Breve historia del sueño

Una breve historia del sueño
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El sueño está viviendo su momento de gloria —o, más apropiadamente, su momento en una habitación oscura, con las persianas opacas bajadas, la temperatura entre 60 y 67 grados Fahrenheit, todos los teléfonos inteligentes y tabletas desterrados de la habitación y quizá una máquina de ruido blanco zumbando suavemente en un rincón.

Habría que estar muy privado de sueño para no ver pruebas de la nueva revolución del sueño. Mires donde mires, hay artículos sobre los beneficios del sueño y los inconvenientes de dormir poco, consejos para dormir más y nuevos dispositivos y aplicaciones que nos ayudan a desconectarnos y quedarnos dormidos, y luego a vigilar y registrar las distintas fases del sueño. Por supuesto, quienes trabajamos en HuffPost hemos participado con entusiasmo en esta revolución, pues llevamos promoviendo apasionadamente la importancia del sueño desde hace más de ocho años.

Aunque la necesidad de dormir ha sido constante a lo largo de la historia humana, nuestra actitud al respecto ha cambiado drásticamente con los años. Ahora estamos en proceso de renovar nuestra relación distanciada con el sueño, sobre todo porque la ciencia, en las últimas dos décadas más o menos, ha validado buena parte de la antigua sabiduría sobre su importancia.

Nuestra definición moderna del éxito es en gran medida responsable de la devaluación del sueño; también explica por qué ha vuelto a valorarse, aunque a menudo por un conjunto limitado de razones. Mientras los investigadores siguen llenando los vacíos sobre lo que ocurre exactamente en nuestro organismo mientras dormimos, también necesitamos recuperar la conexión más profunda con nosotros mismos que el sueño puede ofrecernos cada noche.

Sin duda, por eso los antiguos veneraban el sueño. Desde los comienzos de la historia escrita, el sueño y, junto con él, los sueños han desempeñado un papel importante en prácticamente todas las religiones, por lo general como puente sagrado hacia la trascendencia. En Génesis 28, Dios le expone sus planes a Jacob en un sueño:

[É]l tomó una de las piedras de aquel lugar, la puso por almohada y se acostó allí para dormir. Y soñó, y he aquí una escalera apoyada en la tierra, cuya cima llegaba al cielo; y he aquí los ángeles de Dios que subían y descendían por ella. Y he aquí que el Señor estaba sobre ella y dijo: Yo soy el Señor, Dios de Abraham, tu padre, y Dios de Isaac; la tierra sobre la que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia….

Si nos remontamos al año 800 a. C., los antiguos egipcios construyeron templos para venerar a la diosa Isis. Allí se reunían fieles y sacerdotes para interpretar los sueños. Los griegos y los romanos también adoraban a dioses asociados con el sueño, como Hipnos y su equivalente romano, Somnus.

Como escribe David Randall en su libro Dreamland: Adventures in the Strange Science of Sleep, los griegos consideraban el sueño una especie de estado intermedio entre la vida y la muerte; de hecho, el hermano gemelo de Hipnos era Tánatos, el dios de la muerte. Así que quizá mi fascinación por el sueño desde hace tanto tiempo esté en mis genes griegos.

De hecho, una de las primeras teorías científicas sobre el sueño data aproximadamente de entre 500 y 450 a. C. Alcmeón de Crotona, médico y filósofo griego, postuló que el sueño es el resultado de que la sangre de la superficie del cuerpo se retira hacia el interior.

Cien años después, Aristóteles escribió que dormir es «una parálisis del órgano sensorial primario, que lo vuelve incapaz de ejercer sus facultades, surgida necesariamente… para conservarlo». Se equivocó en cuanto a la parálisis, pero la parte de la conservación resulta asombrosamente premonitoria, dado lo que sabemos hoy sobre las propiedades reparadoras del sueño.

