Mientras Gran Bretaña inicia formalmente las sombrías negociaciones para excluirse de la corriente principal de la política y la economía europeas, la primera ministra Theresa May se niega a usar la palabra «divorcio» para describir lo que está ocurriendo. Mi esposa, abogada de familia y mediadora jubilada, cree que May podría tener razón. Al fin y al cabo, la casa familiar que estamos abandonando aún alberga gran parte de nuestra historia y de la platería familiar, además de nuestro futuro interés económico. En ese sentido, el divorcio apenas es una opción.
Gran Bretaña no ha sido una isla tan aislada como algunos creen. Desde nuestra familia real reinante (que es alemana) hasta nuestras exportaciones (dirigidas en su inmensa mayoría a Europa), hemos contribuido a dar forma a los acontecimientos en el resto de Europa occidental y, a nuestra vez, estos nos han moldeado. Nos separan apenas 20 millas (33 kilómetros) de agua en el estrecho de Dover; estos días, al parecer, son unas 20 millas muy anchas.
Entonces, ¿por qué nos vamos? La causa es una mezcla de frustración, delirio, mendacidad y obstinación. Estábamos hartos de la incapacidad de Europa para abordar algunos de sus mayores desafíos —desde la competitividad hasta la inmigración— sin tratar de adquirir más poderes centrales.
Además, durante años nuestros líderes políticos han favorecido a quienes son hostiles a la UE, al parecer aceptar todas y cada una de las críticas contra ella, muchas de ellas compuestas de falsedades. Nos negamos a vernos como somos: un país de tamaño mediano que ya no gobierna gran parte del mundo. Nos convencen con demasiada facilidad de que no se puede ser patriota sin ser nacionalista.
Podemos y debemos gestionar las consecuencias de esta ruptura sin acarrearnos más desgracias. Pero el proceso de separación hasta ahora no ofrece grandes esperanzas.
El Brexit fue en sí mismo un desastre. Una democracia parlamentaria nunca debería recurrir a tales mecanismos populistas. Aun así, May podría haber respondido al voto del 52% a favor de abandonar Europa diciendo que encargaría las negociaciones a un grupo de ministros que respaldaban ese resultado y que, a su debido tiempo, sometería el resultado de las conversaciones al Parlamento y al pueblo. En cambio, convirtió a todo su Gobierno en una máquina del Brexit, aunque siempre había querido que el Reino Unido permaneciera en la UE. El lema de su Gobierno ahora es «Brexit o desastre». Por desgracia, probablemente tendremos ambas cosas.
Entonces, ¿qué pasará ahora? Nadie tiene ni idea. El precipicio nos llama; los lemmings hacen cola.
Sabemos que casi la mitad de nuestras exportaciones van a la UE, cinco veces más que las destinadas a toda la Commonwealth y seis veces más que las que van a todos los países BRICS. Pero hemos renunciado a permanecer en el mercado único (lo que exigiría aceptar la jurisdicción europea y la libre circulación de trabajadores) o en la unión aduanera. Al parecer, queremos un acuerdo de libre comercio con la UE en nuestros propios términos, que abarque nuestras principales industrias y servicios.
El ministro de Asuntos Exteriores de May, Boris Johnson, sostiene que tenemos las cartas en la mano en estas negociaciones, porque los europeos quieren seguir vendiéndonos productos como el Prosecco. Pero, en cualquier caso, dicen los ministros de May, no importa si no logramos ningún acuerdo. Simplemente nos marcharemos. Insisten en que no llegar a un acuerdo no sería necesariamente un mal resultado, porque el mundo está deseoso de hacer más negocios con nosotros, que en el futuro serán más baratos a medida que la libra esterlina siga su constante depreciación.
Todo esto, para volver a la palabra que May no quiere usar, parece un divorcio bastante poco amistoso. Cada giro de las negociaciones irá acompañado de indignación xenófoba en el ala derecha del Partido Conservador de May y en la prensa sensacionalista, ante la que ahora está tan sometida.
Ya es bastante malo que nos dispongamos a destrozar nuestra economía, lo que empobrecerá aún más a los pobres y hará más vulnerables incluso a quienes tienen iniciativa. Además, estamos trastocando muchas de las reglas y convenciones de nuestra democracia parlamentaria, que deberían fomentar la búsqueda del consenso y el compromiso, y evitar el mayoritarismo.
Apenas el 52% de los votantes británicos decidió salir de la UE el pasado junio. Lo que votaron exactamente sigue siendo un misterio. Pero han hablado, insisten May y los partidarios del Brexit. Así que asunto concluido. Ignoren, dicen, lo que tengan que decir los «enemigos del pueblo», los jueces de nuestros tribunales independientes. Acallen cualquier opinión que pregunte qué nos está ocurriendo realmente. Ataquen la reputación de cualquiera —directivo empresarial, político o líder de la sociedad civil— que favorezca la pertenencia a la UE o un debate abierto al respecto. Díganle a la BBC que debe aceptar el Brexit con entusiasmo o afrontar la ira popular. Sobre todo, cierren el debate parlamentario, todo en nombre de «restaurar la soberanía parlamentaria».
Este divorcio no va bien. Y el proceso apenas acaba de empezar. Queda un largo camino por delante. Dios sabe qué tipo de país seremos al final. Pero, como en cualquier divorcio, podemos estar bastante seguros de que quienes más sufrirán serán los hijos.


