En arquitectura, los avances en refrigeración y calefacción artificiales, así como en diseño asistido por ordenador, han hecho posible que los edificios sean menos eficientes energéticamente.
Este «efecto rebote arquitectónico» se ha hecho especialmente evidente al observar cómo han evolucionado las fachadas de los edificios durante los últimos 100 años.
Los edificios totalmente acristalados permiten que el calor entre y salga con más facilidad que los de ladrillo u hormigón. Esto aumenta la necesidad de refrigeración y calefacción artificiales en verano y en invierno, escribe un experto.
Se ha afirmado que la tecnología es la respuesta a la crisis climática. Según este argumento, al desvincular finalmente el crecimiento económico de sus efectos sobre el medio ambiente mediante la mejora de la eficiencia energética, una tecnología mejor promete evitar el catastrófico calentamiento global.
Pero, entre las muchas cosas que este argumento no tiene en cuenta, está la realidad de que las nuevas tecnologías a menudo han fomentado formas extravagantes de consumo: desde coches particulares y aviones hasta cocinas llenas de electrodomésticos y aire acondicionado en países de clima templado.
La tecnología también ha provocado lo que se denomina «efecto rebote»: cuando la mejora de la eficiencia energética abarata la energía y, por tanto, aumenta su consumo. Por ejemplo, comprar un coche que consuma menos combustible reducirá el coste medio del combustible por trayecto y, por ello, probablemente hará que se realicen más trayectos, anulando al menos parte del ahorro energético previsto.
En arquitectura se observa una tendencia similar: los avances en refrigeración y calefacción artificiales, así como en diseño asistido por ordenador, en lugar de dar lugar a diseños más eficientes, han introducido en realidad estilos de construcción derrochadores.
En mi trabajo, llamo a este fenómeno «efecto rebote arquitectónico». Este efecto se hace especialmente evidente al observar cómo han evolucionado las fachadas de los edificios (la «piel» que recubre los edificios) durante los últimos 100 años.
Fallos de las fachadas
El Cité de Refuge de París, un edificio residencial diseñado en 1933 por el arquitecto suizo-francés Le Corbusier, cuenta con uno de los primeros ejemplos de fachada hecha enteramente de vidrio. Sin embargo, al no tener ventanas que pudieran abrirse ni aire acondicionado, las temperaturas interiores en verano alcanzaban los 33 °C; esto lo convirtió en un «fracaso notable» de la arquitectura.
Para solucionar el problema, se instalaron dispositivos de sombreado en el exterior de la fachada y se volvió opaca aproximadamente una tercera parte del vidrio. La estrategia fue en gran medida eficaz: las simulaciones por ordenador han demostrado que el diseño mejorado redujo las temperaturas interiores en verano a menos de 25 °C.
A partir de la década de 1950, las fachadas totalmente acristaladas y sin dispositivos de sombreado empezaron a dominar los perfiles urbanos gracias a unos sistemas de aire acondicionado cada vez más eficientes y baratos, que permitían regular la temperatura en el interior de estos edificios.
Pero estas nuevas cajas de vidrio trajeron consigo sus propios problemas medioambientales. Por ejemplo, la investigación ha demostrado que los edificios de oficinas construidos en el distrito de Manhattan, en Nueva York, entre 1965 y 1969 consumían el doble de energía por unidad de superficie que los edificios levantados entre 1950 y 1954.
Una de las razones probablemente sea la diferencia en la proporción entre ventanas y muros de estos grupos de edificios. Mientras que en los edificios más recientes esa proporción oscilaba entre el 53 % y el 72 %, en los anteriores se situaba entre el 23 % y el 32 %. Esto significa que entraba y salía más calor de los edificios del primer grupo en verano y en invierno, lo que aumentaba su necesidad de refrigeración y calefacción artificiales.
Otro problema de las fachadas totalmente acristaladas es el deslumbramiento excesivo que provocan en el interior de los edificios, por lo que las persianas interiores deben permanecer bajadas la mayor parte del tiempo. Esto bloquea las vistas al exterior de quienes ocupan el edificio y aumenta la dependencia de la iluminación artificial, lo que incrementa aún más el consumo de energía.
Estos problemas de las fachadas totalmente acristaladas siguen afectando a los edificios actuales. Hoy en día, a menudo se recurre a dispositivos de sombreado diseñados paramétricamente como solución. Por desgracia, suelen bloquear las vistas al exterior de quienes trabajan dentro y mantienen la necesidad de luz artificial.
Limitar las libertades
¿Deberíamos impedir que los arquitectos ejerzan su libertad estética al diseñar estos edificios extravagantes que perjudican al planeta? Una solución podría consistir en fijar un límite máximo a la cantidad de energía que puede consumir un edificio. Esto obligaría a los arquitectos a utilizar estrategias de diseño pasivo: técnicas que permiten a las personas vivir en climas difíciles sin gastar energía innecesariamente.
Por ejemplo, ya en el año 400 a. C., los persas idearon una ingeniosa forma de almacenar hielo durante los calurosos meses de verano mediante pozos de hielo llamados «yakhchals». Eran depósitos abovedados de hasta 15 metros de altura y aproximadamente seis metros de profundidad.
Al permitir que el aire caliente saliera por una abertura en la parte superior del depósito y enterrar el hielo a gran profundidad, la base del yakhchal —y el hielo de su interior— podía permanecer fría durante todo el verano.
Un ejemplo de la era moderna es el edificio del Complejo de la Inspección General de Policía en Gulbarga, India, que utiliza una torre de viento equipada con aspersores para crear un ambiente confortable en un clima cálido y húmedo. Las gotas de agua absorben el calor del aire entrante y reducen su temperatura hasta 13 °C antes de que entre en el edificio.
Es fundamental decidir primero cuál es la mejor manera de medir el límite máximo de energía de los edificios. En los sistemas actuales de calificación energética de edificios suele utilizarse la «intensidad de uso de energía», que se refiere a la cantidad de energía consumida por unidad de superficie.
Pero un defecto de esta métrica es que permite certificar edificios excesivamente grandes y grandiosos como de bajo consumo energético. Una métrica más adecuada podría centrarse en la energía consumida en relación con el número de personas que utilizan un edificio; en otras palabras, el consumo energético por persona.
Crear obras maestras
Una posible objeción es que esto podría dar lugar a edificios «aburridos» y sin atractivo estético. En ese caso, podríamos animar a los arquitectos a expresar su creatividad en estructuras que no estén concebidas para albergar personas y, por tanto, necesiten poca o ninguna energía para funcionar.
Esto reduciría considerablemente el impacto medioambiental de esas obras maestras arquitectónicas. En promedio, entre el 80 % y el 90 % de las emisiones de carbono de un edificio provienen de su funcionamiento, no de su construcción.
Además, muchos edificios emblemáticos no han funcionado como se habían diseñado. La Neue Nationalgalerie de Mies van der Rohe, en Berlín, sufrió grietas en las ventanas y una condensación intensa, mientras que el Stata Center de Frank Gehry, ubicado en el MIT, en Massachusetts, tiene goteras en el tejado y un exceso de moho. Sin embargo, estos edificios no han sido demolidos, sino que siguen en pie como ejemplos de diseño de primera calidad.
Quizá, si los arquitectos canalizaran su deseo de crear una estética audaz en estructuras escultóricas en lugar de edificios concebidos para ser habitados, podrían seguir ampliando los límites del diseño sin que el planeta pague las consecuencias.



