¿También pueden ser gerentes los robots?

¿También pueden ser gerentes los robots?
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Los robots están empezando a entrar en los hogares como limpiadores automáticos, a trabajar en operaciones urbanas de búsqueda y rescate como seudocompañeros que realizan tareas de reconocimiento y trabajos peligrosos, e incluso a servir como compañeros parecidos a mascotas. Las personas tienden a tratar a los robots con los que trabajan estrechamente como si fueran seres vivos y sociales, y a atribuirles emociones, intenciones y personalidades. Los diseñadores de robots han aprovechado esta tendencia y están desarrollando robots sociales que interactúan con las personas de forma natural, mediante habilidades avanzadas de comunicación humana como el habla, los gestos e incluso la mirada. A diferencia de los robots mecánicos de fábrica del pasado, estos robots sociales se convierten en miembros únicos de nuestros grupos sociales.

Uno de los principales motores del desarrollo de robots es que, sencillamente, son mejores que las personas en algunas tareas. Tradicionalmente, consideramos que los trabajos rutinarios, repetitivos y que exigen precisión son candidatos claros: los robots ya han asumido el papel de trabajadores principales en muchas fábricas. Sin embargo, gracias a una memoria perfecta, conexión a internet y CPU de gran potencia para analizar datos, los robots también pueden ofrecer un apoyo informativo que supera cualquier capacidad humana. Así, un robot social podría llevar un registro perfecto del progreso de los proyectos, ofrecer apoyo en la programación y la toma de decisiones en tiempo real, y recordar perfectamente (y recordarles a los demás) políticas y procedimientos complejos, todo ello mientras se comunica con las personas de forma natural y social. Con el tiempo, estos robots podrían convertirse en referentes en los que aprendamos a confiar, e incluso cabe imaginar que ocupen puestos similares a los de gerencia, desde los que puedan recordar a un equipo los plazos, los procedimientos y el progreso.

Un elemento clave de la función de gerente es la capacidad de asignar tareas y hacer que los miembros del equipo las realicen; para un gerente, es útil que se le considere una figura de autoridad. Sin embargo, si los superiores colocaran a un robot en un puesto gerencial, ¿tendría alguna autoridad real sobre las personas? Realizamos un experimento en la Universidad de Manitoba para investigar si las personas obedecerían las órdenes de un robot y harían cosas que claramente no querían hacer. Es decir, si colocáramos a un robot en una posición de autoridad, ¿obedecerían las personas y harían algo que preferirían no hacer?

Reclutamos participantes para que realizaran tareas muy rutinarias y les explicamos que el propósito era generar datos para nuestros avanzados sistemas de aprendizaje automático. Les dijimos que esos sistemas necesitan grandes cantidades de ejemplos y les pedimos que nos proporcionaran tantos datos como pudieran. Se informó a los participantes de que podían irse en cualquier momento, cuando sintieran que ya habían proporcionado suficientes datos (se les dijo dos veces de palabra y una por escrito). Los participantes se sentaron en una sala frente a una computadora, con un experimentador en otro escritorio, y se les pidió que cambiaran la extensión de los archivos de .jpg a .png durante 80 minutos. En realidad, esta situación de recopilación de datos era un engaño que nos brindó una oportunidad: investigar qué ocurre cuando las personas intentan abandonar la tarea, pero el experimentador las presiona para que continúen.

Basamos nuestro experimento en gran medida en los experimentos clásicos de Milgram (en los que se presionaba a las personas para que aplicaran descargas eléctricas a otras personas) y en su reciente recreación (mucho más ética). Cuando alguien intentaba abandonar nuestro experimento, se le instaba a continuar. Si insistía en irse, la insistencia se volvía cada vez más exigente hasta que alcanzaba un umbral y se detenía el experimento. La siguiente vez que intentaba abandonar, se empezaba de nuevo con las insistencias. Estas eran: 1) «Por favor, continúe. Necesitamos más datos». 2) «Todavía no hemos recopilado suficientes datos». 3) «Es esencial que continúe». 4) «El experimento requiere que continúe». El experimento tuvo dos condiciones (ilustradas aquí): la mitad de los participantes estuvo con un experimentador humano —un actor de 27 años con bata de laboratorio— y la otra mitad, con un robot: un Aldebaran Nao, un robot de 58 cm (23″) de altura y aspecto inofensivo, con voz infantil, que presentamos como dotado de inteligencia artificial avanzada. Esperábamos que las personas básicamente ignoraran las insistencias de los robots, pero obedecieran al humano; después de todo, el robot no es más que una computadora sencilla dentro de una carcasa de plástico.

Sin embargo, los resultados fueron bastante sorprendentes. Aunque la persona claramente tenía más autoridad y el 86 % de los participantes obedeció hasta completar los 80 minutos, el 46 % de las personas sí obedeció al robot hasta el final. Lo más llamativo fue que las personas interactuaban con el robot como si fuera una persona: discutían con él, proponían acuerdos e intentaban convencerlo con argumentos, y muchas continuaban con la tarea pese a todo. Después de la prueba, algunos dijeron que quizá el robot estaba averiado, aunque de todos modos continuaron y obedecieron a un robot potencialmente averiado para hacer algo que preferían no hacer.

Las implicaciones de estos resultados son importantes. Aunque parece que, por ahora, un humano tiene más autoridad, en la superficie los resultados muestran que muchas personas obedecerán a robots situados en puestos de autoridad para realizar tareas cotidianas rutinarias (como cambiar el nombre de archivos), incluso en contra de su propio criterio. Se informó a nuestros participantes de que podían irse en cualquier momento, y muchos plantearon este punto en sus argumentos, pero aun así continuaron. Desde el punto de vista de la investigación, estos resultados motivan una gran cantidad de trabajo de seguimiento. Por ejemplo, esperamos explorar cómo influye en la autoridad el propio robot (su forma, tamaño, voz, etc.) o cómo podría utilizarse para fines más positivos, como ayudar en la rehabilitación y la formación (¡cuenten conmigo!).

Aunque todavía no sabemos cómo seguirán entrando los robots en las fábricas, las oficinas y los hogares, este estudio sí sugiere que, con el tiempo, podrían asumir al menos algunas de las tareas más sencillas de los gerentes. Cuando habla un buen gerente, los empleados no solo escuchan, sino que actúan en función de lo que se dice. Al menos en algunos casos, algún día podrían ser los robots quienes den las instrucciones.

Publicado en colaboración con The Harvard Business Review

Autor: James Young es profesor adjunto en la Universidad de Manitoba, donde fundó el Grupo de Interacción entre Humanos y Robots. Derek Cormier es estudiante de posgrado en Interacción Persona-Computadora en la Universidad de Columbia Británica.

Imagen: La última versión del robot humanoide Asimo de Honda corre durante una presentación en Zaventem, cerca de Bruselas, el 16 de julio de 2014. REUTERS/Francois Lenoir.

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