A medida que cambia la movilidad urbana, quedará liberado espacio de aparcamiento para otros usos.
El espacio de estacionamiento en la calzada que quede libre podría destinarse a otras formas de transporte o a usos cívicos.
Las plataformas digitales podrían facilitar la gestión del antiguo espacio de aparcamiento.
La próxima frontera urbana podría encontrarse donde menos lo esperamos. Se trata del espacio destinado a aparcar coches, que permanecen inactivos durante el 95 % del tiempo. En conjunto, estos fragmentos dispersos de suelo constituyen una gran extensión: una superficie en EE. UU. tan vasta como el estado de Connecticut.
La situación de la movilidad ha cambiado en los últimos años: los servicios de coche compartido y de transporte compartido, como Lyft, Via o Uber, han irrumpido con rapidez en nuestras vidas. La movilidad compartida reduce de forma notable la necesidad de aparcamiento, ya que cada vehículo compartido puede retirar de nuestras calles hasta una docena de coches privados. En un futuro próximo, se espera que los coches autónomos produzcan efectos similares a una escala aún mayor. Si el número total de vehículos en las ciudades cae drásticamente, ¿cuánto asfalto podría liberarse? Y ¿qué podríamos hacer con él?
Es el momento adecuado para empezar a plantearse preguntas de este tipo, ya que los primeros signos de transformación ya empiezan a aparecer. Por ejemplo, los grandes aparcamientos situados alrededor de los aeropuertos de Estados Unidos atraviesan una crisis. ¿Por qué malgastar dinero para dejar el coche (relativamente) cerca del aeropuerto JFK de Nueva York cuando puede simplemente pedir un Uber para ir y volver? Incluso en los centros urbanos, las empresas inmobiliarias están considerando convertir los garajes para otras funciones. En nuevos proyectos de construcción, como nuestro trabajo de planificación del rascacielos CapitaSpring, de 280 metros, en Singapur, los aparcamientos se diseñan desde el principio para que puedan reutilizarse con otros fines en el futuro.

Supongamos que algún día el uso compartido de vehículos urbanos se convierta en una realidad generalizada. ¿Cuál sería el número mínimo de plazas de aparcamiento que necesitaríamos? En un artículo reciente publicado en Nature’s Scientific Reports, mis colegas del MIT y yo tratamos de encontrar una respuesta precisa a esta pregunta. Partimos de Singapur, una ciudad en la que 5,6 millones de habitantes utilizan 1,3 millones de plazas de aparcamiento, para más del doble de la cantidad de coches.
Partimos de un análisis de macrodatos sobre los patrones de movimiento en toda la isla. Después, modelizamos un escenario extremo: uno en el que todos los vehículos fueran autónomos y compartidos. El número de plazas de aparcamiento podría reducirse a cero, pero a costa de un aumento significativo del total de kilómetros recorridos por los vehículos, que circulan constantemente incluso sin nadie a bordo. Para reducir los «trayectos en vacío», es decir, los desplazamientos sin ingresos entre pasajeros, elaboramos un segundo modelo que limitaba el aumento de la distancia recorrida a un 15 % más que en la actualidad. Pese a esta restricción, los resultados fueron sorprendentes: la movilidad compartida podría eliminar el 86 % de las plazas de aparcamiento.

Las plazas de aparcamiento recién liberadas tendrían un enorme valor económico, pero, sobre todo, podrían permitirnos repensar las propias ciudades. El bordillo es una nueva frontera urbana que podría cumplir muchos fines posibles. Pensemos en estaciones de carga para vehículos eléctricos, plazas de aparcamiento para patinetes y bicicletas compartidas, o zonas de recogida y entrega para envíos de comercio electrónico y plataformas de transporte compartido. Algunos de los nuevos usos podrían ser de corte clásico, como la infraestructura para el transporte público masivo. Los autobuses siguen siendo más asequibles y respetuosos con el medio ambiente que la mayoría de las formas de transporte personal que hemos logrado imaginar, y podríamos mejorarlos aún más con una planificación dinámica de rutas entre paradas.
Incluso después de redistribuir el bordillo para estos nuevos usos, podría quedar terreno disponible. Para aprovecharlo, podríamos inspirarnos en experimentos recientes como PARK(ing) Day. Este evento internacional, que comenzó en San Francisco en 2005, permite a los ciudadanos convertir las plazas de aparcamiento en la calle en salones al aire libre, jardines, parques infantiles y miniexposiciones de arte. Estas instalaciones de un solo día podrían volverse permanentes, invitando a todos a convivir en un espacio público que antes estaba reservado para los coches privados.

Si cada metro cuadrado pudiera tener múltiples usos, las plataformas digitales nos permitirían gestionar la asignación de funciones de forma dinámica. Los restaurantes, por ejemplo, podrían despejar el bordillo para las entregas de productos por la mañana y colocar mesas para comer al aire libre por la noche, como imaginamos en un proyecto reciente con Sidewalk Labs, la empresa hermana de Google dedicada a la innovación urbana. La necesidad de una planificación dinámica en nuestras ciudades se ha vuelto más evidente que nunca en 2020, cuando tuvimos que inventar nuevos espacios para el distanciamiento social en cuestión de semanas.
Es evidente que algunos de los escenarios anteriores se llevan al extremo. En el futuro, no todo el mundo querrá adoptar nuevos esquemas de movilidad compartida. Sin embargo, eliminar incluso el 50 % de las plazas de aparcamiento existentes liberaría una enorme superficie de suelo urbano. La identificación de nuevos usos y la búsqueda de nuevos sistemas de gestión plantearán cuestiones políticas y económicas que requerirán negociaciones complejas, experimentación y debates públicos. En última instancia, podría acercarnos poco a poco al antiguo sueño del gran urbanista estadounidense Lewis Mumford: «Olvídense del maldito automóvil y construyan ciudades para los amantes y los amigos».

