¿Pueden las ciudades inteligentes ayudar a sus residentes sin perjudicar su privacidad?

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  • Los datos impulsan a las empresas tecnológicas más poderosas del mundo, pero también darán forma a las ciudades del futuro

  • En Canadá, el experimento de ciudad inteligente de Sidewalk Labs ha suscitado críticas

  • Entonces, ¿cómo establecemos una gobernanza de datos que implique significativamente a los ciudadanos por el bien de todos?

Vivimos en un mundo donde la información se ha transformado en una de las mercancías más valiosas del mundo. Los datos son un motor importante de nuestras economías y la columna vertebral de las empresas tecnológicas más poderosas del mundo.

Gigantes tecnológicos como Facebook, Amazon y Google han consolidado sus imperios basados en datos y se han expandido a nuevos mercados, donde los datos impulsan desde aplicaciones de citas y juegos en la nube hasta las compras automatizadas y los pagos en línea.

Las ciudades del futuro también se construyen sobre los datos. No se trata de saltos al estilo de Los Supersónicos hacia coches voladores y asistentes robotizados, sino de cambios sutiles pero significativos en la infraestructura oculta y los sistemas avanzados que hacen funcionar las ciudades para millones de personas cada día.

Sensores en las calles que reducen las colisiones y la congestión, aceras calefactadas que derriten la nieve, edificios que predicen cuándo calentar, enfriar e iluminar las habitaciones, servicios de emergencia y sociales que saben cuándo y dónde necesitan ayuda las personas: este tipo de mejoras urbanas son posibles cuando se recopilan datos sobre el comportamiento de las personas y los objetos.

Image: Sidewalk Toronto

El debate sobre el uso ético de los datos personales en el desarrollo cívico afecta a las comunidades locales y los mercados globales, y se intensifica. Ha estado en el centro del experimento de ciudad inteligentede Sidewalk Labs en Toronto, la ciudad donde vivo y trabajo. El proyecto, propiedad de Alphabet Inc., la empresa matriz de Google, se anunció hace 18 meses con una propuesta para construir una ciudad modelo inteligente basada en datos, con un coste de 1.300 millones de dólares, en una parcela de 12 acres frente al mar conocida como Quayside. Desde entonces, se ha visto afectado por dimisiones, despidos, resistencia cívica, acciones legales, y una considerable preocupación pública. Waterfront Toronto, el organismo de los tres niveles de gobierno encargado de supervisar el proyecto, endureció su postura negociadora y el 31 de octubre presionó a Sidewalk Labs para que presentara una oferta con mejores condiciones para los habitantes de Toronto en materia de gobernanza de datos y reparto de beneficios, entre otros asuntos.

Los líderes del sector público y de la comunidad tecnológica de todo el mundo han seguido el proceso. Pero, aunque los representantes de la ciudad de Toronto defendieron su postura y los representantes de Sidewalk Labs escucharon las objeciones del público, sigue pendiente la pregunta fundamental:

¿Cómo pueden las ciudades de todo el mundo beneficiarse de las tecnologías basadas en datos sin sacrificar la privacidad?

¿Paranoia por la privacidad o capitalismo de vigilancia?

Mi trabajo consiste en pensar en el futuro de las ciudades inteligentes. En Toronto, he trabajado con los gobiernos municipal, provincial y federal, empresas emergentes, corporaciones, académicos y activistas cívicos para encontrar soluciones viables a esta difícil cuestión. Juntos hemos podido cartografiar parte del territorio inexplorado entre los extremos polarizadores de la paranoia por la privacidad y el capitalismo de vigilancia.

Estos son algunos desafíos importantes, junto con los primeros indicios de posibles soluciones, que la provocación de Sidewalk Labs ha suscitado entre los expertos en datos de Toronto.

Actualmente es imposible obtener un consentimiento significativo en el espacio público

A diferencia de una aplicación, las calles y los parques no pueden exigir a sus usuarios que marquen una casilla de diálogo aceptando cómo se utilizará su información personal antes de permitirles el acceso. En los espacios públicos donde se recopila información personal —por ejemplo, grabaciones de vídeo que captan los rostros de las personas entre una multitud—, no hay una forma sencilla de que las personas denieguen su consentimiento. La excomisionada de privacidad de Ontario Anne Cavoukian tiene una respuesta: Privacidad desde el diseño, una norma internacional que ella impulsó.

Cuando se minimiza la recopilación de datos y estos se desidentifican en origen (el proceso de anonimizar los datos), el riesgo de vulnerar la privacidad puede reducirse drásticamente. Y cuando no se recopila información personal, no hace falta obtener consentimiento.

