El debate público sobre el cambio climático y la infraestructura suele tratar estas dos cuestiones como si fueran independientes. Ha llegado el momento de empezar a considerarlas como una sola. Muchas de las soluciones a la crisis climática tienen que ver con las decisiones en materia de infraestructura, ya que el desarrollo de infraestructuras puede o bien impulsar nuestros avances para hacer frente al cambio climático, o bien perjudicarlos.
Los activistas por el clima suelen perder fuerza cuando parecen pedir acciones individuales –conducir menos, volar menos, comer menos carne–, cuando en realidad solo la acción colectiva marcará la diferencia.
Hacer frente al cambio climático exigirá una acción internacional masiva, país por país, y las herramientas están claras: los impuestos al carbono, que proporcionan indicadores de precios que orientan el comportamiento, y la infraestructura física, que facilita y orienta el comportamiento de la manera adecuada.
Los líderes gubernamentales de todo el mundo hablan de la infraestructura como si fuera totalmente positiva y como si necesitáramos muchísima más. Solo tienen razón a medias. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos construyó un vasto sistema de autopistas interestatales y luego descuidó sus sistemas ferroviarios de pasajeros y de mercancías. Esto no fue casualidad. La industria automovilística estadounidense trabajó con el Gobierno federal de EE. UU. para promover la conducción y lo logró mediante la instalación de infraestructuras que la facilitaban. Este legado forma parte del desafío al que se enfrenta Estados Unidos hoy.
Cuando los políticos de todo el mundo hablan de infraestructura, suelen mencionar carreteras y puentes: dos temas predilectos. Y su ciudadanía lo entiende. Son muy visibles y fáciles de comprender. Pero ¿necesitamos más carreteras y puentes? Probablemente sea lo contrario, al menos en el mundo desarrollado.
Para hacer frente al cambio climático necesitaremos más y mejores sistemas de transporte público que saquen a la gente de sus coches y que fomenten una mayor densidad de población en las zonas urbanas, con el fin de reducir la distancia que las personas deben recorrer para ir al trabajo. Esto requerirá más infraestructuras urbanas, como el abastecimiento municipal de agua, los parques urbanos y las zonas recreativas, y los centros culturales, como los museos, para mejorar la calidad de vida urbana.
La producción y el consumo de energía son, por supuesto, temas centrales en el debate sobre el cambio climático, pero las alternativas se utilizan como frases lapidarias y se pierde de vista el verdadero problema de fondo. La producción y el consumo de energía están impulsados por una infraestructura global que los sustenta. Si se cambia la infraestructura, todo cambiará.
El tema más evidente, y la frase lapidaria habitual, es la energía renovable: eólica y solar frente a combustibles fósiles. Esto es bastante cierto, pero, independientemente del número de parques solares o de paneles instalados en tejados, no llegaremos a ninguna parte hasta que las grandes naciones construyan líneas de transmisión que lleven esa energía a sus usuarios e instalen tecnología de red inteligente que permita integrar las instalaciones distribuidas en tejados en sus redes.
De igual modo, por muy sofisticados y/o baratos que lleguen a ser los coches eléctricos, no pasarán de ser una curiosidad hasta que existan estaciones de carga de alta velocidad en las redes viarias de las naciones más pobladas y en todas las zonas densamente pobladas para respaldar su uso.
La captura de carbono es otro ámbito en el que la infraestructura marcará la diferencia, al recoger el CO2 producido por industrias como la manufacturera, la producción de acero y la química, incluidos los fertilizantes para uso agrícola, e inyectarlo en acuíferos profundos del subsuelo. Para lograrlo a gran escala se necesitarán vastos sistemas de oleoductos y gasoductos y zonas de almacenamiento. Sin captura de carbono, independientemente de cómo produzcamos y consumamos energía, nunca nos acercaremos a las emisiones cero.
Las respuestas al cambio climático y la cuestión de la infraestructura no coinciden al 100 %. Además de la fijación de precios del carbono, la investigación y el desarrollo desempeñarán un papel importante para hacer frente al cambio climático. También existen necesidades de infraestructura independientes, como el agua potable, que no guardan relación con el cambio climático. Pero la superposición es tan grande que resulta absurdo considerar estas cuestiones como distintas.
Además, abordar la infraestructura desde la perspectiva del cambio climático aporta el elemento más necesario en el debate sobre infraestructuras: una finalidad política. Limitarse a decir “más” es peor que insuficiente. Cuando sugiere más de lo mismo, sencillamente está equivocado.
Abordar el debate sobre el cambio climático desde la perspectiva de la infraestructura desplaza la discusión de las cuestiones de elección personal y pone de relieve que lo que se requiere es una acción gubernamental masiva. Hacer frente al cambio climático no es como conseguir que la gente deje de tirar basura. Se trata de una modificación masiva, impulsada por los gobiernos a escala mundial, de la forma en que todos vivimos. Trata sobre todo de la infraestructura que construiremos.


