Dada la escala y la complejidad de la economía mundial, así como nuestro conocimiento de la naturaleza humana, sería sumamente ingenuo confiar únicamente en el comportamiento ético espontáneo y voluntario de particulares y empresas para garantizar la equidad o mejorar la dignidad humana. Es necesaria la regulación, combinada con una aplicación rigurosa, para orientar nuestro comportamiento y garantizar el Estado de derecho.
Sin embargo, este enfoque ha dado lugar con frecuencia a un juego del gato y el ratón entre los reguladores y los agentes económicos. Las personas y empresas que cumplen la ley dedican una cantidad desmesurada de tiempo y dinero a buscar lagunas jurídicas para lograr únicamente un cumplimiento técnico, mientras que otros abusan del marco jurídico para que sus actividades delictivas permanezcan sin detectar.
La Cuarta Revolución Industrial ha planteado un nuevo desafío. Así se ha expuesto en un documento técnico sobre valores publicado por el Foro Económico Mundial en noviembre de 2016: “Dada la velocidad extraordinariamente rápida del cambio tecnológico y social de la Cuarta Revolución Industrial, confiar únicamente en la legislación y los incentivos gubernamentales para garantizar los resultados adecuados es poco aconsejable. Es probable que estos queden obsoletos o sean redundantes en el momento de su aplicación.”
Los ejemplos de las redes sociales y los cigarrillos electrónicos ilustran este punto. Existen similitudes interesantes entre ambos: los dos utilizan tecnología avanzada en entornos innovadores y de cambio rápido, por lo que resulta casi imposible definirlos con la precisión suficiente como para que el largo proceso regulatorio siga su curso. Para cuando por fin se aprueba una normativa, el producto o servicio ya ha cambiado. Además, se relacionan con actividades de consumo que son sociales y, al menos desde la perspectiva de la mayoría de los consumidores, relativamente inofensivas en comparación con muchas otras áreas prioritarias del sistema de justicia penal.
Desde su lanzamiento en 2004, Facebook se ha visto envuelto de forma continua en problemas de privacidad de datos. El ejemplo más reciente es el caso que involucra a Cambridge Analytica y las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos. En 2013, el profesor de psicología de Cambridge Aleksandr Kogan obtuvo permiso de Facebook para extraer datos mediante una aplicación aparentemente inofensiva que relacionaba un test de personalidad con los «me gusta» y los «no me gusta» de Facebook de los usuarios. El resultado es ahora bien conocido: Kogan vendió la información de 50 millones de usuarios estadounidenses de Facebook a Cambridge Analytica y, según declaró Alexander Nix, entonces director ejecutivo de esta última, la forma en que se utilizó esta información pudo haber tenido un impacto sustancial en el resultado de las elecciones estadounidenses de 2016.
La siguiente descripción del proceso sigue disponible en el sitio web de Cambridge Analytica, a pesar de que la empresa se encuentra ahora bajo administración y ha iniciado un procedimiento de quiebra: «Identificamos sistemáticamente a los votantes más susceptibles de persuasión y los temas que les preocupaban. Después, les enviamos mensajes personalizados en momentos clave para moverlos a la acción.»
Facebook sostiene que no hubo ninguna violación de datos. Kogan obtuvo permiso y los usuarios de Facebook que hicieron el test dieron su consentimiento. Como uno de los usuarios de Facebook que completaron el test en aquel momento, puedo dar fe de que tuve que dar mi consentimiento y de que me fascinaron los resultados. Sin embargo, la posterior venta de los datos por parte de Kogan a Cambridge Analytica vulneró las políticas de Facebook. Las cuestiones éticas y jurídicas implicadas en el caso son complejas, y la acción correctiva general adoptada por la empresa ha abordado la agenda más amplia de privacidad. Facebook ha tomado medidas para garantizar una mayor transparencia en materia de publicidad y ha indicado que lo hará con independencia de los posibles nuevos requisitos legales en este sentido, como la Honest Ads Act en Estados Unidos. El director ejecutivo de Facebook, Mark Zuckerberg, ha respaldado públicamente una mayor regulación, pero también ha expresado su preferencia por directrices flexibles, en lugar del modelo que ofrece, por ejemplo, la Ley alemana de Aplicación en Redes. Según la ley, también denominada «Ley de Facebook», las empresas de redes sociales deben eliminar las publicaciones ofensivas en un plazo de 24 horas o enfrentarse a multas de hasta 50 millones de euros.
