Seguro que lo has conocido, o la has conocido. Esa persona que dice que terminará el proyecto mañana, pero el mañana nunca llega. O la persona que promete llamar en cuanto llegue a casa, pero nunca vuelves a saber de ella.
Conocemos a muchas personas así. Si somos de carácter firme, las apartamos de nuestra vida. Si somos más bien blandos, ponemos excusas e intentamos dejarlo pasar. En cualquier caso, estas personas, que un día prometen cambiar y al siguiente ponen excusas para no hacerlo, existen.
Y puede que incluso nosotros mismos hayamos hecho esto. Sé que yo sí. Quienes lo admitimos sabemos que nuestro ingenio se agudiza cuando nos toca cambiar nuestra conducta. Es entonces cuando recurrimos a una serie de creencias que desencadenan la negación, la resistencia y, en última instancia, el autoengaño. Estas creencias son más perversas que las excusas. Una excusa es la explicación práctica que ofrecemos cuando decepcionamos a otras personas. Es aguda y conveniente, y a menudo nos la inventamos en el momento. Básicamente, una excusa es una variante de «El perro se comió mis deberes», y se abusa tanto de ellas que sorprende que alguien se las crea.
¿Cómo llamamos a las excusas que albergamos en privado cuando nos decepcionamos a nosotros mismos? «Excusa» a secas no basta para describir estas creencias internas que representan nuestra interpretación del mundo. Una excusa explica a posteriori por qué no estuvimos a la altura de las expectativas. Nuestras creencias internas desencadenan el fracaso antes de que ocurra. Sabotean el cambio al anular su posibilidad. Empleamos estas creencias como artículos de fe para justificar nuestra inacción y luego deseamos que desaparezcan sus consecuencias. Las llamo creencias desencadenantes, y las pensamos durante todo el día. Aquí tienes una lista no exhaustiva, pero debería servirte para empezar a entender adónde quiero llegar.
1. Soy la misma persona de siempre
La persona que ayer prometió cambiar no es la misma que hoy tiene que llevar a cabo ese cambio. Hoy nos hacemos promesas a nosotros mismos y a los demás que mañana no podemos cumplir. Es una creencia muy ilusoria, porque desencadena un exceso de confianza en nuestra capacidad para ejecutar el plan.
2. Si cambio, no seré auténtico
Nos negamos a adaptar nuestra conducta a situaciones nuevas porque «eso no va conmigo». Esta creencia desencadena la terquedad.
3. No me cansaré
Cuando nos proponemos trabajar muchas horas, no estamos agotados. Pero, después de trabajar varias horas, nos cansamos y estamos deseando tirar la toalla. Lo mismo ocurre cuando cambiamos nuestros hábitos: nos cansamos del esfuerzo que requiere cambiar. Esto desencadena el agotamiento.
4. Entiendo lo que se requiere
Quienes leen mis textos suelen decirme: «Es de sentido común. No he leído nada aquí que no supiera ya». Es cierto, pero hay una diferencia entre entender y hacer. Que las personas entiendan qué deben hacer no garantiza que realmente lo hagan. Esta creencia desencadena la confusión.
5. Tiene que ser perfecto
Aunque entendamos que nada es permanente, seguimos creyendo en la idea de la perfección: que existe un peso perfecto, un trabajo perfecto, un estado mental perfecto, si tan solo nos esforzamos más por alcanzarlo. Esto desencadena la desesperanza y hace que nos rindamos.
6. No es justo
Tenemos una fe inquebrantable en la justicia esencial de la vida: si hacemos lo que se nos pide, recibiremos una recompensa. Cuando esa fe se tambalea y vemos que la vida no es justa, sentimos que nos han engañado. Nuestras expectativas frustradas desencadenan el resentimiento. Nos convencemos de que el juego está amañado en nuestra contra y nos negamos a volver a jugar. En otras palabras, dejamos de intentarlo.
7. Puedo hacerlo por mi cuenta
Creemos que somos los únicos responsables de nuestra propia felicidad y éxito, que el cambio positivo empieza y termina en nuestro interior y que las personas que nos rodean no lo moldean ni lo determinan. Abusamos de nuestra autosuficiencia, ignoramos el valor de un entorno que nos apoye y nos enorgullecemos tontamente de hacerlo todo por nuestra cuenta. Así desencadenamos nuestro aislamiento.
8. Nada interrumpirá mi concentración
No hacemos planes para sucesos de baja probabilidad porque, por definición, es poco probable que ocurra cualquiera de ellos. Pero, en conjunto, los sucesos de baja probabilidad nos afectan constantemente. ¿Quién prevé pinchar una rueda, tener un accidente o quedar atrapado en el tráfico por un camión articulado volcado de camino al trabajo? Esta creencia desencadena expectativas poco realistas.
9. «Al menos estoy mejor que…»
En un momento de abatimiento tras un fracaso o una pérdida, nos decimos: «Al menos estoy mejor que _______». Nos damos carta blanca porque no somos los peores del mundo. Esta es nuestra excusa para tomárnoslo con calma y rebajar el listón de nuestra motivación y disciplina. Hemos desencadenado una falsa sensación de inmunidad.
10. Hoy, por ser un día «especial», estoy exento
Hoy es la Super Bowl, o mi cumpleaños, o nuestro aniversario, o mi día libre. Justificamos nuestro desfallecimiento momentáneo como un suceso excepcional, un pequeño bache en el largo recorrido del cambio al que nos hemos comprometido. Esta creencia desencadena una inconsistencia indulgente con uno mismo, algo fatal para el cambio.
Exceso de confianza. Terquedad. Agotamiento. Confusión. Desesperanza. Resentimiento. Aislamiento. Expectativas poco realistas. Inmunidad. Inconsistencia. Es mucho peso que cargar en nuestro camino hacia el cambio.
Estas son solo algunas de las racionalizaciones que nos impiden convertirnos en la persona que queremos ser. Ahora que las has leído, ¡apuesto a que no hay ninguna que no hayas oído antes! Estate atento a ellas en tu vida cotidiana, lleva la cuenta de la frecuencia con que recurres a alguna de estas creencias desencadenantes e intenta pensar en otras. Es un ejercicio estupendo porque, como sabes, ¡la conciencia es el primer paso hacia el cambio!
Este artículo se publica en colaboración con LinkedIn. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Marshall Goldsmith es un asesor estadounidense de liderazgo y autor de literatura relacionada con la gestión.
Imagen: Un corredor de bolsa mira cifras de índices bursátiles en la pantalla de su ordenador en una empresa de corretaje de Mumbai. REUTERS/Punit Paranjpe



