Los grandes eventos, como los Juegos Olímpicos o la Copa Mundial de la FIFA, pueden beneficiar a las ciudades anfitrionas al impulsar mejoras en la infraestructura, el espacio público y la resiliencia climática.
Los buenos resultados urbanos suelen configurarse mediante una participación significativa de las comunidades locales, pero esta a menudo se reduce a un ejercicio performativo.
Bien planteadas, estas alianzas pueden determinar qué se construye, cómo se ejecuta y quién se beneficia a largo plazo tras la organización de un gran evento deportivo.
¿Y si el verdadero legado de organizar un gran evento, como los Juegos Olímpicos o la Copa Mundial de la FIFA, no fuera lo que se construye, sino cómo aprende una ciudad a trabajar?
Los buenos resultados urbanos rara vez se producen por casualidad. Cuando las ciudades los logran, suelen configurarse mediante una participación significativa de las comunidades y organizaciones más cercanas a las necesidades locales.
En ámbitos como el transporte, la vivienda, el espacio público, la resiliencia climática y la revitalización de barrios, la participación comunitaria se reconoce ya ampliamente como parte de una planificación y una ejecución eficaces.
Sin embargo, existe una brecha considerable entre los principios y la práctica. Con demasiada frecuencia, la participación comunitaria se reduce a un ejercicio performativo: consultas puntuales, sesiones de retroalimentación en fases avanzadas o acciones de divulgación meramente procedimentales que apenas influyen en decisiones ya en marcha.
Los grandes eventos deportivos ofrecen una oportunidad poderosa para reequilibrar esa relación. Concentran la atención política, la inversión, los plazos y el escrutinio público, lo que crea una ocasión excepcional para que las ciudades y las organizaciones comunitarias trabajen juntas de otra manera.
Si se abordan de forma intencionada, estos momentos pueden llevar la participación comunitaria más allá de la mera apariencia y convertirla en una alianza genuina. Bien planteadas, estas alianzas pueden determinar qué se construye, cómo se ejecuta y quién se beneficia a largo plazo.
Las comunidades como socios en la construcción de la ciudad
La mayoría de las ciudades comprenden la importancia de la participación comunitaria para cumplir los requisitos procedimentales. Son menos las que incorporan las voces comunitarias en la definición compartida de prioridades, en la gobernanza o en la ejecución.
En cambio, el “teatro de la participación”, que se desarrolla cuando la dirección principal ya está definida, genera una brecha persistente entre la ambición institucional y la experiencia vivida. Estas prácticas erosionan la confianza, pero también evidencian una falta de visión estratégica: muchas ciudades ya cuentan con organizaciones comunitarias consolidadas, con un profundo conocimiento local, relaciones de confianza y una capacidad probada para impulsar cambios sobre el terreno.
Algunos grupos llevan décadas arraigados en los barrios y estas organizaciones ya están impulsando resultados sociales, económicos y climáticos a escala local. Sin embargo, con demasiada frecuencia siguen al margen de la planificación y la ejecución de los grandes eventos, en lugar de integrarse en los sistemas que determinan sus resultados.
Tratar a las comunidades como socios a largo plazo exige plantearse otro tipo de preguntas, como cuándo deben participar, dónde debe residir la autoridad y cómo pueden gobernarse las prioridades compartidas a lo largo del tiempo.
Las organizaciones comunitarias operan a una escala que favorece la agilidad y la innovación. Las iniciativas a nivel de barrio pueden poner a prueba nuevas políticas, ensayar modelos de colaboración y experimentar con tecnologías emergentes de formas que las grandes instituciones a menudo no pueden, y las fórmulas que funcionan pueden replicarse en ciudades de todo el mundo.
Esta lógica es central en el marco Barrios Verdes y Prósperos (GTN) de Arup, que subraya la importancia de los enfoques centrados en las personas y a escala de barrio como elementos básicos para ciudades más sanas y resilientes. También pone de relieve que los retos más complejos de las ciudades no pueden abordarse únicamente mediante una planificación de arriba abajo.
Los grandes eventos ofrecen una prueba práctica de este enfoque: ¿pueden las ciudades aprovechar los momentos de mayor urgencia e inversión no solo para construir infraestructuras, sino también para crear sistemas de colaboración más sólidos y duraderos?
Por qué organizar grandes eventos importa a las ciudades anfitrionas
Los megaeventos actuales se desarrollan a una escala sin precedentes. Los Juegos de París 2024 llegaron a una estimación de cinco mil millones de espectadores en todo el mundo, mientras que las comunidades locales afrontaron presiones derivadas del aumento de visitantes, la complejidad logística y el escrutinio público.
