África es la región del mundo que más rápidamente se urbaniza. Para 2050, más de mil millones de personas vivirán en ciudades de todo el continente.
Nigeria es el gigante del crecimiento urbano de África. En 1950, la población urbana de esta nación de África Occidental era inferior a 375 000 personas, repartidas en solo 99 ciudades. Hoy hay casi 100 millones de personas en más de 780 ciudades.
Las aldeas se han convertido en grandes localidades, y las pequeñas ciudades se han transformado en enormes metrópolis. La población de Lagos, por ejemplo, ha pasado de menos de 300 000 habitantes en 1950 a más de 11 millones en la actualidad. Y esa es solo la cifra oficial. Otras estimaciones sitúan la población del área metropolitana más cerca de los 21 millones.
Este rápido crecimiento de la población urbana, impulsado por una masiva migración del campo a la ciudad, ha desbordado los recursos del sector público. También ha obstaculizado la capacidad del sector privado para proporcionar vivienda o empleo. En consecuencia, los habitantes urbanos construyen su propio alojamiento y labran su propio destino económico. La mayoría vive en viviendas informales, en los terrenos más marginales.
Sobreviven en condiciones ambientales precarias y tienen acceso limitado a servicios públicos como agua, alcantarillado, seguridad policial y protección contra incendios. La mortalidad infantil es alta, y sus residentes luchan contra una salud física y mental deficiente.
El empleo informal también es precario, está sujeto a costes impuestos por la corrupción y las bandas criminales, a menudo en malas condiciones laborales y con ingresos inciertos. Dado que la economía informal evade impuestos, el gobierno dispone de muy poco margen financiero para la prestación de servicios urbanos.
Pero Nigeria no es el único país del mundo que enfrenta un problema de urbanización acelerada. Los asentamientos informales albergan casi mil millones de personas en todo el mundo. ¿Qué puede aprender Nigeria de las experiencias de otros?

Qué hacer
En primer lugar, los intentos de “erradicar los barrios marginales”, desplazar comunidades y “limpiar” las ciudades acaban fracasando.
Lamentablemente, estos proyectos continúan a buen ritmo, especialmente cuando las comunidades informales ocupan terrenos de gran valor o emplazamientos donde están previstos grandes desarrollos. En mi libro “The Unequal City: Urban Resurgence, Displacement and the Making of Inequality in Global Cities”, publicado en 2017, analizo los efectos negativos de la erradicación de barrios marginales en ciudades tan diversas como Delhi y Manila. Allí, las políticas de “despeje de barrios marginales” simplemente desplazaron a la población de las zonas centrales a periferias alejadas, lo que a menudo hizo que las comunidades quedaran aún más marginadas en el proceso.
Hoy disponemos de mejores políticas que se centran en la mejora de las comunidades existentes en lugar de en su erradicación.
En segundo lugar, es importante cambiar la narrativa. En realidad, no existe una distinción sencilla entre los sectores formal e informal. Están indisolublemente unidos. Describir las comunidades informales como asentamientos ilegales o de ocupación las devalúa.
Son seres humanos como cualquier otro. De hecho, el urbanismo improvisado de Nigeria y los mil millones de personas que viven en ciudades informales de todo el mundo son un testimonio de su resiliencia, su capacidad de innovación, su sentido de comunidad y su actitud positiva. Sobreviven con poca ayuda de los mercados privados o de los gobiernos.
Estas comunidades representan enormes reservas de esfuerzo, autosuficiencia y prácticas de sostenibilidad. Debemos apoyarnos en su esfuerzo. Una forma de hacerlo podría ser regularizar la propiedad de la tierra en los asentamientos informales. Esto proporcionaría la seguridad que las personas necesitan para mejorar y renovar sus viviendas.
También podríamos facilitar que los vendedores ambulantes de la economía informal dispongan de lugares seguros y protegidos para desarrollar su actividad. El punto de partida es reconocer que las personas que habitan las ciudades informales son la solución, no el problema.
En tercer lugar, debemos desconfiar de los grandes planes promovidos por los donantes de ayuda exterior, los organismos internacionales y los gobiernos centrales. Un estudio sobre un proyecto del Banco Mundial para la mejora de barrios marginales en Nigeria reveló que una parte considerable de los fondos se desvió o se malgastó.
Las iniciativas más pequeñas y locales son mejores. Pueden involucrar a los residentes en la creación de estrategias y en la ejecución de los planes. Las políticas deben adaptarse y diseñarse según las necesidades de las comunidades locales, con una participación continua y efectiva. Existen numerosos ejemplos de programas similares en América Latina, región con una tradición más larga de urbanización informal acelerada.
En cuarto lugar, existe un enorme déficit de infraestructuras en los asentamientos informales de Nigeria. El sector informal debe integrarse de forma más eficaz en los circuitos vitales de la ciudad: suministro de agua potable, energía estable y prestación esencial de servicios de policía, bomberos y atención médica.
En Medellín, Colombia, por ejemplo, una de las estrategias consistió en construir un transporte eficiente que conectara los asentamientos informales de las laderas con el distrito central de negocios, situado en la zona baja. Este tipo de programas integra de forma más estrecha lo informal en lo formal.
Por último, es evidente que existe un papel para el sector privado.
Ya existen empresas privadas dispuestas a invertir en vivienda de bajo coste. Las mejoras tecnológicas hacen que la producción de viviendas sea mucho más rápida y barata. Disponemos de la tecnología de ingeniería para construir una vivienda barata, energéticamente eficiente y sostenible en algo más de dos días. Lo único que necesitan las personas de bajos ingresos son mecanismos de financiación de vivienda accesibles.
De cara al futuro
Un compromiso a largo plazo para convertir los asentamientos informales en comunidades habitables implica garantizar la seguridad, mejorar las infraestructuras y crear vínculos sólidos entre las ciudades informales y las formales.
También implica un compromiso con la planificación participativa, la apertura a la experimentación de políticas y la conciencia de que un único gran plan no puede resolverlo todo.
Los asentamientos informales no son un problema temporal. Son una parte vital de las ciudades globales. No hay una solución sencilla ni un remedio rápido. Vivimos en un mundo urbano en el que convertir lo improvisado e informal en algo habitable y sostenible es nuestro mayor desafío.

