Está surgiendo una nueva economía de la resiliencia, en la que el impacto medible, el crecimiento inclusivo y la colaboración estratégica permiten aprovechar plenamente los beneficios de la resiliencia.
Ciudades como Nueva York, Los Ángeles y Ciudad del Cabo están convirtiendo la planificación de la resiliencia en un motor de inversión y vinculando la acción climática con el crecimiento económico inclusivo.
Las alianzas intersectoriales están transformando el riesgo climático en oportunidad y promoviendo modelos basados en datos y preparados para recibir financiación, que fortalecen tanto las infraestructuras como las comunidades.
A medida que se intensifican los fenómenos climáticos extremos —que provocan más de 300.000 millones de dólares en pérdidas anuales en todo el mundo—, las ciudades y las empresas reconocen que la resiliencia representa una importante oportunidad de mercado.
En los países de ingresos bajos y medianos, construir infraestructuras resilientes y con bajas emisiones de carbono requerirá hasta 821.000 millones de dólares anuales hasta 2050 para proteger billones en valor futuro.
El sector privado está respondiendo: las tecnologías y los servicios de resiliencia climática podrían atraer más de 1 billón de dólares de capital privado para 2030 en ámbitos como las infraestructuras, la agricultura y la gestión del agua.
En Estados Unidos, solo un tercio de las pérdidas por desastres está asegurado, lo que deja expuestas a las comunidades y los gobiernos. Casi una de cada cinco viviendas —con un valor estimado de 8 billones de dólares — afronta un grave riesgo de huracán sin protección adecuada. Estas brechas de protección cada vez mayores agravan la volatilidad fiscal y financiera.
Cada dólar invertido en resiliencia puede generar rendimientos diez veces mayores gracias a las pérdidas evitadas, la creación de empleo y el fortalecimiento de las economías locales. Los principales inversores ya consideran la adaptación una nueva clase de activos que protege el valor y genera rendimientos.
Los principales inversores ya integran la adaptación climática en sus carteras y consideran la resiliencia una nueva clase de activos que protege el valor y genera rendimientos.
Al armonizar los incentivos de las ciudades, los inversores, las aseguradoras y los promotores, está surgiendo un mercado mundial de resiliencia.
«No se trata solo de fortalecer las infraestructuras», afirmó Lina Liakou, directora general de Resilient Cities Network. «Al diseñar carteras de resiliencia que atraen capital privado, hacemos que la resiliencia sea práctica, medible y financiable».
«La magnitud del riesgo climático es sencillamente demasiado grande para que una ciudad o empresa pueda afrontarlo por sí sola», afirmó Jeff Merritt, director de Transformación Urbana del Foro Económico Mundial.
«Hará falta una colaboración profunda —entre sectores y regiones geográficas— para movilizar la inversión, la innovación y las alianzas necesarias para construir sistemas resilientes que fortalezcan tanto a las comunidades como la competitividad».
La necesidad imperiosa de cambiar la trayectoria del riesgo
La intensificación de las amenazas climáticas y el aumento de las pérdidas financieras hacen más urgente reducir tanto la exposición física como la fiscal a los fenómenos climáticos extremos.
Desde San Francisco hasta el sur de Florida, los cambios en la dinámica climática están transformando las economías locales, sometiendo las infraestructuras a presión y exponiendo la fragilidad de los sistemas mundiales de gestión del riesgo. Sin medidas para contenerlo, el riesgo climático pronto será imposible de asegurar, inasequible e insostenible.
En el sector de los seguros, crear modelos de riesgo sostenibles ante la intensificación de los fenómenos climáticos exige colaboración intersectorial, que vincule la planificación municipal, las finanzas públicas, la innovación financiera y la modelización del riesgo para permitir una adaptación proactiva en lugar de una recuperación reactiva.
Sin embargo, la solución tiene varias dimensiones. Las normas de zonificación, las decisiones sobre el uso del suelo y los estándares de construcción determinan si las comunidades pueden resistir los fenómenos extremos y recuperarse de ellos.
