Pronto, un tercio de la humanidad vivirá en un barrio marginal. Nuestras ciudades están al límite. Más del 90 % de la urbanización de este siglo se deberá al crecimiento de los barrios marginales. A finales de este siglo, las principales megaciudades ya no serán Londres y Tokio; casi todas estarán en Asia y África, y serán mucho más grandes que las metrópolis de hoy. Se prevé que Lagos tenga 88 millones de habitantes. Daca: 76 millones. Kinshasa: 63 millones. El mundo se está reestructurando de manera fundamental.
¿Y si existiera un nuevo tipo de ciudad que se adaptara mejor a este siglo? Una más ligera, menos intrusiva y más adaptable que las que hemos conocido. ¿Y si el futuro de nuestras ciudades pudiera surgir de replantearnos los barrios marginales?
Sostenibles. Transitables a pie. Habitables. Estos términos se usan a menudo para describir visiones del futuro urbano que preferimos. Sin embargo, la idea formal de ciudad está bastante fosilizada: es pesada, torpe e inflexible. Hoy las ciudades carecen de flexibilidad para acoger posibilidades radicales emergentes. ¿De qué sirven las nuevas soluciones si el sistema no puede asimilarlas?
Los dirigentes municipales de Asia y África buscan soluciones para sus ciudades. ¿Y si las encontraran en los lugares más insospechados: sus barrios marginales? El carácter informal de estos crea un espacio abierto del que podría surgir una nueva visión de la vida urbana; ahí es donde el concepto de microciudades puede empezar a arraigar.
Los barrios marginales no tienen por qué ser un fallo ni un problema. Pueden ser un recurso. Si pensamos la vida urbana a escala humana y desde una perspectiva panorámica, podemos rediseñarlos para que sean lugares más habitables, ligeros y adaptables. Lugares que encajen mejor con el mundo moderno, donde un grupo diverso de ciudadanos no solo pueda sobrevivir, sino prosperar.
¿Qué es una microciudad?
Una microciudad es un marco para la reforma urbana. Tiene tres elementos fundamentales:
1) Una microciudad es la transformación de un barrio marginal ya existente.
2) Es una Zona Especial de Demostración (SDZ, por sus siglas en inglés) semiautónoma, de propiedad y gestión privadas, para hasta 100.000 habitantes.
3) Cada microciudad se diseña con soluciones integradas. Son laboratorios urbanos en ciudades emergentes de Asia, África y América Latina, que servirán como bancos de pruebas para enfoques más ágiles de la atención sanitaria, la gobernanza, la educación, el suministro energético y todos los demás aspectos de la vida urbana.
Los gobiernos municipales tendrán tres funciones principales. Primero, pueden ayudar a identificar el barrio marginal que se transformará. Segundo, deben trazar las arterias principales —las vías de acceso a la zona— junto con la infraestructura necesaria. Tercero, aprueban una resolución que establece la microciudad como una SDZ, una zona semiautónoma similar a una zona económica especial, que se convierte en un laboratorio de innovación para probar nuevas formas de tecnología y gobernanza.
El diseño de microciudades se basa en varios principios fundamentales. Primero, usamos la teoría de la emergencia —que estudia cómo reglas y conceptos sencillos dan lugar a la complejidad— para entender cómo evolucionan los barrios marginales y las ciudades, y desarrollamos algoritmos tanto para analizar como para diseñar la microciudad.
Situamos a las personas en el centro del diseño. Las ciencias del comportamiento pueden enseñarnos mucho sobre cómo las personas viven mejor sus ciudades. Partimos de la experiencia de las personas en la microciudad y organizamos en torno a ella el diseño de todo lo demás.
A continuación, usamos soluciones modulares y acoplables para los desafíos de la vida urbana, que puedan ampliarse fácilmente. ¿Qué ocurre cuando la producción de energía se integra y esta puede intercambiarse entre 100.000 personas? ¿Qué ocurre cuando se prohíbe la propiedad de automóviles privados y todos comparten podcars (vehículos pequeños y automatizados)? ¿Qué ocurre cuando se libera la creatividad mediante una educación basada en la experiencia?
