En el ámbito de la salud mundial, las reservas de vacunas de emergencia son como una póliza de seguro que nunca se quiso contratar: se resiente su costo y se tienen sentimientos encontrados al no llegar a usarla. Además, dado que una reserva suele ser el último recurso, si alguna vez hay que recurrir a ella, de algún modo ya se ha fracasado.
Las reservas de emergencia pueden desempeñar un papel esencial tanto como parte de una estrategia integral de control de enfermedades como para mantener la seguridad sanitaria mundial. Sin embargo, a medida que el panorama de la salud mundial cambia ante presiones crecientes, como el cambio climático, el aumento de la población y la urbanización masiva, ese papel podría reducirse, ya que las reservas pierden eficacia cada vez más y nos dejan más expuestos a las pandemias mundiales.
El peor escenario
Uno de los problemas es que las ciudades están creciendo. A medida que cada vez más personas adoptan un estilo de vida urbano y las ciudades siguen expandiéndose, no solo aumenta el riesgo de epidemias urbanas —algo que apenas hemos visto en las últimas décadas—, sino que también puede crecer la necesidad de reservas de emergencia más grandes. La pregunta es: ¿en qué momento deja de ser sostenible?
El peor escenario sería un brote en ciudades enormes, como Mumbai, Pekín o Lagos, donde incluso enfermedades relativamente difíciles de transmitir, como el ébola, podrían resultar difíciles de contener. Estas llamadas megaciudades son una tendencia creciente, sobre todo en África. Es posible que el crecimiento demográfico se esté estabilizando en la mayor parte del mundo, pero se prevé que en África se duplique para 2050 y se cuadruplique para 2100, pasando de los 1.200 millones actuales a 4.400 millones.

Al mismo tiempo, cada vez más personas se verán empujadas hacia las ciudades. Por ejemplo, las zonas desérticas o áridas ya representan dos tercios del territorio de África, pero se prevé que una mayor desertificación desplace a 60 millones de personas entre 2014 y 2020. La degradación de la tierra, el aumento del nivel del mar, la hambruna o los conflictos harán que cada vez más personas compitan por menos tierras, con una consecuencia: las ciudades africanas crecerán.
Esto no solo pondrá a prueba nuestra capacidad para hacer frente a brotes a gran escala, sino que podría hacer que sean más frecuentes. La combinación de más personas viviendo en menos espacio y ejerciendo más presión sobre servicios de saneamiento ya limitados crea un terreno fértil para las enfermedades infecciosas y los insectos vectores que las propagan.
Este escenario se repite a menudo en crisis humanitarias con enfermedades como el cólera, pero por lo general se limita a zonas afectadas por desastres o áreas de conflicto, como Haití o Siria. Sin embargo, en las grandes ciudades podría significar el regreso de las epidemias urbanas y una nueva era de enfermedades infecciosas que amenacen la seguridad sanitaria mundial. La enorme escala de las ciudades corre el riesgo de desbordar las reservas de vacunas y limitar nuestra capacidad para prevenir los brotes o responder a ellos. Además, los vuelos transcontinentales parten de estas ciudades y pueden convertir epidemias locales en mundiales.
Prevenir la próxima pandemia
Está claro que debemos reevaluar nuestras evaluaciones de riesgos de enfermedades infecciosas para reflejar estas tendencias mundiales. El proceso ya está en marcha en el caso de la fiebre amarilla: las reservas de vacunas de emergencia se agotaron a principios de este año tras los brotes urbanos en Angola y la República Democrática del Congo. Pero ¿de qué tamaño deberían ser estas reservas? ¿Y para cuántas ciudades debemos prepararnos? Si más de 14 millones de personas viven en una sola ciudad, ¿cuántas dosis se necesitan para que una reserva de emergencia siga siendo eficaz?
La respuesta es que, aunque las reservas son esenciales, solo son parte de la solución. A medida que las ciudades crecen, nuestra mejor defensa será prevenir los brotes desde el principio, creando mejores sistemas de salud pública y mejorando la inmunización infantil mediante una vacunación sistemática más eficaz y campañas de vacunación preventiva. No será fácil.
Actualmente, uno de cada cinco niños no recibe el esquema completo de las vacunas más básicas. De estos 19 millones de niños, cada vez son más los que viven no solo en comunidades rurales remotas, sino también en barrios marginales urbanos, ocultos a plena vista en el corazón de las ciudades.
Vacunar a estos niños ayudará a prevenir brotes a gran escala al generar inmunidad en la población. El fortalecimiento de los sistemas de salud también aumentará nuestra capacidad para detectar y contener los brotes cuando ocurran, incluidos los de enfermedades mortales con potencial pandémico para las que no hay cura ni vacuna, como el SARS o la gripe pandémica. Esto se debe a que la infraestructura de salud pública necesaria para alcanzar altos niveles de cobertura de vacunación mejorará significativamente la vigilancia y la capacidad de respuesta de los países frágiles.
Encontrar nuevas formas de llegar a estas comunidades marginadas ya no es simplemente cuestión de hacer lo correcto. Se ha convertido en nuestra mejor póliza de seguro contra la próxima pandemia mundial.

