La COVID-19 ha alterado la vida urbana, y los centros de las ciudades son ahora mucho más tranquilos.
La pandemia brinda una oportunidad para mejorar la vida en las ciudades.
Barcelona ofrece un ejemplo de cómo las zonas urbanas pueden transformarse para reducir la contaminación y aumentar el acceso a espacios verdes.
Los confinamientos y las restricciones introducidos para controlar la propagación de la COVID-19 han provocado enormes cambios en la vida urbana. Los centros de las ciudades, antes muy concurridos, siguen vacíos, relegados en favor de zonas suburbanas o rurales, donde es más fácil mantener la distancia social y el contacto con la naturaleza es abundante.
La puesta en marcha de las vacunas ofrece esperanza de una recuperación parcial de la normalidad en las ciudades. Sin embargo, el impacto de la COVID-19 podría prolongarse mucho más.
En particular, la pandemia ha demostrado lo perjudiciales que pueden ser la congestión, la contaminación y la falta de espacios verdes, incluido el modo en que estos factores han contribuido a la gravedad del sufrimiento de los habitantes de las ciudades. Tenemos la oportunidad de mejorar la vida en las ciudades.
Barcelona ofrece un ejemplo de cómo las zonas urbanas pueden transformarse para reducir la contaminación y aumentar el acceso a espacios verdes.
La ciudad fue pionera en el concepto de superbloques, introducido por primera vez en 2016, como parte de la planificación urbana verde. Los superbloques son barrios de nueve manzanas. El tráfico se restringe a las vías principales que rodean los superbloques, dejando las calles interiores para peatones y ciclistas.
Recientemente, se han anunciado nuevos planes para ampliar las zonas verdes en el distrito central de la ciudad, el Eixample. Se trata de una importante ampliación de las zonas de tráfico reducido, que da prioridad a peatones y ciclistas para reducir la contaminación y crear espacios verdes.
El nuevo plan abarcará 21 calles y dispondrá de espacio para 21 nuevas plazas peatonales en las intersecciones. Al menos el 80 % de cada calle estará sombreada por árboles en verano, y el 20 % no estará pavimentado. Un concurso público en mayo de 2021 decidirá el diseño final.
El objetivo del plan es garantizar que ningún residente se encuentre a más de 200 metros de un espacio verde.
La creación de espacios verdes urbanos como estos ofrece numerosos beneficios. Entre ellos, una mejora de la calidad del aire y de los niveles de ruido en las calles libres de coches, y una reducción de los niveles de dióxido de nitrógeno (NO₂) procedentes del tráfico rodado. La exposición a niveles elevados de NO₂ puede provocar una serie de problemas respiratorios.
Se ha demostrado que los espacios verdes mejoran la salud mental, además de reducir el riesgo de obesidad y diabetes –afecciones que aumentan significativamente la vulnerabilidad a la COVID-19.
La COVID-19 ha reforzado aún más los argumentos a favor de la planificación urbana verde. Sin embargo, estos planes pueden tener un coste.
Barreras para las ciudades verdes
Un efecto negativo particular de las zonas verdes podría ser una elevada demanda de vivienda, que daría lugar a subidas posteriores de los precios de la propiedad. Esto puede provocar gentrificación y desplazamiento de residentes y empresas locales. Hay que asegurarse de que las viviendas sigan siendo asequibles y de que las zonas verdes urbanas no se conviertan en enclaves exclusivos.
Los confinamientos por la COVID-19 pusieron de manifiesto la diferencia en las condiciones de vida a las que se enfrentan los habitantes de las ciudades. Las iniciativas verdes deben funcionar para todos los grupos socioeconómicos y no deben agravar las desigualdades existentes.
Además, mientras que los centros urbanos suelen ser el foco de las iniciativas de ecologización, los suburbios y otras zonas periféricas también requieren atención. El objetivo es reducir la dependencia del carbono en su conjunto, y no trasladarla de una zona a otra ni de un sector a otro.
El plan también debería incluir medidas para hacer que el transporte privado y público sea totalmente ecológico. Esto podría incluir la sustitución de los sistemas de transporte que producen carbono por vehículos de cero emisiones, y la provisión de infraestructuras suficientes, como carriles exclusivos y estaciones de carga para vehículos eléctricos.
Las ciudades difieren enormemente en su aspecto, forma y funcionamiento. No existe una solución única para todas. Si otras ciudades deciden seguir el modelo de Barcelona, deben considerarse cuidadosamente los problemas locales. Los superbloques funcionan muy bien en un sistema de cuadrícula ordenado, como el del centro de Barcelona. Sin embargo, muchas ciudades no tienen un sistema de cuadrícula bien diseñado.
No obstante, los principios de los barrios verdes, respetuosos con el medio ambiente, sin coches o con tráfico restringido pueden adoptarse en cualquier ciudad. Entre los ejemplos de iniciativas se encuentran los barrios de tráfico reducido en Londres, la iniciativa de la «ciudad de 15 minutos» en París, o los planes de Manchester para un ciudad de 15 minutos casco urbano céntrico de cero emisiones de carbono.
Al adoptar este tipo de intervenciones, es importante tener en cuenta las necesidades diarias de los ciudadanos para evitar imponerles cargas adicionales. Si se limita el tráfico motorizado, deben considerarse la disponibilidad de transporte público, una infraestructura segura para caminar y circular en bicicleta, así como una estructura viaria adecuada para los servicios esenciales o las entregas.
Se necesita una inversión de capital considerable para respaldar estos planes. Se prevé que el plan de Barcelona cueste 38 millones de euros (34 millones de libras). Se requerirá mucho más si se quiere extender a más zonas. Las ciudades del mundo en desarrollo y los países más pobres no pueden permitirse semejantes sumas. Además, la COVID-19 ha dejado a varias ciudades cargadas de una enorme deuda.
Las iniciativas de ciudades verdes deben ser a largo plazo y crearse con el apoyo de la población local. El reconocimiento de los beneficios de una vida verde y el apoyo informado a los proyectos favorecerán cambios de comportamiento positivos por parte de los ciudadanos.
