolor». El punto de vista filosófico materialista diría: «Bueno, si Dios insufló espíritu en un cerebro de carne, ¿por qué no iba a insuflar el mismo espíritu en el cerebro mecánico?».

Klein: Efectivamente, usted es filósofa además de sus muchos otros roles. Permítame hacerle una pregunta más sobre estos clones cibernéticos, estos clones mentales. Al considerarlos y al considerar este tipo de avance tecnológico, parece muy propio del Primer Mundo. Me pregunto cómo imagina que estos avances afectarán a las economías emergentes, es decir, a economías en las que la gente vive en pobreza extrema. ¿Cómo se ve eso? ¿Lo ha pensado?

Rothblatt: He pensado mucho en ello. El libro Virtually Human lo aborda bastante. Hablo del hecho de que nada se difunde más rápido ni de forma más democrática que el software. No tiene costes de fabricación asociados. En el breve lapso de nuestra vida adulta pasamos de que solo las personas más ricas tuvieran acceso al conocimiento del mundo al alcance de la mano, con un terminal Bloomberg o estando en una gran biblioteca académica, a que hoy casi las tres cuartas partes de la población mundial tengan un teléfono inteligente. Esos teléfonos pueden acceder a Google y a otros motores de búsqueda, y tienen acceso a todo el conocimiento del mundo.

Las aplicaciones de mensajería, por ejemplo, son de hecho gratuitas. Facebook y Twitter: la mayoría de sus clientes están en EE. UU. Hay más usuarios de redes sociales en China que en todo lo que antes se consideraba Primer Mundo. Google, una de las empresas más exitosas de la historia, dedica un esfuerzo integral a conectar todo África mediante globos estratosféricos que proporcionarán banda ancha de alta velocidad en todo el continente. Ya la tasa de adopción de teléfonos móviles en África es más rápida que la que tuvo Estados Unidos.

Lo que más me gusta de este campo de la humanidad virtual es que creo que se democratizará más rápido que cualquier tecnología en la historia.

Klein: Para terminar, algunas personas la han descrito como una especie de transhumana, trans-todo. Sin duda, usted tiene la pasión de romper barreras de todo tipo: tecnológicas, de comunicación, de género. ¿De dónde surge esa pasión? ¿Siempre ha formado parte de usted la tendencia a traspasar fronteras?

Rothblatt: Creo que es exagerado decir que atravieso todas las barreras y que soy trans-todo. Soy transgénero. Sí creo en la filosofía transhumanista, especialmente en la filosofía transhumanista ética. Soy muy partidaria de la migración. Creo que si no hay aranceles sobre el tocino ni sobre los semiconductores, tampoco debería haberlos sobre las personas. La gente debería poder ir adonde quiera.

Para mí es simplemente una deducción lógica. Me crie en una tradición que combinaba dos corrientes de pensamiento, ambas favorables a la libertad de movimiento. Por un lado, me crie como judía, y la historia judía es básicamente la de ser expulsada de un país, expulsada de otro y expulsada de otro más. Me lo inculcaron desde pequeña en la escuela hebrea diaria: que el estudio es importante porque la gente puede quitarte todo lo que tienes, pero no puede quitarte lo que llevas dentro de la cabeza.

Por otro lado, la otra tradición en la que me crie fue la tradición estadounidense de la libertad. Es la idea de que llegamos aquí para escapar de la tiranía de Europa o de la pobreza de Asia. Y una vez que llegamos, hubo un "destino manifiesto" de extenderse de costa a costa; de ahí ese instinto de movimiento. Existe un término, "trashumancia", que no es tan conocido como "transhumano". La raíz de la palabra "trashumancia" es "humus", que en latín significa tierra. Se sostiene que las poblaciones humanas son por naturaleza trashumantes, porque salieron de África al menos en cuatro ocasiones distintas y, antes de asentarse con la agricultura, se desplazaban constantemente de un lado a otro con los animales y las fuentes de alimento de las que vivían. Así que siento que no soy tanto trans-todo como, simplemente, humana hasta la médula.

La publicación no implica el respaldo de los puntos de vista por parte del Foro Económico Mundial.

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Autora: Katherine Klein es la profesora de gestión de Wharton.

Imagen: la persona de prueba Niklas Thiel posa con un casco de electroencefalografía (EEG), que mide la actividad cerebral, en la Technische Universitaet Muenchen (TUM). REUTERS/Michaela Rehle.

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