Repensar cómo construimos nuestros refugios puede ser un paso importante para aumentar la sostenibilidad. Una posibilidad consiste en crear edificios permeables que interactúen con el mundo natural.
Los edificios tradicionales están diseñados para protegernos de un mundo hostil: nosotros quedamos a salvo de un lado y nuestros residuos, del otro. Desde hace mucho, los arquitectos recurren a materiales «duros», como la mampostería, el aluminio y el vidrio, elegidos específicamente para impedir que el entorno exterior penetre en los edificios. La impermeabilidad era, y sigue siendo, un objetivo primordial.
Es hora de replantearse ese enfoque. Nuestro entorno construido actual desperdicia demasiada agua dulce y otros recursos vitales, y vierte demasiadas sustancias tóxicas en nuestro entorno. Para desarrollar una relación más sostenible con el mundo natural, debemos permitir los intercambios químicos que tienen lugar en nuestros espacios habitables y entre el interior y el exterior. Debemos apostar por la permeabilidad.
Hasta el auge de la modernidad, cierta parte del mundo exterior siempre se filtraba en nuestros espacios habitables, por las paredes de ladrillo que se desmoronaban, las juntas rotas y las ventanas y puertas abiertas. Sin embargo, con el rápido crecimiento de las ciudades industriales a mediados del siglo XIX, la contaminación, el hacinamiento y las enfermedades plantearon nuevas amenazas externas. La solución fue ejercer un control más estricto sobre nuestros hábitats, de modo que los edificios se convirtieron en verdaderas barreras.
Las «envolventes» de los edificios actuales aíslan nuestros espacios habitables y de trabajo como nunca antes. En muchas oficinas ya no es posible abrir las ventanas manualmente para dejar entrar la brisa. Los sistemas automatizados de aire acondicionado (que a menudo responden únicamente a sensores y programas informáticos) expulsan el calor del verano hacia aceras abrasadoras, intensificando el efecto de isla de calor urbana y contribuyendo a los riesgos para la salud relacionados con el calor. Estos edificios ignoran el metabolismo, que constituye el andamiaje dinámico de los sistemas vivos.
En la década de 1970, los ecólogos John y Nancy Jack Todd y William McLarney fundaron el New Alchemy Institute —hoy el Green Center en Cape Cod, Massachusetts— con el propósito de concebir los espacios edificados como parte de un ecosistema humano autosuficiente. Esos espacios no estarían sellados herméticamente, sino abiertos al flujo de elementos naturales. El instituto de investigación experimentó con la integración de diversos sistemas sostenibles, como la energía solar, la agricultura orgánica, la acuicultura y el diseño de refugios biológicos, que iban de la mano con la permeabilidad de estos espacios habitables. Sus resultados señalaron un camino prometedor.

Incorporar la permeabilidad a la arquitectura empieza por la composición de un edificio. En los últimos 20 años, los ingenieros han desarrollado materiales orgánicos de construcción con distintos grados de permeabilidad. Micotectura —bloques arquitectónicos fabricados con el material fibroso de las raíces de los hongos— es tan resistente como el hormigón y tan aislante como la fibra de vidrio. BioMASON fabrica ladrillos mediante microorganismos; no necesitan cocción y son tan resistentes como la mampostería tradicional. Las bacterias producen bioplásticos utilizando biogás de vertederos y plantas de tratamiento de aguas residuales. Como no se derivan del petróleo, los bioplásticos tienen una menor huella de carbono. Al igual que la madera, se «cultivan» hasta obtenerlos.
Estos materiales «blandos», llenos de espacios, permiten una variedad completamente distinta de geometrías, propiedades estructurales y efectos que los que ofrece la construcción tradicional. La torre Hy-Fi de David Benjamin, construida con ladrillos de micelio (hongos), da una idea de su enorme potencial. Sin embargo, incluso cuando los constructores modernos utilizan estos nuevos materiales orgánicos, suelen tratarlos para que presenten interfaces «duras» con el entorno.