Los sueños eran, y siguen siendo, aún más misteriosos que el sueño mismo. No fue hasta la Ilustración que la gente empezó a interpretar sus propios sueños, una facultad que en gran medida se había reservado a la clase sacerdotal. A principios del siglo XVII, los científicos Louis Ferdinand Alfred Maury y Marie-Jean-Léon Lecoq, marqués de Hervey de Saint-Denis, iniciaron la tendencia de las personas instruidas a registrar sus sueños en diarios personales.

Durante todo este tiempo, el sueño no se concebía como un único tramo nocturno e ininterrumpido, sino como algo compuesto de dos períodos. Una de las primeras referencias a la práctica del sueño segmentado aparece en se refiere a «el primer sueño». La pausa entre ambos períodos era un momento para socializar tranquilamente, tocar música, relajarse, tener relaciones sexuales o no hacer nada. Y así fue durante siglos.

«En la Europa medieval se valoraba mucho como un momento de relajación tranquila, cuando los pensamientos y las percepciones se mezclaban con los sueños», escribe Kat Duff en The Secret Life of Sleep.

La Revolución Industrial acabó con esto, con ayuda de la introducción de la luz artificial. En 1807, Londres se convirtió en la primera ciudad en iluminar sus calles con farolas de gas y, en 1879, Thomas Edison inventó la primera bombilla incandescente que podía utilizarse a gran escala.

La posibilidad de trabajar muchas más horas creó la demanda de jornadas más largas, lo que cambió rápidamente nuestra actitud hacia el sueño. Dejó de venerarse y respetarse, y empezó a considerarse tiempo perdido, algo que solo se permitían los holgazanes por voluntad propia. «Los lugares que se aferraban a sus horarios tradicionales de sueño pronto fueron objeto de burlas como rincones atrasados, llenos de gente que no estaba a la altura del mundo industrializado», escribe David Randall.

Cuando le preguntaron cuántas horas de sueño por noche eran adecuadas, según se dice, Napoleón respondió: «Seis para un hombre, siete para una mujer, ocho para un tonto». Claro que, si hubiera dormido ocho horas, quizá las cosas habrían sido distintas en Waterloo.

Pero, a medida que se alargaba la jornada laboral, para muchos incluso dormir seis horas se volvió inalcanzable. De hecho, el aumento de la jornada laboral, y el hecho de que fuera a costa del sueño, impulsó los primeros movimientos obreros. En 1817, el reformador laboral socialista galés Robert Owen hizo campaña por una jornada laboral de ocho horas con el lema «Ocho horas de trabajo, ocho horas de recreación, ocho horas de descanso».

Y en 1867 otro reformador laboral describió así la jornada laboral:

Reduce el sueño profundo y reparador, necesario para restaurar, reparar y renovar las facultades del cuerpo, a las pocas horas de letargo que requiere la reanimación de un organismo absolutamente exhausto. No es el mantenimiento normal de la fuerza de trabajo lo que debe determinar los límites de la jornada laboral; son el mayor gasto diario posible de fuerza de trabajo, por enfermo, obligatorio y penoso que sea, lo que debe determinar los límites del período de reposo de los trabajadores.

Así lo escribió Karl Marx en Das Kapital.

Y no fue hasta 1926 que Ford se convirtió en la primera gran empresa estadounidense en implantar la jornada laboral de ocho horas y la semana laboral de 40 horas. Por supuesto, incluso con el renovado entusiasmo actual por el sueño, la semana laboral de 40 horas sigue siendo una meta esquiva para muchos.

Pero, aunque el sueño perdió valor, nuestra fascinación por los sueños —lo que significan y cuál es su propósito— continuó. Cada vez se desvinculaban más de la religión, pero seguían considerándose esenciales para nuestra constitución como individuos y nuestra vida interior. En 1900, Sigmund Freud escribió La interpretación de los sueños, donde examinó los sueños como manifestaciones simbólicas de deseos, temores y anhelos reprimidos, demasiado dolorosos para afrontarlos y, por ello, relegados al subconsciente.

