3 lecciones sobre inclusión financiera

3 lecciones sobre inclusión financiera
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¿Por qué, pese a las nuevas tecnologías y la innovación generalizada, el sector financiero actual ofrece productos y servicios tan poco adecuados a tantas personas y deja a muchas más completamente desatendidas? Estamos desaprovechando una enorme oportunidad para las empresas, las políticas públicas y la sociedad en su conjunto: una oportunidad perdida con efectos negativos duraderos.

Para que una economía prospere, debemos disponer de servicios financieros adecuados y asequibles para la mayoría de las personas y organizaciones que operan en ella. En otras palabras, necesitamos inclusión financiera. Sin embargo, históricamente muchos servicios financieros solo han estado al alcance de personas adineradas y acomodadas, y han dejado a muchas personas desfavorecidas y de bajos ingresos «sin bancarizar».

Preparar el terreno económico: de las microfinanzas a los efectos macroeconómicos

Desde finales de la década de 1990, las microfinanzas se han convertido en una herramienta importante para la inclusión financiera. Las microfinanzas consisten en ofrecer pequeños préstamos y productos de ahorro a personas que viven en la base de la pirámide económica (BOP). Tienen vínculos históricos con las asociaciones rotativas de ahorro y crédito (o ROSCA), que funcionan como círculos comunitarios de préstamo. A los clientes de las microfinanzas se les suele llamar microempresarios; las microfinanzas tradicionales se centran en conceder préstamos de capital de trabajo, es decir, fondos para crear y hacer crecer pequeñas empresas.

Se suele situar el origen de las microfinanzas modernas en la década de 1970, cuando Mohammed Yunus empezó a experimentar con pequeños préstamos a grupos de mujeres pobres en Bangladesh. Hoy se atribuye a las microfinanzas haber sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en todo el mundo. En conjunto, los microempresarios representan una fuerza formidable en la economía mundial.

El trabajo inicial de Yunus se basaba principalmente en subvenciones: no implicaba capital comercial. Sin embargo, a medida que el concepto ganó aceptación —y, sobre todo, cuando las tasas de reembolso se mantuvieron cerca del 100 % con el paso del tiempo—, los inversores empezaron a prestar atención, con efectos mayormente positivos y, en ocasiones, negativos.

La llegada de las microfinanzas «comerciales» se remonta a principios de la década de 2000 (como referencia, Yunus recibió el Premio Nobel de la Paz en 2006). Tuve la suerte de estar en primera fila en el ámbito de las microfinanzas en aquel momento, asesorando a inversores, fundaciones e instituciones de microfinanzas (IMF) de todo el mundo. Uno de mis clientes era Kiva, que entonces era diminuta y llevaba menos de un año en funcionamiento; se adelantó a plataformas de préstamos entre particulares (P2P) como Lending Club y a plataformas de financiación colectiva como Kickstarter. Hoy Kiva está en camino de facilitar, en total, más de 1.000 millones de dólares en préstamos a microempresarios de todo el mundo. En lugares como Congo, Kiva es el mayor prestamista privado del país.

Las microfinanzas funcionan porque se basan en la confianza y el capital reputacional, y responden a las necesidades de quienes quedan excluidos del sistema actual. Permiten a los microempresarios pobres prescindir de los prestamistas usureros y, por lo general, ahorrar dinero por primera vez. Ese dinero puede ayudar a escolarizar a sus hijos, ofrecer un colchón para las emergencias y aumentar su resiliencia general. El rendimiento social de las microfinanzas es enorme. Además, en el plano social, las microfinanzas demuestran que ser pobre no implica un mayor riesgo; nos obligan a replantearnos qué, por qué y en quién invertimos.

Al mismo tiempo, las microfinanzas no son una panacea. Lo vimos especialmente cuando entraron inversores de capital riesgo y de capital privado: muchas IMF se vieron obligadas a ceder en su misión social fundamental; algunos mercados se saturaron y los prestatarios asumieron préstamos que ningún prestamista socialmente responsable habría ofrecido jamás. A menudo, se dio prioridad a las exigencias de los inversores por encima de las necesidades de los microempresarios. En algunos casos, los resultados fueron desastrosos: suicidios de clientes de IMF, impagos masivos y el cierre de IMF.

En retrospectiva, durante esta etapa aprendimos que el capital comercial podía ayudar a una herramienta innovadora a crecer y expandirse. No cabe duda de que, sin inversión comercial, las microfinanzas no habrían llegado con éxito a tantas personas —y con tasas generales de reembolso que aún rondan el 100 %— como llegaron. Sin embargo, también aprendimos que la financiación sin una misión social como prioridad máxima e incuestionable puede ser tóxica, y que es mucho más probable que fracasen las IMF que no consideran las necesidades generales de sus clientes, incluida la alfabetización financiera.

Microempresarios: de Bangladesh a Brooklyn, Berlín y más allá

Avancemos hasta la floreciente economía colaborativa actual, con nuevos modelos de negocio basados en el «acceso por encima de la propiedad» y en activos infrautilizados. Estamos creando mercados comunitarios de formas sin precedentes: desde compartir coches y viajes hasta compartir todo tipo de habilidades y espacios. Muchos de estos modelos dependen esencialmente de nuevas tecnologías: en la práctica, estamos creando plataformas en línea para hacer posible el intercambio en el mundo físico.

