Un futuro en el que todas las personas viajen en coches voladores sin conductor puede seguir dominando el imaginario popular, sobre todo en lo que respecta al bombo mediático y publicitario. Pero si queremos alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU relativos a ciudades y comunidades sostenibles, se perfilará un panorama más revolucionario (aunque de tecnología más sencilla), en el que las personas se desplazan libremente y con rapidez, pero no en coche.
Reducir nuestra dependencia de los coches de gasolina no solo es mejor para el planeta y para nuestro bienestar individual, sino que abrirá el camino hacia un futuro mejor para nuestras ciudades. Desde la mejora de la movilidad y la garantía de la participación ciudadana en el diseño, la gestión y la experiencia de las ciudades, hasta la salud pública y el fortalecimiento del tejido social que hará nuestras comunidades más resilientes, un cambio hacia menos coches puede ayudar a nuestras ciudades no solo a sobrevivir, sino a prosperar.
El proceso puede no ser sencillo, pero existe una estrategia práctica y fácil que puede ayudar a la gente a ver las calles de otra manera: retirar temporalmente los coches de la calle.
Movilidad
Lograr que la gente deje sus coches sigue siendo un desafío mundial. Incluso en ciudades donde el espacio público y el transporte público son seguros y fiables, esto puede resultar difícil; lo es especialmente en lugares donde estos servicios son inseguros, inasequibles y poco fiables. Aquí es donde las intervenciones temporales, como los días sin coches pueden abrir un enfoque completamente nuevo para el desplazamiento y la movilidad.
A mediados de la década de 1970, la capital de Colombia, Bogotá, vio nacer lo que se convertiría en un movimiento mundial para hacer las calles más seguras, más inclusivas y más atractivas para los habitantes de la ciudad. Se denomina Ciclovía, conocida a menudo como ‘open streets’ (calles abiertas) en los países de habla inglesa, e implica la creación de rutas libres de coches en toda la ciudad cada domingo y festivo.
Las multitudes de ciclistas que ocupan las calles de la ciudad en estas ocasiones son un espectáculo real. Aunque aún no se conoce del todo el impacto en los patrones de movilidad, está claro que, en lugares como Bogotá, la Ciclovía fue el origen de la infraestructura ciclista de la ciudad y quizá del país. La cultura y el entorno han contribuido a que el ciclismo crezca en Colombia: la gente lleva más de 100 años utilizando la bicicleta para desplazarse, y el ciclismo profesional es motivo de orgullo nacional. Esto puede no darse en todas partes, pero la euforia mundial en torno al ciclismo urbano hace de este un momento oportuno para probar programas de calles libres de coches y ponerlos a prueba.
Construcción de ciudad
La mayoría de los días, nuestras calles están saturadas de tráfico motorizado y, en algunos casos, de delincuencia y contaminación. El espacio temporal libre de coches se convierte así en una plataforma para ejercer nuestro derecho a la ciudad y cocrear una nueva visión urbana.
En la mayoría de las capitales latinoamericanas, los gobiernos gestionan un programa semanal de calles abiertas. Como se reconoció en un reciente congreso de iniciativas de la Ciclovía en la región, muchos responsables locales se han sumado al concepto y uno de los objetivos clave de este programa es proporcionar felicidad a sus ciudadanos. En lo que respecta a la infraestructura no material, esto es en realidad lo que significa construir ciudad: el sentido de pertenencia, de participación y de autodeterminación, que se expresa mejor en la alegría física.
Salud pública
Se han hecho grandes esfuerzos para medir el impacto de la Ciclovía en la salud pública de las ciudades latinoamericanas. En Colombia, por ejemplo, investigadores de la Universidad de los Andes han demostrado que por cada dólar invertido en el programa se ahorran tres dólares en salud pública. El Ministerio del Deporte también ha contribuido a crear una red nacional para promover el programa en más ciudades y municipios del país, y sigue llevando a cabo estudios rigurosos para determinar qué tipo de currículo de actividad física es más eficaz. Para obtener una dosis regular de actividad física, tal como recomiendan los profesionales de la medicina, no hay mejor lugar que los kilómetros de espacio libre de coches, donde miles de personas —y, en el caso de Bogotá, millones— también hacen ejercicio y se desplazan. Como le gusta explicar a la red latinoamericana, “es una epidemia saludable”. Y es un fenómeno que sigue creciendo, no solo en América Latina, sino en todo el mundo, y las ciudades africanas se han sumado más recientemente con la creación de programas de calles abiertas en lugares como Ciudad del Cabo, Johannesburgo, Adís Abeba, Abuya, Nairobi, Kigali y otras.
Cohesión social
En ciudades donde la población ha estado históricamente segregada y la desigualdad económica sigue abriendo profundas brechas entre comunidades, crear un espacio de inclusión puede ser muy poderoso. En Bogotá, el impacto es tal que las zonas que normalmente están vetadas, tanto por excluir a los pobres como por considerarse demasiado peligrosas, se convierten en espacios acogedores que todos pueden experimentar y disfrutar.
De forma similar, en Ciudad del Cabo, donde el programa se ha probado en distintas zonas de una ciudad en la que los espacios de integración racial y social son escasos, las calles abiertas son un símbolo de un nuevo futuro, porque los jóvenes pueden experimentar una ciudad en la que las calles están democratizadas y son inclusivas para todas las edades, razas y procedencias.
Para garantizar ciudades sostenibles en todas partes, debemos dar pasos para alejarnos de la actual dependencia excesiva del automóvil. Podemos iniciar este proceso reflexionando sobre cómo reorganizamos y utilizamos el espacio público, no solo en beneficio del nuevo diseño y la nueva infraestructura, sino también para que las nuevas generaciones perciban ese espacio de otra manera y, por tanto, creen nuevas narrativas en torno a él. Las intervenciones temporales trabajan con los activos existentes y se centran en cambiar la percepción de las personas, lo que en última instancia dará forma a cómo entendemos y ejercemos la planificación urbana sostenible a largo plazo.