En otro ámbito, los posibles beneficios de pasar del tabaco a los cigarrillos electrónicos han sido confirmados por un informe del Real Colegio de Médicos del Reino Unido: «La sustitución a gran escala de los cigarrillos electrónicos, u otros productos de nicotina sin tabaco, por el consumo de tabaco tiene el potencial de prevenir casi todo el daño causado por fumar en la sociedad … promover los cigarrillos electrónicos… como sustituto del tabaco generará, por tanto, probablemente importantes beneficios sanitarios en el Reino Unido.»
Los cigarrillos electrónicos forman parte de un espectro cada vez mayor de dispositivos electrónicos de administración de nicotina, que los países de todo el mundo se esfuerzan por regular. La clasificación de estos productos varía desde productos de consumo con pocas restricciones (Reino Unido), pasando por su clasificación como productos de tabaco aunque muchos de ellos no contienen tabaco (Brasil), hasta su prohibición total (Uruguay). En Sudáfrica, la confusión normativa se pone de manifiesto en el hecho de que estos productos parecen no estar regulados ni por la legislación sobre el tabaco ni por la legislación sobre sustancias medicinales. Los reguladores parecen confundidos por la tecnología, la velocidad del cambio y las implicaciones éticas de nuevos productos que no encajan en las categorías existentes.
El documento técnico del Foro sostiene que la mejor forma de garantizar resultados positivos en un entorno tan complejo es actuar con una base clara de valores, por ejemplo, centrándose en principios básicos como la dignidad humana y el bien común. Este enfoque parece más eficaz que estar siempre intentando ponerse al día en materia regulatoria. Cabe recordar la siguiente cita del libro del Dr. Seuss Did I Ever Tell You How Lucky You Are: «¿Crees que te hacen trabajar demasiado? Piensa en el pobre Ali Sard. Tiene que cortar el césped en el patio trasero de su tío, y es hierba de crecimiento rápido, y crece a medida que él la corta. Cuanto más rápido la corta, más rápido crece.»
La regulación y el compromiso ético no tienen por qué quedar atrapados en la oposición binaria descrita anteriormente. El principio de «cumplir o explicar» permite cierta agilidad al dar a las empresas la opción de evitar el cumplimiento mecánico, explicando cuándo un determinado principio no les es aplicable. Sin negar ni por un momento que el entorno regulatorio mundial es complejo y requerirá precisión técnica en la mayoría de los ámbitos, no debe subestimarse el desafío adicional que supone la necesidad de demostrar un fundamento ético. Quizá podría existir una responsabilidad jurídica para que Facebook demuestre cómo se protege la dignidad de sus usuarios, o para que los fabricantes de cigarrillos electrónicos aporten pruebas del impacto sanitario en los consumidores, en lugar de limitarse a presentar algoritmos auditables o fórmulas químicas.
En lugar de luchar contra la incertidumbre provocada por la Cuarta Revolución Industrial, los reguladores deberían abrazarla. La exigencia legal de demostrar cómo se han aplicado los principios éticos no es un juego de manos, sino un cambio importante que nos ayuda a ver el bosque sin perdernos en los árboles. Y eso —si me permiten la metáfora mixta— es mucho más importante que cortar el césped en el patio trasero de su tío.
Esto es parte de una serie que explora los impulsores más importantes, aunque inciertos, que configuran el futuro. Está seleccionada por el Foro Económico Mundial en colaboración con su Red de Expertos.