En este proceso está surgiendo una nueva clase de microempresarios. Incluye a anfitriones de Airbnb, conductores de Lyft, trabajadores de TaskRabbit, docentes de Skillshare, cuidadores de perros de Park My Pooch, personas que recogen paquetes para Shyp, guías turísticos de AnyRoad, propietarios de coches de RelayRides y muchos más. Gracias a estas plataformas, obtienen ingresos, ahorran dinero, se ganan la vida, participan en sus comunidades y, a veces, apenas consiguen salir adelante. La dinámica de los mercados de la economía colaborativa también se basa en la confianza y el capital social, lo que reafirma que la reputación de una persona importa más que el saldo de su cuenta bancaria.

No se esperaba que hoy se usara tanto el término «microempresarios», aunque quizá no resulte sorprendente: según Freelancers Union, Intuit y otras fuentes, se estima que para 2020 más del 40 % de la fuerza laboral de EE. UU. trabajará como «freelance», sin estar vinculada a una sola empresa u organización. Por tanto, no se trata solo de una cuestión de economía colaborativa; es una importante tendencia económica en marcha.

Algunas empresas, como la plataforma para compartir viajes Lyft, buscan activamente colaborar con una comunidad más amplia. Lyft no solo permite que sus conductores (muchos de los cuales antes tenían un empleo insuficiente) obtengan ingresos, sino que también busca ampliar su oferta a zonas de menores ingresos mediante su iniciativa Community Solutions . Sin embargo, ni Lyft ni otras plataformas de la economía colaborativa pueden ofrecer servicios financieros. Todavía no hemos logrado cubrir esta brecha.

Etsy, una plataforma P2P de productos creativos, muestra cómo se manifiestan estas cuestiones y tendencias. Aunque Etsy se distingue de las empresas de la economía colaborativa (porque no se centra en compartir activos infrautilizados), sus más de un millón de vendedores de todo el mundo son un ejemplo destacado de microemprendimiento y de los retos que plantea la inclusión financiera.

La mayoría de los vendedores de Etsy no tienen acceso a servicios financieros para hacer crecer sus negocios. Curiosamente, los vendedores de Etsy rara vez necesitan capital de inversión. No quieren crecer «a lo grande»; valoran la naturaleza P2P del negocio porque les da flexibilidad y les permite hacer lo que les gusta. En conjunto, es como si una gran empresa mundial (o un país entero) careciera de las herramientas financieras necesarias para prosperar. Y, paradójicamente, las respuestas habituales, como facilitar el acceso al capital de la Small Business Association (SBA), no son adecuadas. Tenemos que pensar de otra manera.

Empresas como Etsy y la economía colaborativa en sentido amplio representan un puente económico: pueden ayudar a facilitar la transición hacia nuevas formas de pensar en la economía, trabajar, cuidar de nuestras familias y relacionarnos con la comunidad. La economía colaborativa no resolverá los problemas económicos mundiales actuales, del mismo modo que las microfinanzas no pueden resolver por sí solas la erradicación de la pobreza mundial. Pero constituye una opción poderosa y útil que antes no existía y que debemos promover como tal.

Tres lecciones (y tres servicios) para hoy

Los microempresarios de hoy —y la sociedad en su conjunto— pueden aprender mucho de la experiencia pasada en materia de inclusión financiera. Hay tres lecciones clave:

  1. Los microempresarios de la economía colaborativa reciben servicios financieros inadecuados.

  2. Mientras tanto, muchas personas que podrían beneficiarse de participar en la economía colaborativa quedan excluidas porque carecen de acceso a herramientas financieras adecuadas.

  3. Los puntos 1 y 2 representan enormes oportunidades tanto para las instituciones financieras como para los emprendedores, en los planos macro y micro. (Y a menudo siento que estoy viendo una película repetida, con una profunda sensación de déjà vu.)

En muchos sentidos, Kiva fue pionera de los fenómenos actuales de financiación colectiva y préstamos P2P. Conectó la prueba de concepto que Yunus había establecido —crear confianza, reputación y capital social— con nuevas tecnologías que permitieron acceder a la financiación de nuevas maneras (por ejemplo, mediante plataformas de préstamos en línea y banca móvil). Por desgracia, hasta ahora la «innovación» de los actores tradicionales se ha limitado a sus clientes tradicionales (como Barclaycard, que permite a los clientes acomodados donar sus ganancias, pero no atiende directamente a clientes de bajos ingresos).

En particular, los siguientes servicios están listos para desarrollarse: su mercado ya está preparado:

  1. Servicios de seguimiento de ingresos, ahorro e inversión para microempresarios

  2. Herramientas de alfabetización financiera: un elemento fundamental que también aumenta el rendimiento de todas las demás transacciones y servicios ofrecidos

  3. Acceso sencillo a tarjetas de crédito: muchas plataformas de la economía colaborativa exigen una tarjeta de crédito para participar, lo que excluye a muchas personas que podrían beneficiarse y frena la inclusión

La economía, los empleos, los medios de vida y el papel de las finanzas están experimentando cambios importantes. El auge del microemprendimiento a gran escala representa una nueva fuerza económica. Para aprovechar todo su potencial, debemos desarrollar servicios que respondan a las nuevas necesidades. Al hacerlo, quizá también encontremos una clave para alcanzar el éxito en medio de estos cambios y un mundo de nuevas oportunidades.

Publicado en colaboración con The Huffington Post

Autora: April tiene un título de J.D. de Harvard Law School y es Young Global Leader en el World Economic Forum, donde dirige el grupo de trabajo sobre economía colaborativa y forma parte del grupo asesor sobre urbanización.

Imagen: Un cliente retira 500 coronas estonias (40 dólares) de un cajero automático en Tallin el 13 de julio de 2010. REUTERS/Ints Kalnins

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