Es alentador que nuevas alianzas estén demostrando avances. El Insurance Institute for Business and Home Safety, por ejemplo, colabora con responsables políticos y el sector para desarrollar normas de construcción basadas en la ciencia que reduzcan las pérdidas causadas por vientos fuertes, granizo e incendios forestales.
Las aseguradoras actúan cada vez más como aliadas de la resiliencia y desarrollan productos que premian el diseño adaptado al clima e incentivan la prevención.
Asimismo, un informe técnico publicado recientemente por Resilient Cities Network en colaboración con Tokio Marine, Bajo presión y con retraso: el enfoque de cartera y la financiación de la resiliencia de las ciudades, destaca la creciente convergencia entre las aseguradoras y los líderes municipales. Advierte que, sin un cambio importante en la forma en que las ciudades financian la resiliencia, muchas corren el riesgo de sufrir un declive económico y una retirada de inversiones.
El informe recomienda un «enfoque de cartera» que vincule la planificación de la resiliencia con la movilización estratégica de capital, para que las ciudades puedan construir y mantener de forma proactiva proyectos de resiliencia esenciales, aunque insuficientemente financiados.
«Los seguros deben ir más allá de los pagos de indemnizaciones», afirmó Brad Irick, director ejecutivo y codirector de la división internacional de Tokio Marine Holdings. «Al colaborar con las ciudades desde el principio, podemos contribuir a valorar y reducir el riesgo, movilizar capital y proteger la competitividad económica a largo plazo».
De la gestión de crisis a la movilización de capital
Las ciudades están pasando de responder a los desastres de forma reactiva a planificar proactivamente la resiliencia con proyectos preparados para recibir inversiones.
La experiencia mundial demuestra que la resiliencia depende de movilizar capital, no solo para protegerse frente a las pérdidas, sino también como motor del crecimiento económico sostenible.
En la ciudad de Nueva York, el huracán Sandy catalizó un nuevo enfoque de financiación de la resiliencia. El año pasado, el Departamento de Protección Ambiental convocó un grupo de trabajo sobre financiación de la resiliencia, con partes interesadas del sector público y privado, para dar prioridad a proyectos de inversión resilientes y financiar el mantenimiento continuo.
Las recomendaciones del grupo de trabajo han llevado a la ciudad a estudiar la modelización del valor en riesgo y evaluar distintos enfoques de captura de valor que armonicen los incentivos de los seguros con la reducción del riesgo en toda la ciudad.
Para contribuir a esta labor, la ciudad participa en Global Risk and Resilience Fellowship, una colaboración entre Resilient Cities Network, Howden Insurance y el conjunto más amplio de Sustainable Markets Initiative Insurance Task Force, que conecta a profesionales del sector de los seguros con altos cargos municipales para desarrollar soluciones de transferencia de riesgos que fortalezcan la resiliencia.
La Fellowship ya se ha asociado con 12 ciudades de todo el mundo, entre ellas Norfolk, Oakland, Glasgow, La Haya, Lagos y Ciudad del Cabo.
En el condado de Los Ángeles, las alianzas entre el gobierno local, las empresas de servicios públicos y los proveedores de tecnología están conectando la gestión de los incendios forestales, la seguridad hídrica y la adaptación climática equitativa.
Ciudad del Cabo ha incorporado la resiliencia a la planificación estratégica, la gestión de proyectos y la toma de decisiones financieras. Para movilizar capital, vincula los datos sobre infraestructuras, prestación de servicios y recaudación de ingresos con herramientas de financiación como los bonos verdes y las alianzas con bancos de desarrollo, al tiempo que mantiene flexibilidad en toda su cartera.
En el condado de Broward, Florida, la vulnerabilidad climática ante los huracanes y el aumento del nivel del mar ha impulsado una estrategia de resiliencia proactiva y basada en datos.
Bajo la dirección de su responsable de resiliencia, el condado ha integrado evaluaciones técnicas de riesgos, participación de las partes interesadas y análisis de costes y beneficios en la planificación de infraestructuras como depósitos de aguas pluviales, bombas y diques elevados. También las ha vinculado con las finanzas municipales y los mercados de seguros para que los proyectos de adaptación climática sean eficaces y atractivos para la inversión.