Los conocimientos más valiosos requieren acceso a información personal

Desidentificar los datos en origen alivia muchas preocupaciones sobre la privacidad, pero también los despoja de sus detalles más valiosos. Es un poco como construir un potente telescopio para observar el espacio lejano y luego cubrir la lente con vidrio esmerilado. Los profesores de la Universidad de Toronto David Lie y Lisa Austin han propuesto una solución que llaman sitios de intercambio seguro, un tipo de interfaz técnica y jurídica para compartir información personal con protección de la privacidad.

La estrategia que proponen consiste en cifrar la información personal de forma que se puedan realizar consultas sobre los datos cifrados. Los analistas pueden plantear preguntas que relacionen datos personales, pero solo ven resultados anonimizados y agregados. Todas las preguntas y respuestas quedan registradas, lo que crea un rastro de auditoría que permite a los reguladores y los tribunales inspeccionar cómo se han utilizado los datos y sancionar su uso indebido.

Las leyes de privacidad son insuficientes

Las leyes de privacidad vigentes en Canadá se aprobaron entre 1983 y 1990, antes de Google, Facebook, los macrodatos e Internet de las cosas. En otras palabras, nuestras leyes y políticas actuales se basan en principios sólidos, pero necesitan una actualización importante.

Se están revisando las estrategias digitales en los tres niveles del Gobierno de Canadá, pero los cambios normativos son lentos y las tecnologías de las ciudades inteligentes evolucionan mucho más rápido. Kristina Verner, vicepresidenta de Waterfront Toronto, ha propuesto una solución en forma de Directrices para comunidades inteligentes. Inspiradas en los exitosos Requisitos mínimos para edificios ecológicos de Waterfront Toronto, las directrices establecerían una nueva norma para el uso responsable de los datos, que cumpliría y superaría toda la legislación vigente sobre privacidad. Las condiciones de las directrices se elaborarían a partir de las opiniones recabadas en consultas públicas y se harían cumplir mediante el derecho contractual.

Aún no existen instituciones legítimas capaces de gestionar los datos a escala urbana

Tras el escándalo de Cambridge Analytica, los ciudadanos confían mucho menos en que las grandes empresas tecnológicas controlen sus datos. A los defensores de la privacidad también les preocupa que los datos de los ciudadanos se concentren bajo el control del Gobierno, y advierten que esto podría dar lugar a algo parecido al controvertido sistema chino de puntuación del crédito social.

¿Quién decide qué datos se recopilan, con quién se comparten y para qué usos? Mi equipo en MaRS —el mayor centro de innovación de Norteamérica— ha propuesto un nuevo tipo de organización: un fideicomiso digital cívico. Se caracterizaría por su independencia política y financiera, su legitimidad democrática, su deber fiduciario hacia los residentes de la ciudad y su capacidad técnica para compartir datos de forma segura. Los residentes formarían asambleas ciudadanas para deliberar sobre los usos de los datos de la ciudad que se permiten en beneficio público. El fideicomiso digital cívico también garantizaría que los beneficios de los datos de las ciudades inteligentes se distribuyeran equitativamente entre todos.

Puede que no exista una solución milagrosa, pero cada uno de estos primeros indicios de soluciones ha demostrado un potencial inicial. Para aprovechar estos pequeños avances, al menos podríamos recurrir a una especie de perdigonada de plata: una cartera de experimentos pequeños y mutuamente complementarios sobre gobernanza de datos, cada uno de los cuales aborda distintos aspectos del desafío.

Pero no podemos permitirnos disparar primero y hacer preguntas después. Experimentar en las ciudades donde vivimos, trabajamos y disfrutamos del ocio exige las normas éticas más estrictas, un diseño experimental cuidadoso, entornos de prueba donde el fracaso sea seguro, y supervisión y evaluación independientes. Tampoco se pueden llevar a cabo estos experimentos de forma aislada si se quiere resolver el desafío más amplio de la gobernanza de datos.

Las soluciones deben desarrollarse y probarse en conjunto, combinándose con otras soluciones de todo el mundo.

Tan importante como qué se pone a prueba es quién participa. Si Sidewalk Labs nos ha enseñado algo, es que los ciudadanos necesitan desempeñar un papel central en el establecimiento de la agenda y tener un papel significativo en la evaluación de las soluciones de gobernanza de datos. Los gobiernos necesitan más conocimientos especializados en tecnología y mayor capacidad en gobernanza de datos e innovación regulatoria para liderar la configuración de nuestras ciudades futuras. Los promotores deben actuar con una transparencia, apertura y capacidad de respuesta sin precedentes para obtener y mantener la licencia social para operar. La iniciativa Quayside seguirá aportando enseñanzas a las ciudades de todo el mundo a medida que avanza por evaluaciones y consultas hacia una posible aprobación a finales de marzo de 2020, y casi con toda seguridad durante años después.

Una de las conclusiones más importantes podría ser la elaboración de una guía práctica para compartir datos de forma confiable, basada en una campaña coordinada de experimentación cívica, pública y privada.

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