Se prevé que las enfermedades no transmisibles representen el 77 % de la carga mundial de morbilidad en 2030.
Las cardiopatías son el tipo más común y son responsables del 44 % de todas las muertes relacionadas con esta categoría.
Un nuevo estudio ha analizado cómo la urbanización aumenta los riesgos de estas enfermedades.
Según sus conclusiones, el 20 % de las muertes podría evitarse si las ciudades se diseñaran para cumplir las recomendaciones sobre actividad física, contaminación atmosférica, ruido, calor y espacios verdes.
Para 2050, el 70 % de la población mundial vivirá en ciudades.
Para 2050, se prevé que casi el 70 % de la población mundial vivirá en ciudades, frente al 55 % actual. El crecimiento urbano más rápido se produce en Asia y África, que también es donde se observa un rápido aumento de personas que padecen y mueren de cardiopatías.
El impacto de las enfermedades no transmisibles en la salud de la población mundial va en aumento. Las enfermedades no transmisibles son aquellas que no se transmiten directamente de una persona a otra. Para 2030, los científicos prevén que representarán el 77 % de la carga mundial de morbilidad. Las enfermedades cardiovasculares o cardiopatías son el tipo más común y son responsables del 44 % de todas las muertes relacionadas con esta categoría.
Nueva investigación del Centro Médico Universitario de Maguncia (Alemania) analiza cómo la urbanización agrava los riesgos de estas enfermedades. Cada vez hay más jóvenes que se concentran en las ciudades del mundo. Su salud futura está en riesgo. ¿Puede aprovecharse la planificación urbana para proteger su salud?
Un problema creciente
El estudio de Maguncia sintetiza las pruebas existentes sobre el impacto de varios riesgos ambientales urbanos. Entre ellos se incluyen la contaminación atmosférica (más de la mitad de las muertes mundiales por contaminación atmosférica se deben a enfermedades cardiovasculares); el ruido del tráfico (que contribuye al riesgo de enfermedades metabólicas al aumentar los niveles de hormonas del estrés, la frecuencia cardíaca y la presión arterial); y la contaminación lumínica nocturna (asociada a cambios en el ritmo circadiano, que se relaciona con afecciones como la obesidad y las cardiopatías).
El estudio destaca a continuación cómo están relacionados la salud humana y el cambio climático, y qué puede hacerse para ayudar. La infraestructura urbana se destruye y las poblaciones resultan perjudicadas por los efectos de los fenómenos meteorológicos extremos, las inundaciones y el estrés por calor.
Los expertos denominan a esta interrelación entre la salud humana y el bienestar de los sistemas naturales de los que dependemos como salud planetaria. Cada vez se considera un principio rector que debe orientar todas las políticas urbanas.
Planificación urbana saludable
Construir ciudades pensadas para los coches y la expansión urbana desordenada fomenta el uso del automóvil, la congestión del tráfico, la contaminación atmosférica y el ruido. El resultado es un aumento del estrés, de los traumatismos por accidentes de tráfico y del sedentarismo, así como un peor estado de salud general y más muertes.
De ello se deduce que necesitamos mejores diseños para nuestras ciudades. Las investigaciones han demostrado, por ejemplo, que el 20 % de todas las muertes podría evitarse si las ciudades se diseñaran para cumplir las recomendaciones sobre actividad física, contaminación atmosférica, ruido, calor y espacios verdes.
Los autores de Maguncia han identificado cuatro modelos urbanos que pueden describirse como saludables. El primero es la ciudad compacta: de alta densidad, con transporte público directo y abundantes espacios verdes. Melbourne se está transformando actualmente siguiendo estas pautas.
El segundo modelo es la ciudad de superilla. En este caso, las manzanas están delimitadas por vías arteriales, dentro de las cuales los peatones y los ciclistas tienen prioridad y solo se permite el tráfico residencial, con un límite máximo de velocidad. En Barcelona, se calcula que la planificación urbana de este modo evitaría casi 700 muertes prematuras al año por contaminación atmosférica, ruido del tráfico rodado y calor.
Por su parte, la ciudad de 15 minutos, ha recuperado recientemente popularidad como medio para reconstruir tras la pandemia. Aquí, la idea –– con la que Anne Hidalgo, alcaldesa de París, vinculó su campaña de reelección de 2020 –– es que todos los residentes puedan satisfacer fácilmente sus necesidades básicas (la compra de alimentos, el trayecto al colegio) a una distancia de 15 minutos a pie o en bicicleta desde su hogar.
Por último, el modelo de ciudad libre de automóviles, del que el barrio de Vauban de Friburgo (Alemania) es un ejemplo exitoso, reduce el tráfico privado innecesario y facilita el acceso al transporte activo y público.
Los cuatro modelos están diseñados para fomentar el transporte activo y reducir al mínimo el uso del automóvil. Esto, a su vez, reduce la contaminación atmosférica, el ruido y el calor, y aumenta la actividad física, lo que mejora la salud cardiovascular.
Aunque son loables, estos modelos no tienen en cuenta la expansión urbana desordenada que caracteriza a las ciudades que crecen con mayor rapidez en todo el mundo. Sin una debida consideración de los contextos históricos y coloniales de la segregación espacial, como ocurre, por ejemplo, en los centros urbanos de Sudáfrica, la ciudad de 15 minutos podría agravar sin pretenderlo la desigualdad espacial.
Asimismo, las formas informales en que los residentes de estas ciudades se apropian del entorno construido requieren enfoques diferentes para promover la vida activa. En Indonesia, Colombia, Ruanda y Nigeria, por citar algunos ejemplos, cada vez más personas aplican programas temporales, como los días sin coches, para fomentar la vida activa. Estas iniciativas creativas son fundamentales, al igual que lo es investigar de forma rigurosa los beneficios para la salud que aportan.
Asumir la complejidad
Para abordar la complejidad de la relación entre las enfermedades no transmisibles y la exposición ambiental, el estudio de Maguncia propone lo que se conoce como un enfoque del exposoma. El exposoma se define como la totalidad de las exposiciones ambientales procedentes de diversas fuentes.
Factores como la contaminación atmosférica, los espacios verdes y la vivienda están, evidentemente, todos interconectados. Considerarlos como factores que contribuyen de formas distintas e interrelacionadas a nuestras exposiciones urbanas puede ayudar a comprender cómo, en conjunto, provocan problemas de salud y cómo el nivel socioeconómico influye en la magnitud de su impacto.
El estudio identifica varias lagunas de conocimiento, entre ellas la necesidad de mejores medidas para evaluar las exposiciones ambientales y de una mayor participación ciudadana que garantice que dichas evaluaciones reflejen las experiencias reales de las personas. Sin embargo, y es un punto crucial, no aborda el hecho de que los modelos existentes están centrados en Occidente.
La urbanización que tiene lugar en Asia y África es muy distinta de la que sustenta las ciudades de Europa y Norteamérica. Un estudio de 2014 sobre los factores del entorno construido y la actividad física entre los adolescentes de Nigeria, por ejemplo, demostró que los desplazamientos activos (a pie y en bicicleta) de niñas y mujeres eran mal vistos. Por ello, las recomendaciones deben tener en cuenta las normas culturales y sociales específicas, para evitar que se amplíen las desigualdades sanitarias y sociales.
En definitiva, ya se trate de nuestro transporte, nuestras fuentes de energía o nuestras opciones de vivienda, existe una necesidad urgente de considerar todos los factores urbanos que afectan a nuestro bienestar. Hacerlo situaría a los diseñadores y planificadores urbanos como profesionales de la salud de facto, con la responsabilidad inherente de proteger la salud humana y planetaria.

