Por qué Asia debería cambiar la forma en que utiliza sus ahorros

A man walks past buildings at the central business district of Singapore February 14, 2007. Singapore's trade-reliant economy expanded faster than expected in the fourth quarter on a pick up in domestic activity, data showed on Wednesday, prompting the government to lift its expectations for 2007. REUTERS/Nicky Loh (SINGAPORE) - RTR1MDL4
At the end of 2015, the combined net asset position of China, Hong Kong, Japan, Korea, Singapore, and Taiwan amounted to $7.3 trillionImage: REUTERS/Nicky Loh
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Durante más de tres décadas, Asia ha registrado un crecimiento económico más rápido que cualquier otra región. A medida que se desarrollaba, Asia exportaba sus ahorros mediante un superávit comercial con Estados Unidos y los reimportaba en forma de inversión directa y de cartera a través de Nueva York y Londres, un proceso que ha creado graves tensiones financieras, aunque en gran medida pasadas por alto.

A finales de 2015, la posición neta combinada de activos de China, Hong Kong, Japón, Corea, Singapur y Taiwán ascendía a 7,3 billones de dólares, casi exactamente el equivalente al pasivo neto de inversión internacional de Estados Unidos. Y es poco probable que este desequilibrio desaparezca pronto. De hecho, los pasivos netos de Estados Unidos han aumentado últimamente, hasta alcanzar los 7,8 billones de dólares a finales de septiembre de 2016, debido en gran medida a su persistente déficit por cuenta corriente y a los mayores efectos de los tipos de cambio.

¿Por qué los países asiáticos no invierten sus ahorros en su propia región? Una razón evidente es que Estados Unidos domina las finanzas mundiales, sobre todo los mercados de capitales y de divisas. En un artículo de 2005, Pierre-Olivier Gourinchas y Hélène Rey sostenían que Estados Unidos, que antes era el banquero del mundo, se había convertido en su capitalista de riesgo: invertía a escala internacional, especialmente en Asia, en lugar de limitarse a pedir y conceder préstamos.

Pero eso no significa que a los países asiáticos les convenga más invertir en Occidente, sobre todo debido a las operaciones de carry trade que arraigaron tras la crisis financiera de 2008. Hyun Shin y otros economistas del Banco de Pagos Internacionales han sostenido, que los bajos tipos de interés de los países desarrollados y la debilidad del dólar llevaron a los mercados financieros, encabezados por los centros de Nueva York y Londres, a tomar prestado en monedas con tipos de interés bajos e invertir en monedas con tipos de interés más altos.

Este juego financiero ha tenido un impacto de gran alcance. Aunque la opinión convencional sostiene que los desequilibrios comerciales impulsan los tipos de cambio y los flujos de capital, la contabilidad financiera en Japón, por ejemplo, cuenta otra historia.

De 2010 a 2015, el superávit externo acumulado representó apenas el 44 % del cambio neto en la posición de inversión de Japón. Las transacciones de la cuenta financiera causaron el 32 % de ese cambio, mientras que el resto correspondió a variaciones de valoración relacionadas con los tipos de cambio y de interés.

Los persistentes superávits por cuenta corriente de Japón deberían haber fortalecido sus posiciones netas de activos internacionales. Sin embargo, debido a la apreciación de las participaciones extranjeras en acciones japonesas, la posición neta de activos internacionales del país se deterioró, de un máximo de 3,8 billones de dólares a finales de 2012 a 2,8 billones a finales de 2015. Como señalan, las tenencias japonesas de activos extranjeros son menos rentables que las tenencias extranjeras de activos japoneses.

Japón debería invertir más en la Asia de alto crecimiento. A finales de 2015, solo el 10,1 % de los 574,8 billones de yenes (4,8 billones de dólares) de inversión bruta en el exterior permanecía en Asia, mientras que el 70 % se destinaba a América del Norte, Europa y Oceanía.

La composición de las inversiones de cartera de Japón, que representaban el 73,6 % de la inversión total del país en el exterior a finales de 2015, es aún más desigual: solo el 3,5 % se invertía en Asia y el 72,4 % en América del Norte, Europa y Oceanía. Incluso América Central y del Sur recibió un tercio más de inversión japonesa de cartera que Asia.

Los principales ahorradores de la región —China, Hong Kong, Corea del Sur, Taiwán y Singapur— comparten esta preferencia por invertir fuera de Asia, aunque los rendimientos dentro de Asia suelen ser más altos que en otros lugares. Como resultado, la región ha quedado a merced de la volatilidad de los flujos de capital y de los tipos de cambio e interés.

El problema es que, dos décadas después de la crisis financiera asiática, se ha avanzado poco en la creación de intermediarios financieros asiáticos que canalicen los ahorros hacia proyectos de alta rentabilidad dentro de la región. En India, por ejemplo, los diez principales bancos de inversión son estadounidenses o europeos. La situación no es muy distinta en Hong Kong y Singapur. Incluso en China, donde las instituciones de inversión locales crecen rápidamente, la capacidad para canalizar fondos hacia el sector real de alta rentabilidad sigue siendo limitada.

Ahora que los bancos estadounidenses y europeos —impulsados por las restricciones de capital y regulatorias, así como por las perspectivas de unos tipos de interés más altos en Estados Unidos y de un dólar más fuerte— empiezan a alejarse de Asia, la presión para remediar la situación es mayor que nunca. Sin embargo, en vez de respaldar la capacidad de las instituciones financieras asiáticas para asumir la intermediación de los ahorros de la región, los reguladores financieros asiáticos se centran en adoptar las nuevas normas mundiales de regulación financiera que promueven sus homólogos estadounidenses y europeos, normas que políticos de Estados Unidos y Europa amenazan con desmantelar.

La necesidad de cambiar este enfoque se acentúa con el credo de «Estados Unidos primero» del presidente estadounidense Donald Trump, que casi con certeza se traducirá en políticas proteccionistas. Esas políticas empujarán aún más la inversión asiática hacia la trampa del dólar, porque los ahorros de Asia se utilizarán para buscar activos especulativos denominados en dólares fuera de la región, en vez de atender las propias necesidades de Asia.

Ciertamente, a largo plazo, la iniciativa china «Una franja, una ruta», junto con la internacionalización del renminbi, contribuirá a debilitar el dominio del dólar sobre Asia. Pero esa perspectiva aún está lejos.

Mientras tanto, los bancos centrales de las principales economías asiáticas con superávit —en particular China y Japón— deben colaborar con otros bancos centrales importantes —sobre todo el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra— para cambiar el uso de los ahorros excedentes en las regiones de alto crecimiento. El objetivo debería ser garantizar que los ahorros de los países con superávit —incluida, por ejemplo, Alemania, cuyo superávit por cuenta corriente supera al de China y Japón— se utilicen con criterio para ayudar a sostener el crecimiento de toda la economía mundial.

El plan de Trump para poner a Estados Unidos primero puede parecer sencillo. Pero no reconoce que, si las economías emergentes flaquean, todos saldrán perdiendo. Ante la aparente renuencia de Trump a replantearse su enfoque, corresponde a Asia y a sus socios internacionales prepararse, junto con toda la economía mundial.

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