• La COVID está dando paso a una nueva era de trabajo flexible; es una oportunidad para repensar el diseño de las oficinas.
• Actualmente, las instalaciones inteligentes de los edificios están mal coordinadas.
• Los promotores necesitan normas uniformes para implementar plenamente los métodos de construcción innovadores.
Imagine la siguiente escena: es domingo, en un futuro no muy lejano, y acaba de entrar en un edificio de oficinas prácticamente vacío. Acude a una reunión, una de las pocas veces por semana que tiene que ir realmente a la oficina, ya que gran parte de su trabajo se realiza ahora desde casa. En cuanto entra en la recepción, poco iluminada, se encienden las luces; atraviesa la planta diáfana y luego sube por una majestuosa escalera de madera, saludando a algunos colegas que se encuentran dispersos en los escalones, tomando café. Como ha programado la reunión con antelación, la sala de conferencias ya está preparada para su llegada, recién limpia y con la temperatura ideal. Una vez concluida la reunión, se detiene en un escritorio desocupado, envía un par de correos electrónicos y, en cuestión de minutos, está de vuelta en un tráfico fluido por las calles del fin de semana, de camino a casa.
Por supuesto, nada de esto es tan difícil de imaginar. Y ahí está la clave: sensores de calor y movimiento; funciones mecánicas automatizadas; agregación de datos en la nube, fácilmente accesible a través de plataformas digitales de uso sencillo. Al acercarnos a los 25 años de este siglo, ya están presentes todos los elementos necesarios para un entorno laboral más eficiente energéticamente, más humano y más saludable. La tecnología está ahí, la experiencia está ahí y, con la llegada de la COVID, también se están imponiendo modelos de trabajo más seguros y flexibles. Las condiciones parecen propicias para un cambio de paradigma en la forma en que se diseñan y gestionan nuestros edificios de oficinas.
¿El único problema? Estos nuevos modelos, junto con las herramientas que nos permiten aprovechar al máximo el potencial de la nueva oficina, aún no se han integrado plena y coherentemente. Desde los materiales con los que construimos, hasta los contratos de arrendamiento que firmamos, pasando por las minucias del funcionamiento diario, está a punto de imponerse una forma completamente nueva de hacer negocios, pero el sector de la promoción inmobiliaria está frenado por una serie de factores. Afortunadamente, estos desafíos pueden superarse si nos enfrentamos a ellos de manera decidida.
La necesidad de hacerlo no podría ser más clara. Incluso antes de la pandemia actual, era evidente que debíamos replantearnos la forma en que construimos y trabajamos. Mientras la Unión Europea estudia detenidamente su ambicioso Pacto Verde —y con la posibilidad de que Estados Unidos adopte un programa comparable en un futuro próximo—, se ha intensificado la presión sobre industrias de todo tipo para que actúen frente al cambio climático. Los edificios y los oficios de la construcción han sido durante mucho tiempo una parte importante del problema del carbono mundial, pues representan el 39 % de las emisiones mundiales, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Al mismo tiempo, el mercado de la edificación también representa una oportunidad fácil de aprovechar: una economía de sistema cerrado y muy controlada, en la que los insumos y los resultados pueden medirse y ajustarse con relativa facilidad. Ya se han logrado grandes avances en este ámbito: las obras con cero residuos se están convirtiendo rápidamente en la norma, mientras que los fabricantes de materiales, los arquitectos y los gobiernos municipales se apresuran a cumplir el objetivo del World Green Building Council de neutralidad total en carbono para 2050.
Lo que les frena es la falta de coordinación, así como un extendido desconocimiento por parte de los usuarios finales de lo que pueden hacer hoy los edificios inteligentes.
En cuanto a lo primero: aunque los promotores y los operadores son muy conscientes de que el internet de las cosas está llegando a los edificios, sus implicaciones para una gestión eficiente aún no se reconocen. Los innumerables proveedores cuyo trabajo interviene en cualquier edificio de oficinas —los fabricantes de ascensores, las empresas de iluminación y las compañías de calefacción, ventilación y climatización— están incorporando funciones digitales a sus productos; sin embargo, dichos productos no están conectados adecuadamente, ni entre sí ni con un módulo central de control. En varios proyectos de oficinas recientes y en curso de mi empresa, hemos implantado una nueva plataforma que denominamos EDGE Next, un sistema digital para toda la oficina que permite tanto a los trabajadores como a los equipos de instalaciones acceder a información sobre casi todos los aspectos del rendimiento del edificio.

La falta de coordinación dentro de los edificios va acompañada de un fallo más amplio de coordinación entre los constructores y entre las distintas culturas de la edificación. La falta de normas uniformes entre promotores, entre países e incluso entre ciudades de un mismo país obliga a reinventar la rueda una y otra vez, tanto en el proceso de construcción como después. Por citar un ejemplo, las nuevas aplicaciones estructurales de la madera, incluidos los edificios de gran altura, han demostrado ser una alternativa segura y sostenible al acero, con el beneficio adicional de una mayor captura de carbono. Sin embargo, en demasiados mercados, ni el marco regulatorio ni las organizaciones locales de oficios han seguido el ritmo de la ciencia de los materiales, lo que hace prácticamente y, a menudo, legalmente imposible crear edificios de oficinas de madera a gran escala. Como ocurre en la construcción, también ocurre en la gestión: si tanto las administraciones como los líderes empresariales se atuvieran a directrices generales de rendimiento, las plataformas digitales en red podrían hacer posible que no solo las empresas individuales, sino distritos empresariales enteros, alcanzaran una eficiencia óptima.
Por último, está el problema de la percepción. En gran medida, la razón de nuestra falta general de coordinación se debe a temores infundados sobre los costes económicos de las oficinas más ecológicas y limpias. En Nueva Jersey, en 2018, nuestra empresa completó la nueva sede de Unilever. Para superar la preocupación por un coste prohibitivo, ideamos una garantía de rendimiento respaldada financieramente y, posteriormente, superamos dicha garantía, reduciendo los gastos operativos a un nivel anteriormente inimaginable. Mediante incentivos contractuales similares, así como a través de esquemas inteligentes de impuestos y subvenciones, podemos cambiar las cuentas de los edificios inteligentes y, con ellas, la mentalidad del público.
Porque, al final, esto no trata solo de edificios de oficinas. Sí, la oficina del futuro estará menos abarrotada; tendrá menos escritorios asignados, menos plantas verticales y más escaleras que hagan las veces de espacios sociales; las personas que trabajen allí tendrán trayectos más cortos y se desplazarán con menos frecuencia, apuntándose a reuniones desde casa; y sus horarios se publicarán al instante en la red del edificio, lo que permitirá que el personal de limpieza termine su trabajo y que el control climático se active exactamente a la hora prevista.
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Pero todo esto apunta realmente a la próxima frontera de los edificios inteligentes: el hogar. Si nosotros, en la comunidad de promotores, podemos demostrar lo que es posible en el lugar de trabajo, habremos dado un gran paso para convencer a la gente de todo el mundo de que espere más de sus espacios de vida y de que exija viviendas saludables para ellos y para el medio ambiente. Esa es la transformación que, en última instancia, debemos lograr, y es en ella donde deben concentrarse ahora todos nuestros esfuerzos.