Adoptar plenamente la permeabilidad abre amplias posibilidades ecológicas y ambientales. En particular, las cerámicas semipermeables pueden tratarse para ofrecer superficies de unión a biopelículas, grandes colonias coordinadas de bacterias u otros microorganismos. Las biopelículas pueden cultivarse para que tengan propiedades semiconductoras, similares a las de las células solares o los circuitos informáticos. Al tratarlas con manganeso, pueden convertirse en filtros que regulan el flujo de aire y agua hacia el interior de un edificio.
Los constructores empiezan a explorar las posibilidades de colocar estratégicamente interfaces «duras» y «blandas» dentro de una estructura para regular el suministro de recursos y las respuestas orgánicas a estos insumos. Por ejemplo, la BIQ House de Hamburgo tiene una fachada de tanques de paredes delgadas llenos de microalgas. Las algas captan la luz solar y el dióxido de carbono, y producen biomasa que puede utilizarse para generar electricidad. Los tanques translúcidos y vivos también regulan la temperatura del edificio al absorber más luz solar a medida que aumenta la biomasa. En este caso, el vidrio de los tanques es impermeable al agua, pero deja pasar la luz solar: un tipo distinto de permeabilidad, fundamental para los intercambios orgánicos dentro de la fachada.
El proyecto Living Architecture (LIAR), financiado, entre otros, por la Unión Europea, es una iniciativa prometedora para crear ejemplos de diseño semipermeable. Por ejemplo, el proyecto busca transformar baños, cocinas y espacios comerciales en lugares productivos y respetuosos con el medioambiente. En las habitaciones, algunas secciones de las paredes se sustituyen por biorreactores, sistemas microbianos autónomos. Un tipo de biorreactor es una pila de combustible que alberga bacterias anaerobias para producir electricidad y agua limpia. Otro es un fotobiorreactor de algas que produce biomasa para combustible o alimentos. El tercer tipo es un biorreactor sintético capaz de producir alcohol u otros materiales de origen vegetal.
Las paredes de biorreactores son lo bastante resistentes como para formar tabiques interiores, pero también son partes activas y funcionales de la vida dentro del edificio. Pueden reciclar detergentes de las aguas residuales domésticas, producir fertilizantes para el jardín y sintetizar nuevos detergentes biodegradables, utilizando únicamente aguas grises, dióxido de carbono y luz solar. Los biorreactores del futuro también podrían generar iluminación bioluminiscente, producir complementos alimenticios ricos en nutrientes y eliminar del agua potable compuestos problemáticos que imitan al estrógeno, como los bifenilos policlorados (PCB). En espacios comerciales, las paredes vivas podrían reciclar el agua, fertilizar los tejados verdes y purificar el aire para que los interiores de los edificios sean más saludables y se parezcan más a los entornos naturales.
El proyecto LIAR aún está en fase de prototipo. Todavía no se han establecido formalmente los insumos y productos cuantitativos. Sin embargo, sus responsables esperan que en los próximos 10 años haya sistemas integrados de paredes con biorreactores en viviendas reales.
Es poco probable que las interfaces duras e inertes queden obsoletas pronto. El verdadero impacto de la arquitectura viva será introducir una nueva gama de sistemas estructurales y funcionales que cambien nuestra forma de concebir la sostenibilidad y la gestión de los recursos en el entorno construido. En particular, el proyecto LIAR plantea la posibilidad de establecer una relación nueva y activa con los procesos naturales.
Podríamos desarrollar nuevas formas de comunicarnos con el mundo vivo en términos físicos, biológicos, mecánicos e incluso eléctricos. Derribar la barrera entre el interior y el exterior nos permitirá orquestar el flujo de recursos vitales como el agua y los minerales. El resultado será una especie de metabolismo artificial para nuestros hogares, espacios comerciales y ciudades: la materialización, largamente esperada, de una relación más ética y simbiótica entre el mundo construido y el natural.