«Estaba claro que, aunque la comunidad empresarial apoyaba en general la planificación de la resiliencia, su capacidad para respaldar un plan a gran escala que requiriera una financiación considerable dependería de que el condado pudiera elaborar un plan que cumpliera los objetivos relativos al riesgo de inundación y los indicadores económicos», según la Dra. Jennifer Jurado, responsable de resiliencia del condado de Broward, Florida.
La evolución de la relación del sector privado con el riesgo climático
En todos los sectores, el sector privado está redefiniendo su relación con el riesgo climático: está pasando de gestionar las pérdidas a reducir el riesgo y crear valor a largo plazo.
Las aseguradoras actúan cada vez más como aliadas de la resiliencia y desarrollan productos que premian el diseño adaptado al clima e incentivan la prevención. Entre ellos figuran descuentos en las primas para edificios resilientes, cobertura vinculada a medidas de adaptación verificadas y alianzas que ayudan a las ciudades a valorar y mitigar el riesgo desde el principio.
Por ejemplo, State Farm’s California Wildfire Resilience Partnership ayuda a los propietarios de viviendas a reconstruir y adaptar sus propiedades para que cumplan estándares más exigentes de resiliencia frente a incendios, proporcionándoles apoyo financiero y orientación sobre medidas preventivas.
Asimismo, la adquisición de Integrated Design & Engineering Holdings Co., Ltd por parte de Tokio Marine permite a la aseguradora integrar conocimientos de ingeniería en la modelización del riesgo, lo que ayuda a las ciudades y las empresas a diseñar infraestructuras resilientes al clima y reducir las posibles pérdidas antes de que se produzcan desastres.
Los inversores también consideran la resiliencia una clase de activos medible. Mediante la financiación combinada, los bonos de resiliencia y los fondos de impacto, movilizan capital para proyectos que fortalecen las infraestructuras, protegen las cadenas de suministro y estabilizan las economías locales.
Los instrumentos de financiación estructurada, como los que ofrece Vermont Bond Bank, permiten a municipios pequeños acceder a capital para la adaptación mediante instrumentos mancomunados y enfoques de cartera, y estudiar herramientas emergentes como los seguros paramétricos, que atraen a inversores privados y reducen los costes de endeudamiento.
Los promotores y responsables de infraestructuras incorporan medidas de protección climática a los proyectos urbanos mediante diseños resilientes a las inundaciones, infraestructuras verdes y un uso adaptable del suelo, lo que mejora tanto la viabilidad financiera como los resultados para las comunidades.
El Urban Climate Resilience Programme, dirigido por la Fundación Zurich, ejemplifica esta colaboración: trabaja en nueve países para ayudar a las comunidades urbanas que afrontan riesgos de calor extremo e inundaciones, y vincula la acción local con objetivos mundiales de resiliencia.
Un llamamiento a la acción colectiva: preparación para la resiliencia urbana
La preparación para la resiliencia consiste en generar beneficios medibles, movilizar financiación mediante la colaboración con aseguradoras y promotores, integrar datos sólidos en las decisiones de inversión y priorizar cadenas de suministro e infraestructuras resilientes capaces de resistir y adaptarse a futuros fenómenos extremos.
Lo que está en juego no podría ser más importante. Los riesgos climáticos aumentan, al igual que las oportunidades de crear soluciones urbanas financiables y orientadas al impacto.
Para hacer realidad los beneficios de la resiliencia se necesita acción colectiva: colaboración entre sectores, innovación en financiación y gobernanza, y un compromiso compartido para convertir la planificación en flujos de capital que fortalezcan a las comunidades y las economías locales.
El Foro Económico Mundial y Resilient Cities Network colaboran a través de sus redes mundiales de ciudades y sectores industriales para movilizar inversión privada destinada a la resiliencia urbana. Durante la Cumbre de Transformación Urbana de octubre, responsables municipales, aseguradoras, inversores y promotores analizaron nuevos modelos para cerrar la brecha anual de inversión en resiliencia, de 4,3 billones de dólares, y convertir la adaptación climática en un motor de competitividad a largo plazo.