Uno de los alumnos de Freud, Carl Jung, tomó otro rumbo y teorizó que los sueños no son tanto resultado de la represión como una manifestación del inconsciente colectivo compartido por todas las personas y una vía de acceso a él. Prefiero mucho más el modelo junguiano, y su autobiografía, Memories, Dreams, Reflections, publicada por primera vez en 1963, sigue siendo uno de mis libros favoritos de todos los tiempos.

Siguiendo a Jung, los científicos empezaron a descorrer el telón del sueño y a refutar poco a poco la idea de que dormir es simplemente un período de inactividad. En 1925, el Dr. Nathaniel Kleitman, considerado fundador de la investigación del sueño, abrió el primer laboratorio del sueño del mundo en la Universidad de Chicago. En 1953, él y su estudiante de posgrado, Eugene Aserinsky, descubrieron el sueño REM.

En la década de 1970 se publicó Sleep, la primera revista médica revisada por pares dedicada al sueño, y para los años noventa había más de 200 laboratorios y centros del sueño para tratar los trastornos del sueño en EE. UU.

Pero, al mismo tiempo que empezábamos a aprender más sobre el sueño, nos resultaba cada vez más difícil dormir lo suficiente, de ahí la llegada de las pastillas para dormir. La primera, el barbital, se introdujo en 1903 y enseguida se hizo muy popular; para 1930 se calculaba que en EE. UU. se ingerían cada año más de mil millones de pastillas para dormir. Las marcas han cambiado, pero su popularidad no ha hecho más que crecer. Hoy se recetan alrededor de 60 millones de ayudas para dormir cada año en EE. UU., como parte de una industria del sueño de 32.000 millones de dólares .

Y así llegamos al presente, con estudios y descubrimientos sobre el sueño que se suceden tan rápido que cuesta seguirles el ritmo. Ahora sabemos que el sueño desempeña un papel enorme en la consolidación de la memoria, la capacidad de aprender y realizar tareas nuevas y complejas, la creatividad y la regulación emocional. También conocemos los enormes costos de la privación del sueño: se asocia con niveles más altos de estrés, ansiedad y depresión y un mayor riesgo de enfermedades cardíacas y diabetes; puede dejarnos con la capacidad cognitiva disminuida de alguien legalmente ebrio; puede propiciar la formación de falsos recuerdos; y puede conducir a niveles más bajos de inteligencia emocional, confianza y autoestima.

Y empezamos a ver cada vez más conciencia de estos hechos en los medios de comunicación generalistas. Ahora es tan probable que se hable del sueño en revistas de negocios como en publicaciones de salud y bienestar. Sabemos que dormir más reduce los días de baja por enfermedad y aumenta la concentración y la energía y la creatividad —¡y, como resultado, el sueldo! Según Matthew Gibson y Jeffrey Shrader, investigadores de posgrado de la Universidad de California en San Diego, aumentar el sueño apenas una hora puede acabar elevando los salarios un 16 por ciento, lo mismo que un año de educación.

Todo esto ha contribuido a crear una demanda de sueño. Y el mercado ha respondido. Uno de los ejemplos más recientes es la competencia cada vez más intensa entre hoteles por asociarse, en la mente de los posibles huéspedes, con una buena noche de sueño. Antes, el gancho comercial eran los servicios de lujo (la piscina, los restaurantes, el gimnasio) o la vida social. Ahora todo consiste en convencer al cliente de que se irá descansado. A principios de este mes, Westin anunció una colaboración con la empresa de tecnología del bienestar Lark para crear un nuevo «programa de préstamo de dispositivos portátiles con sensor de sueño». Esto implica permitir que los huéspedes prueben el monitor del sueño Lark Up, el despertador silencioso y el asesor personal del sueño. Westin ya es conocida por su llamada Heavenly Bed, de la que ha vendido más de 100.000.

Y en octubre, Crowne Plaza Hotels & Resorts anunció la introducción de «un diseño de cama con una inclinación única» y un «cabecero curvo acolchado» que, junto con paneles aislantes en las paredes, «reduce drásticamente los niveles de ruido».