Las ciudades y sus comunidades cada vez entienden más que la visibilidad global y el impulso económico a corto plazo ya no bastan para justificar el coste de organizar un evento. Crece la expectativa de que los grandes eventos generen un valor social, económico y medioambiental duradero para los residentes.
Cuando se utilizan de forma intencionada, los momentos de organización de un evento pueden acelerar infraestructuras planificadas desde hace tiempo, abrir paso a nuevas fórmulas de gobernanza y poner a prueba modos de trabajo más sistémicos. Y, sobre todo, pueden reducir las barreras para una colaboración más profunda entre las agencias municipales, los organismos deportivos y las organizaciones comunitarias, siempre que esas alianzas se construyan desde el principio.
La oportunidad no consiste simplemente en entregar proyectos más rápido, sino en fortalecer la capacidad cívica necesaria para sostener el progreso en los años venideros.
Los megaeventos recientes ofrecen ejemplos instructivos de cómo esto puede desarrollarse de forma más productiva.
Los Juegos de la Commonwealth de 2022 de Birmingham demostraron qué es posible cuando la participación comunitaria no solo se recaba, sino que se utiliza para orientar las decisiones desde el principio. Antes de los Juegos, el Estadio Alexander era una modesta instalación de atletismo con 7.000 asientos en un barrio del noroeste de Birmingham destinado a la regeneración.
Las decisiones de planificación y diseño de su remodelación incorporaron a los residentes en varias fases, impulsando una inversión más amplia en la movilidad a pie, en bicicleta y en el transporte público, y dejando tras de sí no solo un recinto transformado, sino un estadio de casi 18.000 plazas que hoy da servicio a deportistas y comunidades durante todo el año.
Los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de París 2024 demostraron una dimensión distinta. La ciudad se benefició de una inversión planificada desde hace tiempo en una red ferroviaria de 46.700 millones de dólares, que mejoró la conectividad entre el centro urbano y los barrios periféricos, antes poco atendidos. Los Juegos no originaron estas ambiciones, pero contribuyeron a acelerar su ejecución y dieron mayor visibilidad a objetivos más amplios en torno a la vivienda y la renovación económica.
Los Ángeles, en plena organización de una sucesión de grandes eventos o eventos de alcance mundial, entre ellos los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de 2028, está haciendo ambas cosas simultáneamente. Las agencias públicas se han asociado con LA28 para organizar unos Juegos centrados en el transporte público, acelerando más de 40.000 millones de dólares en transporte sostenible.
Por su parte, iniciativas dirigidas por la comunidad, como el Festival Trail y programas de larga trayectoria como CicLAvia demuestran cómo el impulso que genera un evento puede convertirse en defensa de inversiones potencialmente permanentes en el espacio público y el desarrollo económico local. También muestran cómo la energía de base y la ejecución institucional pueden reforzarse mutuamente cuando se alinean desde el principio.
Las ciudades anfitrionas exitosas trabajan con la comunidad local
Para las ciudades anfitrionas y los organismos deportivos por igual, el legado ya no puede definirse únicamente por los activos físicos. Si bien las sedes y las infraestructuras son importantes, el legado más duradero reside en una gobernanza más sólida, alianzas más profundas y formas de trabajo replicables entre sectores y escalas.
Las organizaciones comunitarias no son simplemente beneficiarias de los grandes eventos; son coproductoras de sus resultados. Integrarlas en la planificación, la definición de prioridades y la gobernanza aumenta la probabilidad de que las inversiones impulsadas por el evento respondan a las necesidades locales, generen beneficios equitativos y sigan siendo viables mucho después de que la atención mundial se haya desplazado.
Este modelo sigue evolucionando, pero apunta hacia un enfoque más resiliente de la construcción de ciudades: uno que considera los grandes eventos no como interrupciones, sino como oportunidades para comprobar cómo las ciudades pueden funcionar mejor para todos.
Mientras las ciudades de todo el mundo sopesan los costes y beneficios de organizar grandes eventos, la cuestión ya no es si las comunidades deben participar, sino cuán pronto y con qué seriedad. Las ciudades anfitrionas más exitosas serán aquellas que reconozcan dónde ya existe una capacidad real y la inviten al centro de la toma de decisiones.
Los grandes eventos ofrecen momentos excepcionales en los que coinciden la ambición, la urgencia y los recursos. Bien aprovechados, pueden hacer más que construir infraestructuras. Pueden cambiar la forma en que trabajan las ciudades, quién da forma a las decisiones y quién se beneficia mucho después de las ceremonias de clausura.