Al diseñar microciudades, también estudiamos cómo reducir las fricciones que genera la vida urbana. Una forma es automatizar; otra, agrupar servicios. Imaginemos a una madre soltera que cada día tiene que compaginar el trabajo, la crianza y la vida social. ¿Cómo podemos facilitarle la vida? Imaginemos que todos los servicios que necesita estuvieran agrupados en una sola zona. Además, el diseño de todos los aspectos de la microciudad —por ejemplo, su forma y función, la gobernanza, la energía y la gestión de residuos— seguirá el modelo de la economía circular.
Entonces, ¿qué aspecto tendrá una microciudad y cómo será vivir en una? Una microciudad será una zona semiautónoma dentro de su ciudad, con un sistema de gobernanza basado en blockchain que descentraliza y automatiza gran parte de su administración. Contará, por ejemplo, con un sistema de afiliación basado en blockchain que dará acceso a todas las funciones clave a través de centros de atención a los miembros, que serán el principal punto de contacto de sus habitantes para casi todo.
Además de conectar a los ciudadanos, los programas informáticos de la microciudad también funcionarán de forma coordinada y fluida.
Imaginemos un sistema sanitario que atienda el 85 % de las necesidades de salud de las personas a través de microclínicas. O un sistema escolar diseñado para la era moderna, centrado en la educación basada en proyectos. O un sistema alimentario que dé prioridad a los alimentos cultivados en laboratorio y a las cocinas comunitarias industriales, junto con un sistema financiero que ofrezca servicios bancarios sin sucursales. Y, por supuesto, wifi gratuito y rápido que conecte todo y a todos.

La infraestructura física se diseñaría teniendo presente el mismo principio: la interconexión. Sistemas energéticos capaces de funcionar con sus propias microrredes solares, integradas en toda la microciudad. Un sistema de transporte que priorice los minibuses compartidos y los podcars. Un entorno construido en gran medida con elementos prefabricados. Calles estrechas que limiten y ralenticen el tráfico, devuelvan las calles a las personas y refuercen el sentido de comunidad. La microciudad se fortalecerá convirtiendo con el tiempo en accionistas a quienes participen en ella. Así, los incentivos de los habitantes estarán alineados con su contribución a la microciudad y su mejora.
La descentralización de la gobernanza es otro elemento fundamental. Para ayudar a crear una ciudad menos intrusiva, adaptada a este siglo, estamos explorando el uso de blockchain y la inteligencia artificial como herramientas para permitir tres cosas: (1) acceso simplificado a los servicios, (2) gobernanza administrativa parcialmente automatizada y (3) democracia líquida en muchos asuntos. Todas las microciudades del mundo compartirán los mismos sistemas y podrán interactuar entre sí sin dificultades.
¿Cómo beneficiará esto a los habitantes de las microciudades?
En todo el mundo observamos un patrón de exclusión de quienes viven en barrios marginales. Aunque contribuyen a sus ciudades y son el motor de la industria de servicios, se les considera ciudadanos ilegítimos y desconectados. El modelo de microciudad pretende cambiar esta situación. Quienes viven en barrios marginales, antes ciudadanos sin reconocimiento y poco valorados en sus ciudades, ahora pueden participar en la creación de las ciudades del futuro.
¿Y qué sigue? Estamos poniendo en marcha la primera microciudad en colaboración con la ciudad de Ulán Bator, capital de Mongolia, y con muchos de sus dirigentes. Esperamos que esta iniciativa conjunta muestre a alcaldes de todo el mundo qué pueden hacer para dar un nuevo uso a sus barrios marginales y, al hacerlo, crear el futuro de la vida urbana.
Esta será la primera de una red mundial de microciudades. Nuestra visión es contribuir a establecer 100 microciudades conectadas entre sí —por medio de sus economías, sistemas de gobernanza e identidad— en ciudades emergentes de Asia, África y América Latina.