Para llevar a cabo la investigación y el desarrollo necesarios para seguir el ritmo de la competencia en la carrera armamentista del sueño, la mayoría de las grandes cadenas hoteleras ahora tienen sus propios laboratorios para probar productos nuevos y diseños de habitaciones. Starwood, la empresa matriz de Westin, tiene un laboratorio de 11.000 pies cuadrados en Connecticut donde, a principios de este año, estudiaban cómo afectan al sueño las habitaciones con temática natural. El laboratorio de Marriott está en Maryland, donde la empresa prueba cuatro distribuciones distintas de ropa de cama.

En 2005, los hoteles de EE. UU. gastaron 1.400 millones de dólares solo en colchones. Y ahora el 69 por ciento de ellos ofrece distintos tipos de almohadas.

Y cabe destacar que no se trata solo de hoteles turísticos; son hoteles preferidos por viajeros de negocios que acumulan muchos kilómetros. No solo comercializan habitaciones, sino una ventaja competitiva para los negocios. Es una señal de hasta qué punto ha calado en la conciencia pública la idea del sueño como herramienta para rendir. Y la ciencia es incontrovertible: dormir sí nos ayuda a rendir mejor en el trabajo. Pero, aunque esa es una excelente razón para tomarnos el sueño más en serio, no es en absoluto la única. No queremos pasar de una época en que denigrábamos el sueño para progresar en el trabajo a otra en que lo veneramos para progresar en el trabajo. Eve Fairbanks, en The New York Times Magazine, describe esta nueva forma de ansiedad en torno al sueño: «Ahora queremos dormir más no porque valoremos el sueño por sí mismo, sino porque estamos obsesionados con la productividad». Y continúa: «En vez de ser una extraña y salvaje Tierra de Nod, misteriosa y cuyo propósito no entendemos del todo, el sueño ha sido colonizado por nuestra ambición y se ha convertido en otra franja del día que explotar para obtener productividad».

Es maravilloso que volvamos a honrar el sueño, como nuestros antepasados. Pero a esa combinación de camas de alta gama, monitores del sueño y máquinas de ruido blanco necesitamos añadir el asombro y la admiración de nuestros antepasados ante el sueño: esa sensación de soltar y ceder el control, de emprender un viaje errante que no tiene que ver con llegar a la cima de la escala corporativa.

De hecho, tenemos una enorme ventaja sobre nuestros antepasados amantes del sueño: ¡podemos dormir un poco! A pesar de todas nuestras distracciones, la presión del tiempo, las pantallas luminosas y los teléfonos que vibran, comparados con ellos estamos en la edad de oro del sueño. En la Antigüedad y la Edad Media, familias enteras dormían en la misma habitación, a menudo con sus animales y sin camas. ¡Qué lejos de la Heavenly Bed!

Y ahora que disponemos de los medios para disfrutar, en comparación con la mayor parte de la historia humana, del sueño más excepcionalmente plácido que jamás haya habido, deberíamos permitirnos disfrutarlo. Vivimos en una época en que estamos hiperconectados con todo el mundo, a menudo desde el momento en que despertamos hasta el instante en que nos dormimos. Disfrutemos y protejamos nuestro territorio del sueño, no solo por sus beneficios para el rendimiento, sino por la manera especial en que nos permite conectar con nosotros mismos. Durante el día, la tecnología nos permite viajar a través de distancias y espacios; por la noche, nuestros sueños nos permiten viajar a través del tiempo, recorriendo y conectando distintas partes de nosotros mismos y permitiendo que florezcan nuestra intuición y sabiduría.

Así que renovemos nuestra relación profundamente íntima con el sueño, en toda su plenitud. Una historia de amor debe ser mucho, muchísimo más que una sociedad comercial.

Publicado en colaboración con LinkedIn

Autora: Arianna Huffington es presidenta y editora en jefe de The Huffington Post Media Group

Imagen: Una niña duerme en un aula en Haití. REUTERS/Kena Betancur

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